La historia de Bernardo Pohl permanecerá unida para siempre a la Hacienda La Bermuda. No solo porque dirigió el proceso de restauración de uno de los inmuebles coloniales más importantes del país, sino porque convirtió aquel proyecto en una apuesta humana y cultural que buscaba rescatar parte de la memoria salvadoreña.

Bernardo fue un hombre extremadamente humano, así lo recuerda su familia. Brillante y apasionado por la arquitectura. Se graduó de la carrera de Arquitectura en la Universidad de El Salvador y más tarde viajó a Chile para realizar una maestría. Años después, en Costa Rica, participó en la formación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica. Posteriormente regresó a El Salvador, llamado por el Ministerio de Educación para dirigir la restauración del casco de la Hacienda La Bermuda.
También fundó la Escuela de Arquitectura de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y colaboró posteriormente en la creación de la Escuela de Arquitectura en Nicaragua.
Para Bernardo la arquitectura no era únicamente una profesión. Era una pasión. Su familia asegura que la hacienda fue su proyecto de vida. Bernardo dedicó años completos a estudiar, investigar y restaurar la antigua Hacienda La Bermuda.

Cuando llegó por primera vez a La Bermuda encontró una estructura deteriorada. La casa conservaba su forma cuadrangular con patio central, pero varias secciones estaban dañadas y otras habían sido añadidas posteriormente. Durante dos años no se tocó una sola pared. Primero debía comprenderse el inmueble. La investigación incluyó levantamientos arquitectónicos, estudios históricos y análisis estructurales. Algunas partes debieron demolerse al comprobarse que no pertenecían a la construcción original. Algo que no fue comprendido del todo por algunos habitantes.

El proyecto no se limitó a restaurar una casa. Bernardo conformó un equipo multidisciplinario integrado por arquitectos, ingenieros, paisajistas, ecólogos y otros trabajadores. Uno de ellos fue Víctor Manuel Rosales, un ecólogo que realizó un registro completo de las especies que habitaban la zona: Aves, reptiles y vegetación.

También registraron técnicas constructivas coloniales que sorprendían por su ingenio. La casa, considerada por el arquitecto como una de las más antiguas de Centroamérica, no tenía clavos. Su estructura ensamblada permitía que la madera cediera y se ajustara durante los terremotos. Los corredores eran amplios, los techos elevados y los balcones de madera dominaban el paisaje de la hacienda.
También tuvieron que aprender cómo tratar y conservar la madera. Construyeron enormes pilas donde las vigas y columnas permanecían sumergidas durante días para curarse. La madera que podía rescatarse era restaurada cuidadosamente.
Pero la hacienda era mucho más que eso. Bernardo entendía el sitio como un conjunto integral. Por eso el proyecto contempló caminos, iluminación, una poza natural, áreas de descanso y una pequeña construcción conocida como “la cabaña”, diseñada respetando los árboles y el paisaje visual. También construyeron un horno especial para fabricar tejas, diseñado por ingenieros mecánicos en forma de dolo, diferente a los hornos tradicionales abiertos de las ladrilleras.

Las jornadas de trabajo se extendían hasta la madrugada. Los obreros se levantaban a trabajar desde las tres de la mañana para probar nuevas iluminaciones. Los niños de las familias involucradas recorrían los corredores oscuros mientras los adultos afinaban los detalles del proyecto.
La Hacienda La Bermuda también se convirtió en un espacio de convivencia cultural. Ahí se realizaron conciertos de música antigua, reuniones familiares y encuentros entre artistas e intelectuales. Entre las figuras cercanas del proyecto estuvo Alejandro Cotto, a quien la familia Pohl recuerda como un hombre sensible y fundamental para la conservación del patrimonio de Suchitoto.

El objetivo de restauración del casco de la hacienda era muy ambicioso. Querían convertirla en el Museo Nacional de Antropología e Historia. El proyecto incluía oficinas administrativas, investigación ecológica y recuperación histórica del añil, actividad económica ligada durante siglos a la hacienda. Incluso se conservaron las pilas donde se procesaba el tinte.
Todo avanza bien hasta que llegó la guerra.
La tragedia ocurrió en 1980. Según el testimonio familiar, la hacienda fue incendiada cuando gran parte de la restauración ya estaba terminada. La versión que conservan apunta a que el ataque ocurrió para robar la madera nueva que acababa de llegar desde Honduras. Los balcones restaurados se derritieron bajo el fuego, los documentos, las estructuras y años de trabajo desaparecieron entre las llamas.
La noticia fue devastadora para Bernardo. Su familia recuerda que cubrió durante años un cuadro de la casa de la hacienda porque para él era muy duro verlo. Cuando regresó a las ruinas lloró frente a lo que quedaba del proyecto que había marcado su vida.
Aun así, sobrevivieron fotografías, planos y registros documentales. Parte de ese material fue producido por fotógrafos cercanos al proyecto. Las imágenes documentan cada etapa de la restauración, desde el estado inicial de la hacienda hasta los procesos de intervención arquitectónica y ecológica.
Para la familia Pohl, el patrimonio no debe modernizarse, sino conservarse. Consideran que gran parte de la memoria histórica del país se ha perdido por abandono, desconocimiento y falta de educación cultural. Aun así, creen que la historia de La Bermuda todavía puede recuperarse.
Y en esa historia permanece el nombre de Bernardo Pohl, un arquitecto que dedicó años a rescatar una hacienda colonial y que convirtió su restauración en una defensa de la memoria histórica de Suchitoto.
Este relato fue construido a partir de una entrevista realizada en 2026 a familiares de Bernardo Pohl, quienes compartieron recuerdos, documentos y testimonios sobre su trayectoria y el proceso de restauración del casco de la Hacienda La Bermuda.





