Artistas en la plaza: una ciudad que debe mirarse al espejo

 

La plaza de Suchitoto no es un espacio cualquiera. Es el corazón simbólico del pueblo, el lugar donde históricamente han convergido la vida comunitaria, la memoria, la fiesta, la protesta, el descanso y el arte. Lo que ocurre en la plaza —y también lo que deja de ocurrir— dice mucho más de una ciudad de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que la plaza fue un espacio profundamente comunitario. Los fines de semana no estaban pensados únicamente para el turismo, la postal o el espectáculo, sino también para dar voz, presencia y oportunidad a los jóvenes artistas locales. La plaza era entonces un lugar de ensayo, de riesgo, de aprendizaje y de encuentro; un escenario donde el arte nacía de las juventudes del pueblo y volvía a él.

Muchos aún recuerdan aquellos domingos musicales de marimba o las presentaciones impulsadas por los hermanos Cañas, iniciativas independientes, sin respaldo institucional ni presupuestos asignados, donde la música brotaba de manera honesta y cercana. También las presentaciones de «estatuismo» de Estela Ábrego, una joven artista que logró convertir la plaza en un espacio de silencio, asombro y reflexión colectiva. A ello se sumaban otros artistas, exposiciones espontáneas de pintores y fotógrafos locales, muestras cargadas de identidad.

No eran espectáculos pagados. No formaban parte de una agenda oficial. Pero tenían algo fundamental: sentido de pertenencia. Mostraban el talento artístico de Suchitoto y reflejaban una ciudad que, al menos por momentos, abría sus espacios y apostaba por su gente, por su juventud y por su capacidad creativa. Todos conocemos, además, cómo terminó la historia de los hermanos Cañas en la plaza: un episodio que dejó más preguntas que respuestas y que marcó un punto de quiebre en la relación entre el arte local y el espacio público.

 

Un paisaje que ha cambiado. Hoy, el paisaje cultural de la plaza es distinto. Hoy, en el marco del proyecto de revitalización del centro histórico, casi todos los fines de semana la plaza está ocupada por artistas que, con sus presentaciones, dan vida y alegría al espacio. Esto, en principio, es positivo y valioso. Sin embargo, hay un detalle que no puede pasarse por alto: los artistas locales no forman parte del programa.

Desde finales de 2025, de manera casi permanente, la programación de la plaza ha sido ocupada por artistas foráneos, en su mayoría provenientes de San Salvador. Músicos, cantantes y agrupaciones han compartido su arte de forma regular con visitantes y turistas. Es importante decirlo con claridad y sin ambigüedades: traer artistas de fuera no es, en absoluto, negativo. Al contrario, dinamiza la plaza, atrae visitantes y diversifica la oferta cultural de la ciudad.

El problema no es quién viene.
El problema es quién ya no está.
El problema es a quién se desplaza, se invisibiliza o se margina.

La pregunta surge de manera inevitable y legítima: ¿por qué los artistas foráneos ocupan de forma constante el escenario principal del pueblo, mientras los artistas locales no figuran en esta programación regular que se realiza en la plaza?

 

Desde el discurso institucional, Suchitoto se presenta como una ciudad cultural, inclusiva y abierta al turismo y a las artes, con un proceso de revitalización en marcha. Sin embargo, pese a que se habla de recuperación de espacios y dinamización cultural, paradójicamente no se está incluyendo a los actores culturales locales.

Una revitalización auténtica no puede imponerse únicamente desde arriba ni venir solo desde fuera. Una ciudad cultural inclusiva no se mide por la cantidad de luces, espectáculos o actividades que ofrece, sino por quiénes diseñan esa ciudad, a quiénes se incluye, cómo se les incluye y bajo qué condiciones.

El contraste es evidente y preocupante:

  • A los artistas foráneos se les contrata, se les paga y se les garantiza escenario.
  • A los artistas locales se les limita, se les margina o se les invita de forma ocasional, muchas veces bajo la figura de la “colaboración”, el “apoyo” o la “donación de su arte”.

Esta lógica, que se ha ido normalizando con el tiempo, resulta profundamente contradictoria. ¿Cómo se puede hablar de apoyo a la cultura cuando se asume que los artistas del propio pueblo deben trabajar gratis para “ganar visibilidad”, mientras otros reciben un reconocimiento económico por ocupar exactamente el mismo espacio?

Y si esto ya es preocupante, lo es aún más el silencio que rodea esta práctica. Un silencio que no solo involucra a las y los propios artistas, sino también a la municipalidad, a las entidades culturales, colectivos, espacios formativos y negocios que, por distintas razones, han terminado aceptando esta dinámica como algo natural, normal e incuestionable.

 

El valor del arte local

Las y los artistas locales no son un relleno ni una opción secundaria dentro de la programación cultural. Son portadores de identidad, memoria y sentido comunitario. Son quienes, durante años, han construido la imagen cultural de Suchitoto desde abajo, sin reflectores ni grandes presupuestos, sosteniendo talleres, procesos formativos, festivales comunitarios y espacios alternativos.

Excluirles —aunque sea de manera indirecta— y normalizar esta exclusión envía un mensaje peligroso: que el talento de afuera vale más que el de casa; que la formación local no merece reconocimiento; que el esfuerzo creativo de las juventudes no tiene lugar ni valor en su propio territorio.

 

¿Por qué debería de importar? Esto debería importarnos porque la cultura no es un accesorio turístico, sino un derecho y un pilar del desarrollo local. Cuando se desplaza al arte local, no solo se afecta a los artistas, sino al conjunto de la comunidad. Se debilita la identidad colectiva, se rompe la continuidad generacional del arte y se envía a las juventudes un mensaje muy desalentador: “aquí no hay espacio para ustedes y nadie los va a defender”.

La plaza no es solo un escenario; es un espacio público, simbólico y político. Lo que allí se muestra —y lo que se excluye— revela qué ciudad estamos construyendo, a quiénes decidimos reconocer y a quiénes dejamos fuera.

 

La municipalidad no puede excusarse ni limitarse a facilitar eventos o aparecer en fotografías. Tiene la responsabilidad de defender los intereses culturales del distrito, transparentar los criterios de programación y demostrar un compromiso real con los artistas locales. Si se contrata, se paga y se garantiza espacio a artistas foráneos, ese mismo trato debe otorgarse a las y los artistas de Suchitoto.

Del mismo modo, las entidades, colectivos y organizaciones que imparten talleres y procesos de formación artística no pueden permanecer indiferentes ni al margen. Si forman artistas, también deben salir en su defensa, exigir respeto, espacios dignos y acompañar a quienes han crecido en sus aulas, talleres y procesos comunitarios.

Porque si ni la municipalidad ni las entidades culturales alzan la voz, la pregunta inevitable, incómoda y urgente es: ¿Quién defiende o defenderá a las y los artistas de Suchitoto?

 

En Suchitoto tenemos que abrir espacios, pero sin cerrarnos las puertas. Esta situación no debería ser compleja. Suchitoto no tiene que elegir entre artistas locales o artistas de fuera. Puede —y debe— apostar por la participación de ambos. Pero una ciudad verdaderamente inclusiva no se construye desplazando abierta y silenciosamente a los suyos.

La plaza de Suchitoto pertenece al pueblo. Y una plaza que no refleja el arte de su propia gente corre el riesgo de convertirse en un escenario festivo, alegre y atractivo para la foto, pero vacío de autenticidad, identidad y memoria viva.

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