Dos años después: ¿Qué significa ser una ciudad cultural?

Dos años del cierre de la Casa de la Cultura y la transformación silenciosa de la vida cultural de Suchitoto.

Han pasado dos años desde que la Casa de la Cultura de Suchitoto cerró sus puertas como parte del desmantelamiento de la Red Nacional de Casas de la Cultura. Dos años desde que un espacio que durante casi cinco décadas acogió talleres, exposiciones, conciertos, encuentros literarios, investigaciones, procesos educativos y expresiones comunitarias dejó de existir como política pública.

Para muchos eso no les importó ni les importa. Pero para otros significó una enorme perdida. Fue la desaparición de uno de los pocos espacios donde la cultura no era un espectáculo para consumir, sino una experiencia para construir colectivamente. La pérdida resulta todavía más significativa porque Suchitoto ya había visto cerrar su Biblioteca Municipal, otro de los pilares de la vida intelectual de la ciudad. Entre ambos cierres desaparecieron dos instituciones que durante décadas permitieron el acceso gratuito al conocimiento, al arte, a la lectura y a la memoria histórica.

Sin embargo, dos años después la pregunta ya no es únicamente por qué cerraron.

La pregunta más importante hoy es otra:

¿Qué modelo cultural se está construyendo en Suchitoto?

Porque la cultura nunca desaparece. Siempre es sustituida por otra forma de entenderla. Y quizá eso es precisamente lo que está ocurriendo. Mientras estos dos espacios permanecen cerrados, y otros espacios independientes para la formación artística luchan por su subsistencia, las nuevas apuestas del gobierno parecen concentrarse en convertir la plaza pública en escenario permanente de espectáculos, conciertos, iluminación, fuegos artificiales y actividades de entretenimiento los fines de semana.

Si bien -como ya hemos señalado insistentemente- no existe nada negativo en que una ciudad celebre, pues las plazas históricamente han sido lugares para el encuentro. La música, la fiesta y la convivencia forman parte de la identidad de cualquier pueblo.

El problema comienza cuando la política cultural termina reducida casi exclusivamente al espectáculo. Cuando las luces sustituyen a las bibliotecas. Cuando los escenarios sustituyen a los talleres. Cuando los eventos reemplazan los procesos. Cuando el entretenimiento desplaza a la formación. Porque mucho ojo, la cultura y el espectáculo no son sinónimos. El espectáculo emociona por unas horas. La cultura transforma durante generaciones.

Mientras centenares de personas observan un escenario iluminado durante una noche, o disfrutan de un show en la plaza, otros espacios que si sostienen la vida cultural cotidiana sobreviven con enormes dificultades. El histórico Teatro Alejandro Cotto, -por ejemplo- uno de los símbolos culturales más importantes del país y que ha dado gloria a la vida cultural de la ciudad, continúa necesitando recursos para su mantenimiento, conservación y modernización. Su infraestructura requiere atención permanente para garantizar que siga siendo un espacio digno para artistas, compañías teatrales, músicos y públicos de todas las edades.

La paradoja resulta inevitable. Hay recursos para luces, y espectáculos. Pero los lugares donde la cultura se crea continúan esperando apoyo. Las luces duran una noche. Un teatro forma generaciones. Lo mismo ocurre con las iniciativas culturales comunitarias o independientes. Durante décadas fueron asociaciones culturales, artistas independientes, maestros, promotores, colectivos, voluntarios y ciudadanos quienes construyeron la identidad cultural de Suchitoto.

Hay una larga lista de nombres de personas, y no lo hicieron esperando grandes presupuestos. Lo hicieron creyendo que la cultura era una herramienta para fortalecer la comunidad. Fueron ellos quienes impulsaron festivales, talleres de pintura, grupos de teatro, concursos literarios, investigaciones históricas, encuentros musicales, procesos de formación juvenil y rescate de las tradiciones.

Si no lo sabe, sépalo. Gracias a ese trabajo silencioso Suchitoto llegó a convertirse en un referente nacional e internacional de la cultura. No ocurrió por casualidad. Ni solo por una persona. Ni por una revitalización. Fue y ha sido el resultado de décadas de construcción colectiva.

Por eso preocupa que, poco a poco, las iniciativas nacidas desde la comunidad parezcan ocupar un lugar cada vez más secundario frente a una programación centrada en eventos de alto impacto visual. La cultura del espectáculo tiene una enorme capacidad para atraer atención inmediata. Produce fotografías atractivas para-Instagram. Genera publicaciones virales. Visitas de youtuberos. Llena plazas durante algunas horas. Pero también puede construir una ilusión de vitalidad cultural. Porque una ciudad no es cultural únicamente porque organiza espectáculos. (Aunque hoy eso quieran ofrecer).

Una ciudad es cultural cuando sostiene y mantiene los espacios donde se aprende arte, música durante todo el año. Cuando mantiene abiertas sus bibliotecas. Cuando protege sus teatros. Cuando fortalece sus museos. Cuando apoya a sus artistas. Cuando impulsa la investigación histórica. Cuando invierte en la formación de niños y jóvenes. Cuando reconoce el trabajo cotidiano de quienes producen cultura lejos de los reflectores.

Porque es importante aclarar que existe una diferencia profunda entre consumir cultura y construir cultura. La primera necesita espectadores. La segunda necesita ciudadanos. El gran riesgo aparece cuando las políticas públicas privilegian aquello que puede medirse por la cantidad de asistentes o por el impacto o la capacidad de viralización en redes sociales, mientras quedan relegados los procesos culturales cuyos resultados solo pueden apreciarse con el paso de los años.

Una biblioteca nunca competirá con un espectáculo de fuegos artificiales. Un taller de literatura difícilmente reunirá la misma cantidad de personas que un concierto. Un taller de arpas no llenará una plaza en una noche. Pero precisamente esos espacios son los que hacen posible que, dentro de diez o veinte años, todavía existan escritores, actores, músicos, investigadores y ciudadanos comprometidos con la historia de su comunidad.

Sin ellos, el espectáculo termina convirtiéndose en un fin en sí mismo, que termina con el ultimo aplauso. De seguir así, esta ciudad que durante décadas fue reconocida por producir cultura corre el riesgo de convertirse únicamente en un escenario donde la cultura se representa y las luces pueden deslumbrar. Donde los fuegos artificiales pueden emocionar y los domingos pueden llenar una plaza. Pero también pueden ocultar silenciosamente aquello que se está perdiendo detrás del brillo de las luces.

Porque mientras la atención se concentra en el espectáculo, pocas personas se preguntan por qué la Casa de la Cultura sigue cerrada. Por qué la biblioteca continúa ausente. Por qué el Teatro Alejandro Cotto necesita apoyo para preservar un patrimonio que pertenece a todo el país. Por qué tantas iniciativas comunitarias luchan por sobrevivir con recursos mínimos.  Mientras por otro lado se invierte en show.

Quizá la mayor amenaza no sea la desaparición de estos espacios culturales. La mayor amenaza es acostumbrarnos a creer que una ciudad cultural puede sostenerse únicamente con eventos, festivales y espectáculos de fin de semana.

Suchitoto nunca construyó su prestigio cultural a partir de escenarios temporales. Lo construyó gracias a maestros, bibliotecarias, promotores culturales, escritores, artistas, actores, músicos, gestores, investigadores y ciudadanos que comprendieron que la cultura es un proceso cotidiano, paciente y profundamente comunitario.

Dos años después del cierre de la Casa de la Cultura, la discusión ya no es porque la cerraron. La discusión debería preguntarse qué modelo de ciudad queremos. Una ciudad donde la cultura se limite a contemplar un espectáculo de fin de semana. O una ciudad donde la cultura vuelva a ser un derecho, una política pública y una construcción colectiva que permanezca viva mucho después de que las luces del escenario se hayan apagado.

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