¿Cuántas veces hemos sido llamadas “rebeldes” solo por intentar querer vivir a nuestra manera? ¿Cuántas veces hemos sentido la presión —sutil o explícita— de abandonar lo que somos, lo que creemos, lo que nos hace ser parte de lo que llamamos identidad?
La historia de nuestros pueblos, y en particular la de Suchitoto, no puede desligarse de una larga lucha por preservar su identidad frente a proyectos que han querido moldearla, silenciarla o transformarla en algo más digerible para intereses externos. Aún hoy, en pleno siglo XXI, seguimos viendo cómo la presión por “modernizarnos” busca borrar nuestras raíces más profundas, nuestras costumbres y nuestras convicciones.
Hace más de 500 años, nuestros antepasados fueron acusados de “idólatras” por no renunciar a sus creencias. Hablar con sus dioses, cuidar sus montañas, sembrar según el calendario de la tierra, curarse con plantas, gobernarse de forma comunal, todo eso fue motivo de persecución. Pero, no era rebeldía. Era dignidad. Era memoria viva.
Y aunque el tiempo ha pasado, esa misma incomodidad sigue presente. Se manifiesta cada vez que se ridiculizan nuestras creencias, cada vez que se nos dice que debemos “hablar mejor”, “vestir mejor” o “pensar diferente”. Cada vez que se niega el valor de nuestros abuelos, el coraje de nuestras abuelas, la historia de quienes lucharon por un país más justo. Cada vez que se llama “indio” o “del campo” como insulto. Cada vez que se niega o ridiculiza el pasado revolucionario del país, que también es parte del tejido profundo de nuestras convicciones como pueblo.
Suchitoto ha sido cuna de historia, arte, resistencia y espiritualidad. Desde su origen como territorio ancestral indígena, hasta ser bastión de organización comunitaria y lucha popular durante la guerra, ha sabido resistir. Esa resistencia, sin embargo, no siempre ha sido con armas o discursos: ha sido con bordados, con festivales, con maíz, con danzas, con la lengua, con el patrimonio, con el silencio de quienes aún cuidan la memoria y defienden nuestros derechos.
Nos han querido hacer creer que defender nuestras raíces es sinónimo de atraso, de ignorancia, de terquedad. Que lo moderno es desechar y negar lo viejo, lo antiguo y con ello, desechar también el alma de nuestras comunidades. Intentan construir futuro sobre las ruinas del pasado. Pero, ¿qué es el progreso si se construye sobre el olvido?
La globalización, con su fuerza avasalladora, intenta imponer una forma única de vivir, consumir, pensar y sentir. En ese modelo, nuestros símbolos —la milpa, la cofradía, el rezo antiguo, la palabra y los saberes de las abuelas— no tienen cabida. Se nos vende una modernidad que no dialoga con la tierra, que desprecia lo comunitario, a las mujeres y que convierte todo en mercancía y negocio. Incluso nuestras fiestas, nuestra identidad, nuestro pasado, nuestros cuerpos.
Por eso es urgente volver la mirada a lo propio. Defender nuestras creencias, costumbres, convicciones y derechos no es encerrarse ni odiar lo nuevo. Es poner límites. Es decir: hasta aquí. Es exigir respeto por lo que somos, lo que fuimos y lo que hemos sido. Es evitar que la historia se repita como farsa, disfrazada de “progreso” que nos arranca el alma. No podemos olvidar, porque quienes olvidan están condenados a repetir la tragedia.
En Suchitoto, defender la identidad no es nostalgia: es resistencia. Seguir bailando, seguir bordando, seguir sembrando, seguir creyendo… también es pelear por el futuro. Cada vez que una comunidad se organiza para celebrar su festival, cada vez que una madre enseña a su hija a hacer tortillas, cada vez que una joven decide alzar su voz, o investigar el pasado de su cantón, se está luchando por la memoria y la dignidad.
Los símbolos, los legados, las formas de vida heredadas de nuestros ancestras no son adornos: son cimientos. En ellas hay sabiduría, fuerza y una forma distinta de entender el mundo. Una forma que privilegia lo colectivo, la armonía con la naturaleza, la palabra dicha con respeto, la igualdad, la fiesta como acto sagrado, el dialogo como forma de entendimiento.
No se trata de rechazar el presente, sino de sembrar en él las semillas del pasado que nos han sostenido. De hacer del futuro un espacio donde podamos seguir siendo lo que somos sin pedir permiso, sin pretender cambiarlo todo.
En Suchitoto y en tantos pueblos de este país, las luchas del presente están profundamente conectadas con las luchas del pasado. Defender nuestras raíces no es un acto de museo, es un acto político. Es asumir que cada vez que hablamos en voz alta desde nuestras convicciones, cada vez que las mujeres contamos nuestra historia con orgullo, estamos resistiendo a la homogenización del mundo.
El sistema actual quiere pueblos sin memoria, sin identidad, sin voz. Pueblos que acepten sin preguntar, que aplaudan sin entender, que sigan modas sin saber quiénes son y qué están dejando atrás. Pero un pueblo con raíz es un pueblo que incomoda. Y eso, en estos tiempos, a pesar de ser una virtud, se está perdiendo cada vez más.
Y si queremos que nuestras hijas e hijos sepan de dónde vienen, que escuchen nuestras historias, que bailen nuestros sones, que celebren nuestras fiestas, que se reconozcan en nuestro reflejo… entonces debemos cuidar la raíz. Cuidarla, compartirla, y mantenerla viva.
La identidad no es una carga del pasado. Es una brújula para el futuro.
Por eso, cada vez que te quieran hacer sentir menos por ser quien sos, por pensar distinto, por creer en tus costumbres, por ser mujer y defender tus derechos, recuerda: no es rebeldía. Es raíz. Es dignidad. Es memoria. Porque, en ese lugar donde vive la memoria, también vive la esperanza.





