Promesas y realidades del nuevo municipalismo

Promesas y realidades del nuevo municipalismo: entre la centralización del poder y la pérdida de autonomía local

Cuando en 2023 se aprobó la Ley Especial para la Reestructuración Municipal, el discurso oficial prometía un nuevo amanecer para los municipios del país. La reducción de 262 a 44 municipalidades se presentó como una oportunidad para optimizar recursos, modernizar la gestión pública, mejorar los servicios básicos y profesionalizar la administración local. El ciudadano común escuchó que, al unificar territorios y distritos, las alcaldías tendrían más capacidad financiera, técnica y administrativa para atender mejor a la población en los territorios.

Hoy, a más de un año de su implementación, la realidad que viven los municipios —y en particular Cuscatlán Norte, creado de la fusión de cinco distritos— muestra un panorama muy distinto: menos autonomía, menos ingresos propios y una creciente dependencia del gobierno central. Lo que se presentó como una reforma para fortalecer el municipalismo, se ha convertido en una estrategia de concentración de poder en manos del Ejecutivo.

Las promesas de la reforma

Los argumentos centrales de la ley fueron tres:

Eficiencia administrativa: al tener municipios más grandes, con más población y territorio, se eliminarían duplicidades y se ahorrarían recursos.

Más y mejores servicios: las alcaldías tendrían capacidad de invertir en obras de mayor impacto y ampliar su cobertura.

Fortalecimiento institucional: se prometió que la nueva estructura daría paso a gobiernos locales más modernos, transparentes y con mayor legitimidad.

En palabras del discurso oficial, la reforma era el inicio de un “nuevo municipalismo”, más cercano a la gente y con herramientas para responder a los retos del desarrollo local.

La realidad en el territorio

Sin embargo, la experiencia cotidiana de las 44 alcaldías muestra que las promesas se diluyen frente a una realidad marcada por recortes financieros, pérdida de competencias y ausencia de autonomía.

1. Recursos financieros limitados

Lejos de recibir más recursos, los municipios han visto cómo se reducen sus ingresos propios. Del 8% que recibían del FODES se redujo al 1.5%. Tres ejemplos son claves par entenderlo mejor:

La Dirección de Obras Municipales DOM administra, decide y ejecuta todas las obras de inversión en los municipios.

ANDRES (Autoridad Nacional de Residuos Sólidos): obligará a las alcaldías a transferir parte de las tasas de recolección de basura al fondo nacional, limitando lo que queda en las cajas municipales.

Dirección de Mercados: en los casos donde el gobierno central invierte toma control de los mercados municipales, con esto las alcaldías dejan de percibir importantes ingresos diarios.

Estos fondos eran la base para cubrir gastos corrientes, pagar planillas y responder a emergencias locales. Hoy, sin ellos, los gobiernos locales dependen de transferencias y asignaciones centralizadas que no siempre llegan a tiempo.

2. Pérdida de autonomía

La Dirección Nacional de Obras Municipales (DOM) se convirtió en el principal ejecutor de proyectos de infraestructura. Si antes una alcaldía podía decidir si pavimentar una calle, construir un parque o mejorar un sistema de agua potable, ahora debe esperar que la DOM apruebe, ejecute y entregue la obra. El rol de los alcaldes se reduce a gestores o intermediarios, no a autoridades con capacidad de decisión directa.

3. Vulnerabilidad política

La centralización de funciones y recursos coloca a los municipios en una posición de vulnerabilidad política. La ejecución de obras, la recolección de basura o la administración de mercados pueden convertirse en instrumentos de control, donde el gobierno central define qué territorios reciben atención y cuáles deben esperar. La capacidad de los concejos municipales para responder a su población se ve cada vez más limitada y subordinada.

Cuscatlán Norte: un caso revelador

El nuevo municipio de Cuscatlán Norte, compuesto por los distritos de Suchitoto, San José Guayabal, Oratorio de Concepción, San Pedro Perulapán y San Bartolomé Perulapía, ejemplifica bien la contradicción entre promesas y realidades. Con cerca de cien mil habitantes distribuidos en cinco territorios, la expectativa era que una municipalidad más grande tendría mayor capacidad de gestión.

En la práctica, la distancia administrativa entre concejo y comunidades ha aumentado: no es lo mismo administrar un solo distrito que coordinar cinco con necesidades y realidades sociales y económicas distintas. Luego de los gastos administrativos, la municipalidad apenas alcanza a cubrir pequeños proyectos de mantenimiento en calles y accesos comunitarios, viéndose cortos de recursos en la ejecución de mayores obras de infraestructura e inversión social.

Por su parte la población de los distritos, que antes tenían alcaldías propias, hoy se sienten con menos presencia institucional. La centralización no solo es en San Salvador, sino también dentro del propio municipio: las decisiones ya no son consultadas y se concentran en la municipalidad, dejando a un lado la consulta ciudadana de los distritos.

La promesa de un municipio fortalecido terminó en una alcaldía expuesta, con menos herramientas y crecientes demandas ciudadanas que no logra atender. No por falta de interés, sino por falta de herramientas, autonomía y recursos financieros.

¿Hacia dónde va el municipalismo?

Lo que ocurre en Cuscatlán Norte no es un caso aislado. De oriente a occidente, los 44 municipios enfrentan la misma contradicción: la reforma que prometió fortalecerlos los ha debilitado y dejado sin recursos para responder a las necesidades de sus distritos.

La tendencia apunta hacia un municipalismo administrado desde el centro, donde los alcaldes se convierten en figuras simbólicas y los servicios públicos son gestionados por direcciones nacionales. Esto plantea varias reflexiones:

Desnaturalización del gobierno local: si las alcaldías ya no deciden sobre obras, mercados o servicios básicos, ¿qué significa ser municipio?

Debilitamiento de la democracia local: los concejos municipales son elegidos por voto popular, pero cada vez tienen menos poder para decidir y responder a su población.

Mayor dependencia política: la ciudadanía queda expuesta a decisiones centralizadas que pueden priorizar intereses políticos sobre necesidades locales.

Una mirada crítica

El nuevo municipalismo salvadoreño parece avanzar hacia un modelo donde los municipios podrían convertirse en meras subdivisiones y oficinas administrativas, sin recursos ni autonomía, mientras el poder real se concentra en el Ejecutivo.

La promesa de una gestión más eficiente se enfrenta con la paradoja de que hoy las alcaldías no pueden resolver ni lo más básico sin la venia del gobierno central. Esto genera frustración en comunidades que esperaban gobiernos locales más cercanos y con mejores capacidades de respuesta a sus necesidades.

La situación de las alcaldías  invita a una reflexión de fondo: ¿Estamos ante el fin de la autonomía municipal en El Salvador? ¿Podrán los municipios sobrevivir como espacios de democracia local si siguen perdiendo competencias? ¿O caminamos hacia un modelo donde las alcaldías solo administran oficinas, mientras las decisiones se toman en San Salvador?

La reestructuración municipal abrió una puerta de expectativas que rápidamente se ha ido cerrando. Lo que se prometió como un salto hacia adelante puede terminar siendo un retroceso para el municipalismo salvadoreño.

Los municipios como Cuscatlán Norte hoy son el espejo de un país donde se quitan recursos financieros y autonomía a las alcaldías, mientras el gobierno central concentra más poder. El resultado: comunidades más desprotegidas y autoridades locales cada vez más expuestas y dependientes.

La gran pregunta es si la ciudadanía aceptará pasivamente este cambio o si, tarde o temprano, exigirá que las promesas de fortalecimiento municipal se conviertan en realidades palpables.

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