Hay algo que duele más que un corazón roto: dejar de creer. Porque cuando el amor fracasa, no solo se pierde a alguien. Se pierde también una idea, una promesa, una versión de nosotras y nosotros mismos que apostó todo sin garantías. Y sin embargo, aunque duela, casi nadie decide renunciar al amor para siempre. Nos damos tiempo, lloramos, escribimos, cantamos, maldecimos… pero, tarde o temprano, volvemos a intentarlo.
Con la política, en cambio, pasa algo distinto. A muchas juventudes les han roto el corazón político. Les prometieron cambios, justicia, dignidad. Les hablaron de luchas colectivas, de comunidad, de futuro. Y luego vinieron las traiciones: líderes envueltos en corrupción, discursos vacíos, causas convertidas en escalones personales. La política dejó de parecer un espacio de transformación para convertirse, en los ojos de muchas y muchos, en un territorio de engaño.
Y entonces ocurre algo peligroso: confundimos la decepción con la esencia. Así como hay quien, tras un mal amor, dice “el amor no existe”, también hay quienes, tras una mala experiencia política, concluyen que “la política no sirve”.
Pero ni el amor es culpable de quien traiciona, ni la política es culpable de quienes la corrompen. El problema no es el amor. El problema es quien no supo amar. El problema no es la política ni la lucha colectiva. El problema es quien la usó sin ética, sin compromiso, sin comunidad.
Renunciar al amor por miedo a sufrir es condenarse a la soledad emocional. Renunciar a la política por decepción es entregarle el destino colectivo a quienes nunca han amado, luchado y arriesgado sus vidas por su comunidad y su pueblo.
Y aquí es donde la comparación se vuelve urgente.
Porque, así como amar implica riesgo, la participación ciudadana también. Así como abrir el corazón nos expone, involucrarnos en la vida pública también nos vulnera. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad donde reside la posibilidad de construir algo verdadero.
Las juventudes no están equivocadas por sentirse decepcionadas. Tienen razones. Han visto cómo muchas de sus esperanzas han sido utilizadas, manipuladas o ignoradas. Han sido testigas y testigos de cómo se traicionan luchas históricas y se vacían de sentido palabras que antes encendían el alma: justicia, igualdad, dignidad.
Pero el error sería quedarse ahí. Porque incluso en el desamor hay lecciones. Aprendemos a reconocer señales, a poner límites, a elegir mejor. Aprendemos que amar no es idealizar, sino construir desde la conciencia. Que no se trata de dejar de creer, sino de creer con más criterio. Porque cuando una generación entera deja de creer en la política, no se libera del poder: simplemente lo abandona en manos de otros.
La política necesita exactamente eso: una generación que no sea ingenua, pero tampoco indiferente. Que no entregue su confianza ciegamente, pero que tampoco abandone el terreno. Que entienda que la democracia no es un espectáculo que se observa desde la grada o un celular, sino un proceso que se construye desde adentro, desde la comunidad con todas sus contradicciones.
Hoy existe una narrativa muy peligrosa que intenta convencer a las juventudes de que la política es sucia, inútil o ajena. Que es mejor no involucrarse, no opinar, no participar. Que es mejor dejar todo en manos de otros. Aquí el peligro: una oportunidad cómoda para quienes con una narrativa de descalificar y señalar a los demás se califican como buenos y se benefician del silencio y la apatía.
Pero la historia demuestra lo contrario. Aquí la verdad: cada derecho conquistado, cada espacio ganado, cada avance social ha sido fruto de la participación de personas que, a pesar de sus heridas, decidieron seguir creyendo. Personas que, aun con el corazón roto, eligieron volver a amar. Volver a luchar. Volver a construir desde la colectividad.
La democracia, como el amor, no es perfecta. Es frágil, contradictoria, a veces injusta. Pero también es el único espacio donde aún es posible encontrarnos, discutir, disentir y, sobre todo, transformar. Tal vez no se trata de volver a creer en los mismos líderes.
Tal vez se trata de creer en nosotras y nosotros. De construir nuevas alternativas. Pero sobre todo de no perder la convicción de lucha por los derechos de nuestras comunidades.
En nuestra capacidad de organizarnos, de cuestionar, de proponer. En nuestra fuerza colectiva. En esa terquedad hermosa de no aceptar que las cosas tienen que ser como son, en no rendirse, en resistir.
Porque al final, tanto en el amor como en la política, lo verdaderamente peligroso no es que nos rompan el corazón. Lo verdaderamente peligroso es dejar de sentir. Y una juventud que deja de sentir, deja de luchar. Por eso, aunque duela, aunque cueste, aunque haya razones para desconfiar… hay que volver a creer. Creer en nuestra inmensurablemente fuerza colectiva. En aquellos ideales en que algunas vez creyeron nuestros ancestros.
No en la ilusión ingenua de que todo saldrá bien, sino en la convicción profunda de que vale la pena intentarlo, de que vale la pena luchar y volver a creer. Como en el amor. Como en la vida. Como en la democracia. Por eso, aunque haya razones para el desencanto, aunque haya heridas abiertas, aunque la desconfianza parezca más sensata que la esperanza… es necesario insistir. Volver a creer. No desde la ingenuidad, sino desde la conciencia. No desde la ilusión, sino desde la convicción. No desde el olvido, sino desde la memoria.





