En Suchitoto, como en muchas otras ciudades del país, hay una verdad incómoda que cada día se hace más evidente: tener una casa propia ha dejado de ser un proyecto alcanzable para la mayoría de las juventudes. Ya no es un sueño postergado. Es, cada vez más, un sueño imposible.

Somos, -sin andar con tantos rodeos-, la primera generación que vive peor en términos de acceso a la vivienda que la de sus padres. Y no se trata de nostalgia ni de percepciones exageradas. Es una tendencia concreta, medible, visible en cada barrio donde los precios suben, pero los salarios no. En cada joven que trabaja, trabaja, ahorra, se esfuerza… y aun así no logra acercarse ni un poco a la posibilidad de tener un techo propio.

Hace apenas dos décadas, con todas las dificultades que también existían, adquirir un terreno o construir una casa en Suchitoto era un objetivo duro, pero alcanzable. Hoy, en cambio, los precios de la tierra y de la vivienda han escalado a niveles inalcanzables que no guardan ninguna relación con los ingresos reales de la población. El resultado es simple y devastador: por más que trabajes, trabajar ya no garantiza vivir con dignidad en Suchitoto.

La precariedad laboral agrava aún más el panorama. Empleos inestables, ingresos irregulares, ausencia de créditos accesibles. ¿Cómo proyectar una vida independiente si ni siquiera hay certeza sobre el ingreso del próximo mes? ¿Cómo pensar en una casa cuando apenas se sobrevive el día a día? ¿Cómo?, cuándo vamos -como decían los abuelos- coyol quebrado coyol comido.

Mientras tanto, el discurso oficial sigue orbitando en promesas vagas y soluciones superficiales. No hay una política pública clara, seria y sostenida que aborde el problema de la vivienda con la urgencia que requiere. No hay regulación efectiva del mercado, ni programas robustos que faciliten el acceso a un crédito digno, ni mucho menos una visión territorial que entienda que el crecimiento desordenado también expulsa a su propia gente. Y en ese vacío, en ese silencio institucional, ocurre lo más grave: la vida se queda en pausa. La economía crece para pocos, pero no para todos. Muchos miran la promesa de una promesa que en realidad nunca ofreció nada más allá de humo y luces.

Miles de jóvenes en Suchitoto siguen viviendo “arrimados”. No por comodidad, no por falta de voluntad, sino por imposibilidad. Permanecen en las casas de sus padres —cuando tienen la suerte de que sus padres tengan una— compartiendo espacios, postergando decisiones, aplazando proyectos de vida. La independencia hoy se convierte en un lujo. Y formar un hogar con una casa propia, es una aspiración lejana, que la mayoría no puede alcanzar. Se conforman con lo que alcanza el amor.

Pero el problema no es solo tiene una mirada económica. El problema es profundamente humano.  ¿Qué significa no poder construir un espacio propio? ¿Qué implica vivir sin la posibilidad de decidir sobre tu propio lugar en el mundo? La vivienda no es únicamente un bien material: es estabilidad, es identidad, es autonomía. Es, en última instancia: dignidad.

Cuando una sociedad le niega a su juventud la posibilidad de acceso a la vivienda, no solo está creando una crisis habitacional. Está sembrando frustración, desigualdad y ruptura social. Está diciendo, -sin palabras-, que el esfuerzo no alcanza, que el futuro no está garantizado, que la vida digna es privilegio de pocos. Que trabaje y trabaje como burro cada vez más. Que emprenda. Que empeñe o venda su alma. Que migre.

En tal sentido, Suchitoto enfrenta hoy una contradicción profunda: se embellecen sus calles, se invierte en su imagen, pero se invisibiliza la precariedad de quienes la habitan. Se marginan, se orillan. ¿De qué sirve una ciudad bonita si sus jóvenes cada vez no pueden vivir en ella? Así que la pregunta es urgente y necesaria: ¿para quién se está construyendo y arreglando la ciudad?  La gentrificación y turistificación están orillando los sueños de las juventudes, y tristemente la gente aplaude sin entenderlo o darse cuenta.

Si no se toman decisiones estructurales —control de precios, acceso real a financiamiento, políticas de vivienda social, planificación urbana inclusiva— esta tendencia no solo continuará, sino que se profundizará. Y entonces ya no hablaremos de una generación sin casa, sino de generaciones enteras sin posibilidad de arraigo e identidad. Suchitoto más que una ciudad, es un espacio de gentrificación lenta y profunda.

 

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