Festival del Maíz: la fiesta que ayudó a volver a encontrarnos

Un festival nacido en los años más difíciles de la guerra terminó convirtiéndose en una de las tradiciones que acompañaron la reconstrucción social de Suchitoto.

 

Cuando terminó la guerra, Suchitoto no necesitaba solamente reconstruir sus casas, sus caminos y sus escuelas. Necesitaba algo menos visible y quizá más difícil de reconstruir: el sentido de hermandad, comunidad y confianza.

Durante años, las consecuencias del conflicto armado habían separado a las familias, vaciado comunidades y obligado a miles de personas a abandonar sus hogares y tierras. Cuando comenzaron los procesos de repoblación y refundación de comunidades, quienes regresaban del campo todavía se resistían entrar a la ciudad, porque aún tenían miedo a represalias. Y por su parte quienes habían permanecido en el casco urbano de Suchitoto también miraban con cierta desconfianza a quienes venían desde afuera y llegaban al pueblo provenientes de las comunidades.

Es en este contexto donde alrededor de 1989 surgen los primeros esfuerzos por crear un encuentro comunitario y religioso alrededor del Festival del Maíz. Según el testimonio de Lucía Olmedo, recogido por este medio, el entonces párroco de la Parroquia Santa Lucia de Suchitoto Alberto Menjívar y las Hermanas de la Caridad impulsaron la celebración precisamente para generar un encuentro y propiciar la convivencia entre la población urbana y rural y romper aquellos miedos. Es así, como durante las primeras celebraciones llevaron a la ciudad carretas tiradas por bueyes, adornadas con maíz y otros frutos, mientras en procesión entraban con júbilo y alegría entre cantos y alabanzas recorriendo las calles principales de la ciudad.

La escena puede parecer hoy una estampa folclórica y nostálgica. Pero en aquel momento tenía un significado más profundo. Quienes habían tenido miedo de entrar a la ciudad ahora entraban públicamente a ella. Ya no llegaban huyendo ni como refugiados o desplazados. Llegaban llevando la cosecha, compartiendo sus frutos, cantando una canción de hermandad y jubilo acompañados por la Iglesia.

El maíz simbólicamente entonces se convirtió así en un lenguaje de encuentro. Las comunidades aportaban parte de la producción de sus milpas con alegria. Las mujeres transformaban el grano en alimentos. Las pastorales organizaban. La Iglesia convocaba. La ciudad recibía. Y la plaza se convertía en un lugar de fiesta y encuentro donde campesinos y habitantes urbanos podían volver a compartir una mesa y agradecer la vida y bendición por la cosecha de la tierra.

Por supuesto aquel festival, no fue la única fuerza que contribuyo a reconstruir Suchitoto. El periodo que se reconoce como de posguerra estuvo acompañada por organizaciones comunitarias, cooperación internacional, organizaciones de mujeres, municipalidad, Iglesia y numerosas iniciativas sociales que trabajaron en vivienda, educación, salud, tierra, agricultura y organización comunitaria, trabajando en unidad y comunidad.

Pero lo destacable del Festival del Maíz es que hizo algo más profundo que las obras de infraestructura no podían hacer por sí solas: creó una ocasión, un evento para volver a reconocerse: para reencontrarse y volver a mirarse como vecinos.

 

La reconstrucción de un territorio puede medirse en kilómetros de caminos, viviendas construidas, casas comunales o sistemas de agua instalados. La reconstrucción de una sociedad es más difícil de medir. Se expresa en la confianza, en la capacidad de encontrarse con el otro, en la recuperación de las fiestas y en la posibilidad de ocupar nuevamente las calles sin miedo, el recuperar el sentido de unidad y comunidad.

Por eso la historia del Festival del Maíz merece ser contada más allá del atol, las riguas, los elotes y la fiesta que la rodea hoy. Porque su historia comienza en un Suchitoto herido. Y quizá su mayor legado simbólico no sea haber conservado y mantenido un evento, sino haber ayudado a recuperar una relación: la relación entre el campo y la ciudad.

Por es que quizá, treinta y siete años después, la pregunta ya no debería ser únicamente cuánto ha crecido el festival. La pregunta que deberíamos hacernos hoy es: ¿sigue siendo hoy aquel espacio de encuentro para el que fue creado? Porque una tradición no se conserva solamente repitiéndola cada año. Es necesario e importante tener presente los orígenes y el sentido simbólico de esta tradición.

 

Con el tiempo, treinta y siete años después, el Festival del Maíz también se ha convertido en atractivo turístico. Y llegan visitantes de otros lugares. Crecieron las ventas, aumentó la oferta gastronómica y la celebración comenzó a formar parte del calendario cultural y turístico que identifica a Suchitoto.

Ese proceso ha generado oportunidades económicas para familias, comerciantes, artesanos y emprendimientos locales. Pero también plantea una pregunta necesaria. ¿Qué pasa cuando una fiesta nacida para acercar a una comunidad se convierte también en un evento turístico?

La pregunta no pretende cuestionar que el festival atraiga visitantes. El turismo puede contribuir a sostener muchas expresiones culturales. El desafío está en no olvidar ni perder aquello que le dio sentido originalmente. Porque si el Festival del Maíz termina siendo solamente una actividad para vender comida y atraer turistas, habremos conservado la fiesta, pero podríamos perder parte de su historia y esencia.

En tal sentido es importante recordar la  historia del Festival del Maíz porque esta no pertenece únicamente a quienes lo organizan hoy. También pertenece a aquellas familias que, después de años de desplazamiento, regresaron a su comunidad; a quienes tuvieron miedo de entrar a la ciudad; a las mujeres que cocinaron para cientos de personas; a los campesinos que llevaron sus cosechas; a las religiosas que acompañaron las comunidades; a los sacerdotes que entendieron que la reconciliación también podía comenzar alrededor de una mesa.

Quizá por eso es necesario recordar que el significado del festival no está en la cantidad de elotes que se venden, ni en el número de visitantes que llegan cada año. Está en una imagen mucho más sencilla: En personas que alguna vez estuvieron separadas por la guerra volviendo a encontrarse. En una carreta adornada con maíz entrando a Suchitoto, en la comunidad que llega desde el campo, en la hermandad de una ciudad que abre sus brazos y les recibe en la plaza en el encuentro del campesino y el citadino.

El Festival del Maíz no reconstruyó por sí solo Suchitoto. Pero fue una de las expresiones comunitarias que acompañaron esa reconstrucción. Ayudó a recuperar algo que ninguna obra material podía levantar: la posibilidad de volver a reconocernos como parte de una misma comunidad. Y ese quizá sea uno de sus legados más importante y por lo que vale la pena seguir contando su historia.

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