Cada 8 de marzo, el mundo recuerda que los derechos de las mujeres no fueron un regalo del poder, sino el resultado de luchas largas, incómodas y persistentes. En ciudades como Suchitoto, esa memoria y reconocimiento debería estar muy presente. Durante años, las celebraciones del 8M y el camino en la lucha por los derechos de las mujeres, ha sido una jornada de resistencia, denuncia y organización. Las calles, las plazas y las comunidades han sido escenarios de luchas, marchas, foros y actos públicos donde las mujeres han reclamado algo elemental: vivir sin violencia, en igualdad de condiciones para participar plenamente en la vida de sus comunidades y el país.
Hoy, en cambio, el 8M llega envuelto en un silencio inquietante. No porque las violencias hayan desaparecido. No porque las desigualdades se hayan resuelto. Sino porque el clima político y social ha empujado a muchas organizaciones y lideresas a replegarse o guardar silencio, en un país donde la sospecha sobre la sociedad civil se ha vuelto política de Estado y donde nuevas leyes amenazan la existencia misma de las organizaciones sociales.
Desde hace muchos años las mujeres organizadas han sido parte clave del paisaje de Suchitoto, el movimiento de mujeres a tenido una presencia notoriamente activa en la vida pública de Suchitoto y sus trasformaciones.
Organizaciones como la Concertación de mujeres de Suchitoto, espacios de formación impulsados por organizaciones feministas nacionales, y redes de promotoras comunitarias vinculadas a procesos de educación popular, hicieron de esta ciudad un territorio donde las mujeres se organizaron para hablar de violencia, derechos, participación política, trasformación social, economía solidaria, agroecología y memoria histórica.
La Casa de Todas es uno de los espacios icónicos más importantes en la lucha y visibilización del trabajo de las mujeres. Desde aquí colectivos culturales y una infinidad de proyectos comunitarios han sido claves para facilitar espacios de formación, desarrollo, territorio, voz y liderazgo.
Mas que una tradición de marchas en la ciudad, las celebraciones del 8M en Suchitoto han sido simbólicas, con caminatas por las calles del pueblo, foros públicos, presentaciones artísticas y encuentros desde donde se ha exigido el fin a la violencia hacia las mujeres, exponiendo las diversas formas de violencia y exigiendo justicia en igualdad de condiciones y derechos.
El trabajo de las mujeres en Suchitoto, reúne una cantidad de nombres de mujeres lideresas, educadoras populares, defensoras de derechos humanos y promotoras comunitarias que dedicaron años de trabajo silencioso a construir conciencia en un país profundamente machista. Ese trabajo nunca ha sido fácil, ni hoy ni antes. Casi siempre, ha sido una lucha constante e incomprendida. Pero terriblemente esencial.
Sin embargo, en los últimos años, el país ha entrado en una etapa política donde la relación entre el Estado y la sociedad civil se ha transformado profundamente. Desde el discurso oficial, muchas organizaciones sociales han sido presentadas como estructuras sospechosas, vinculadas a intereses externos o a agendas políticas ocultas. A esa narrativa se suma un conjunto de nuevas regulaciones y amenazas legales que han generado preocupación entre organizaciones nacionales e internacionales por el posible cierre del espacio cívico.
En ese contexto, muchas organizaciones —incluidas algunas que trabajan por los derechos de las mujeres— han optado por bajar el perfil público. Pero, no, no es que hayan desaparecido las convicciones. Lo que ha cambiado es el costo de hablar. En un país donde la crítica puede convertirse en exposición pública, ataques digitales o sanciones administrativas, el silencio comienza a parecer una estrategia de protección.
Frente a esta situación quizás lo más triste de todo, quizá no sean el silencio en sí. Lo más preocupante es que una parte de la sociedad comienza a celebrar el silencio de las organizaciones. Como quien aplaude y como quien repite sin saber ni tener memoria.
Cada vez es más común escuchar frases que desprecian el trabajo de las organizaciones sociales: que “no sirven para nada”, que “solo viven de proyectos”, que “no aportan al país”. Ese discurso, repetido con frecuencia desde el poder ha terminado por instalarse también en sectores de la ciudadanía.
Y en ese proceso de negación, se borra una verdad incómoda: muchos de los avances que hoy parecen normales —leyes contra la violencia, redes de atención a mujeres víctimas, programas de formación comunitaria— existen gracias a décadas de lucha de organizaciones sociales.
Mientras muchos solo repiten y aplauden al poder, el debate público se reduce, la realidad de las mujeres sigue siendo alarmante. Los feminicidios continúan ocurriendo. La violencia doméstica sigue siendo una de las agresiones más extendidas. Los abusos sexuales contra niñas y adolescentes siguen marcando la vida de muchas familias salvadoreñas. A esto se suman los embarazos tempranos, las desigualdades económicas y un marco legal extremadamente restrictivo en materia de derechos reproductivos. Nada de eso ha desaparecido. Simplemente se habla menos de ello. Y cuando la violencia deja de nombrarse, corre el riesgo de volverse invisible. A ocurrido. Ocurre. El poder lo sabe.
El espejismo del modernismo sin memoria
El discurso dominante insiste en que el país vive una etapa de modernización y progreso. Se habla de infraestructura, de turismo, de innovación y de nuevas narrativas nacionales. Pero existe un riesgo profundo y perverso en ese relato: confundir modernidad con amnesia.
Una sociedad verdaderamente moderna no necesita borrar su historia ni desacreditar a quienes lucharon por derechos básicos. Mucho menos en un país donde la organización comunitaria fue clave para resistir la guerra, reconstruir comunidades y defender territorios frente a múltiples amenazas. Suchitoto sabe bien eso. Esta ciudad fue escenario de procesos de organización popular, de defensa del territorio, de luchas culturales y sociales que marcaron generaciones enteras.
Repetir el discurso oficial, sin antes reconocer el aporte de las organizaciones de mujeres es ignorancia u omisión. Despreciar a las organizaciones sociales es, en el fondo, despreciar esa memoria colectiva.
Una advertencia necesaria para Suchitoto
Este 8 de marzo debe ser un momento de reflexión para la ciudad. Suchitoto no puede convertirse en un lugar donde se aplauda el silencio de quienes durante décadas defendieron derechos, promovieron cultura, acompañaron comunidades y alzaron la voz frente a las injusticias. Las organizaciones sociales no son perfectas. Ninguna lo es. Nadie lo es. Pero ignorar su papel histórico o repetir sin cuestionar la narrativa oficial que las desacredita es una forma peligrosa de borrar la memoria del pueblo.
En ese sentido Suchitoto debe tener cuidado. Porque una ciudad que olvida a quienes defendieron los derechos de las mujeres, la cultura y el territorio, corre el riesgo de olvidar también cómo se construyen las conquistas y transformaciones sociales. Los derechos nunca nacen del silencio. Nacen de la organización. Nacen de la memoria. Nacen del coraje de quienes se atrevieron a hablar cuando era más fácil callar.
Y antes de repetir que las organizaciones sociales “no sirven para nada”, tal vez la ciudad debería hacerse una pregunta más honesta: ¿quiénes han estado siempre cuando ha tocado defender los derechos, la dignidad y el territorio de Suchitoto? La respuesta, para quien quiera verla, está escrita en la historia reciente de este pueblo y tiene nombre de mujer.





