Retos en la aplicación de urbanismo táctico en Suchitoto

 

Nuevamente venimos a poner en discusión lo que ocurre alrededor de la ciudad y que la municipalidad ha anunciado como un “Plan de movilidad víal”.  Francamente, uno quisiera no tener que insistir una y otra vez sobre estos asuntos. Sin embargo, cuando se trata del futuro de la ciudad, guardar silencio nunca será la mejor opción.

Quienes vivimos aquí, sobradamente sabemos la crisis que vive el casco urbano de la ciudad, que enfrenta uno de sus mayores desafíos urbanos de los últimos años. El crecimiento relativo del turismo, el aumento de la carga vehicular, la concentración de actividades en el centro histórico y el deterioro progresivo de algunas calles sin reparar han creado una situación que ya no admite improvisaciones. Suchitoto necesita discutir seriamente su movilidad, el uso de sus espacios públicos y la forma en que quiere crecer durante los próximos años.

No se trata de oponerse a los cambios. Al contrario, la ciudad necesita cambios. Lo que está en discusión es cómo se hacen esos cambios, bajo qué criterios se toman las decisiones y, sobre todo, quiénes participan en ellas.

En este contexto, la municipalidad ha anunciado que estas intervenciones responden a un «Plan de Movilidad Vial» basado en los principios de urbanismo táctico y retomando un proceso iniciado a finales de 2021 con el acompañamiento del Laboratorio de Espacio Público de México, durante la administración del profesor Denis Miranda.

Sin embargo, cuatro años después de aquel proceso participativo, la primera intervención visible —realizada en la cuadra frente a la alcaldía— deja más preguntas que respuestas. La primera es inevitable: ¿Realmente fueron necesarios cuatro años para llegar a este primer ejercicio?

Pero la pregunta de fondo es todavía más importante. ¿estamos realmente ante un proceso de urbanismo táctico o solamente ante una intervención urbana presentada bajo ese concepto?

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Pues bien, conviene recordar que el urbanismo táctico no es meramente una obra, es más bien un proceso, un proceso participativo. No consiste únicamente en pintar una calle, colocar maceteras o instalar mobiliario urbano temporal. Su mayor fortaleza no es la intervención física. Su mayor fortaleza es el proceso de participación que la hace posible.

 El urbanismo táctico nació precisamente para romper con la lógica tradicional de construir ciudad desde un escritorio, elaborar proyectos entre especialistas y luego presentarlos a la población como decisiones ya tomadas.

Su esencia está precisamente en lo contrario: en dialogar, probar, escuchar, evaluar y corregir junto a la ciudadanía. Una intervención de urbanismo táctico puede iniciar en una pequeña escala —una calle, una esquina, una cuadra—, pero esa pequeña intervención no es el proyecto completo. Es un laboratorio urbano que permite aprender antes de tomar decisiones permanentes.

Por ello resulta preocupante que una intervención en una sola cuadra sea presentada como un Plan de Movilidad Vial. No porque una prueba piloto carezca de valor, sino porque una prueba piloto y un plan son cosas completamente distintas.

Un plan requiere un diagnóstico público, objetivos definidos, metodología, cronograma, indicadores para evaluar resultados y mecanismos claros para incorporar la opinión de la ciudadanía. Sin esos elementos, existe el riesgo de utilizar el prestigio del urbanismo táctico únicamente como una etiqueta para legitimar decisiones cuya lógica responde más a la urgencia del momento que a un verdadero proceso participativo. Y eso sería profundamente injusto con el propio concepto de urbanismo táctico.

 

La diferencia entre experimentar y simplemente intervenir

Haciendo a un lado la demora inexplicable de cuatro años para el primer ejercicio. Si esta intervención frente a la alcaldía —con pasos peatonales pintados, maceteras y bancas de concreto— constituye un ejercicio piloto, entonces resulta indispensable explicar qué se pretende evaluar.

Porque un piloto no se mide por la cantidad de pintura aplicada, sino por la claridad y calidad de la información que esta produce. La ciudadanía tiene derecho a entender que se esta haciendo y conocer las respuestas a preguntas tan elementales como estas:

  • ¿Cuál es el objetivo específico de esta intervención?
  • ¿Se busca mejorar la movilidad peatonal?
  • ¿Reducir conflictos entre peatones y vehículos?
  • ¿Disminuir la velocidad del tráfico?
  • ¿Ordenar los estacionamientos?
  • ¿Crear un espacio de convivencia?

Y, sobre todo:

  • ¿Cómo se evaluará el experimento?
  • ¿Qué indicadores se utilizarán?
  • ¿Se medirán los flujos vehiculares antes y después?
  • ¿Se consultará a comerciantes, residentes y peatones?
  • ¿Dónde podrán los ciudadanos expresar sus opiniones?
  • ¿Qué ocurrirá si los resultados no son los esperados?

 

Este par de preguntas -disculpen- no son ganas de molestar o estar en contra de algo. Son precisamente las preguntas que dan sentido al urbanismo táctico. Porque experimentar no significa improvisar. Experimentar significa tener una hipótesis, aplicar una acción, medir resultados y aprender colectivamente. Pero explicando y exponiendo públicamente  los objetivos del mismo.

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La constante: ausencia de información que debilita el proceso

Uno de los problemas mayores es que muchas personas de la ciudad desconocen qué es lo que se está haciendo, por qué se está haciendo y hacia dónde conduce la intervención. La presentación de una imagen generada mediante inteligencia artificial en redes sociales como explicación visual del futuro de la ciudad tampoco contribuye a aclarar el proceso. Por el contrario, puede generar confusión.

Una imagen renderizada puede ser una herramienta útil para imaginar e ilustrar posibilidades, pero nunca sustituye un plan, un diagnóstico o una explicación pública de lo que se está haciendo.

Existe una enorme diferencia entre utilizar una imagen para abrir una conversación y utilizarla para construir la percepción de una realidad que todavía no existe. Cuando la comunicación pública se enfoca más en representar una ciudad idealizada que en explicar los procesos reales, se corre el riesgo de sustituir la discusión ciudadana por una estrategia de imagen. La ciudad no puede construirse solamente desde fotografías bonitas o representaciones digitales. Una ciudad se construye desde sus calles reales, sus problemas reales y las voces reales de quienes la habitan.

El peligro de convertir la transformación urbana en una imagen

En los últimos años hemos visto crecer una tendencia preocupante: presentar proyectos urbanos principalmente desde imágenes atractivas, renders o discursos de transformación, mientras la ciudadanía queda relegada a simplemente observar el resultado final. Sin derecho de participación. Ya sucedió con el proyecto de revitalización del centro histórico, una inversión cercana a 1.3 millones de dólares que prácticamente no tuvo espacios de discusión ciudadana.

Ahora existe el riesgo de repetir el mismo camino. Pero precisamente ahí radica la mayor contradicción. El urbanismo táctico nació para sustituir esa forma vertical de intervenir las ciudades. Por tanto, una de las grandes virtudes del urbanismo táctico es que se fundamente y construye a partir de la participación ciudadana. Porque el urbanismo táctico no busca convencer a la gente de una ciudad imaginada. Busca construir con la gente una ciudad posible. La diferencia parece pequeña, pero es profunda.

Una imagen puede mostrar una calle perfecta o bonita. Pero solamente la comunidad puede decir si esa calle es funcional o no. Una imagen puede mostrar árboles, bancas y espacios ordenados. Pero solamente quienes viven ahí pueden explicar si responde a sus necesidades. Una imagen puede vender una idea de futuro. Pero solamente la participación puede darle legitimidad.

Cuatro años después de un largo silencio, lo ocurrido en 2021 no puede ser utilizado como una consulta permanente. Aquel esfuerzo tuvo como una de sus fortalezas la apertura de espacios participativos y la discusión abierta sobre el futuro urbano de Suchitoto. Sin embargo, desde entonces han transcurrido más de cuatro años de completo silencio. En ese lapso la ciudad cambia. Los problemas cambian o se agudizan. Las necesidades cambian. Cambian las prioridades. Por tanto aquella consulta y conversación ciudadana de hace cuatro años no puede convertirse automáticamente en una autorización permanente para intervenir la ciudad hoy.

La participación ciudadana no es un trámite que se cumple una vez y luego se archiva. Es un proceso continuo. Y a este proceso no se le ha dado continuidad en el tiempo. Sino cuatro años después.  Si el urbanismo táctico depende del diálogo, entonces ese diálogo debe mantenerse abierto y vivo.

No repetir los errores del urbanismo convencional

La gran paradoja sería que una herramienta creada para superar el urbanismo tradicional termine aplicándose bajo la misma lógica que critica: decisiones tomadas desde arriba, poca información pública, ausencia de evaluación colectiva y ciudadanos reducidos al papel de espectadores.

Creemos en los principios del urbanismo táctico. Y no, no es gana de molestar. Es que Suchitoto merece algo mejor. La ciudad necesita soluciones para su movilidad, pero también necesita recuperar una cultura de diálogo sobre su futuro. No basta con intervenir una calle. Hay que explicar por qué se interviene. No basta con anunciar un plan. Hay que presentarlo, explicarlo. No basta con mostrar cómo podría verse una ciudad. Hay que escuchar cómo quiere vivirla quienes la habitan. ¿Tan difícil es para la municipalidad explicar los proyectos y presentar un plan?

Este tipo de procesos son los que brindan la oportunidad a la municipalidad de dialogar con la ciudadanía. Aún se está a tiempo. La municipalidad todavía tiene la oportunidad de presentar el plan de movilidad, explicar su metodología, compartir los objetivos de esta intervención piloto y establecer mecanismos claros para recoger opiniones, evaluar resultados y corregir aquello que sea necesario. Eso fortalecería el proyecto y daría sentido a la intervención.  Porque la participación ciudadana no debilita las decisiones públicas; las hace más legítimas.

Suchitoto urge de calles mejor ordenadas. La tarea no es fácil. Pero también necesita una ciudadanía incluida en la conversación sobre la ciudad que quiere ser. Porque una ciudad no se transforma desde una imagen o con luces. Se transforma desde el diálogo entre quienes la sueñan y quienes la viven todos los días. Y esa, precisamente, es la mayor enseñanza que el urbanismo táctico no debería hacernos olvidar.

Fotografías cortesía Municipio Cuscatlán Norte. 

Intentamos conversar nuevamente con el equipo del Laboratorio de Espacio Público de México para conocer más detalles sobre el proyecto. La respuesta fue que, por el momento, no brindarían declaraciones.

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