Hay aniversarios que se celebran con música, discursos y fuegos artificiales. Y hay aniversarios que invitan a detenerse un momento para preguntarnos quiénes somos y hacia dónde queremos caminar.
El próximo 15 de julio, Suchitoto cumplirá 168 años de haber recibido el título de ciudad. Son casi dos siglos de historia que no pueden resumirse únicamente en una fecha, una fotografía antigua o un acto protocolario. Son 168 años de alegrías y pérdidas, de prosperidad y crisis, de encuentros y despedidas. Una historia que, como la de cualquier pueblo, ha estado llena de luces y sombras.
Quizá por eso, en tiempos donde la incertidumbre parece instalarse en la vida cotidiana y el desánimo amenaza con convertirse en costumbre, vale la pena volver la mirada hacia nuestra propia historia. Porque pocas ciudades en El Salvador han demostrado, tantas veces como Suchitoto, que incluso después de las noches más oscuras siempre es posible volver a encender una luz.
Nuestra historia no comenzó con el turismo ni con las postales icónicas que hoy recorren las redes sociales. Mucho antes de convertirse en uno de los destinos culturales más importantes del país, Suchitoto fue tierra de agricultores, comerciantes y artesanos. Vivió el auge del añil, conoció épocas de bonanza económica y fue un importante centro comercial del departamento de Cuscatlán. Pero también aprendió que ninguna prosperidad es eterna.
La construcción del embalse Cerrón Grande, en la década de 1970, cambió para siempre el paisaje y la vida de cientos de familias. Comunidades enteras desaparecieron bajo el agua, tierras fértiles fueron inundadas y muchas personas tuvieron que comenzar de nuevo lejos de sus hogares. Aquella fue una de las primeras grandes lecciones de resiliencia para este territorio.
Poco tiempo después llegó la guerra. Durante la década de los años ochenta, Suchitoto fue una de tantas ciudades golpeadas por el conflicto armado. Las calles quedaron vacías. Muchos negocios cerraron. Miles de familias huyeron buscando refugio. De un pueblo lleno de vida pasó a ser conocido como un «pueblo fantasma». Quienes permanecieron aquí convivieron con el miedo, el aislamiento y la incertidumbre cotidiana.
Sin embargo, la historia no terminó allí. Con la firma de los Acuerdos de Paz comenzó uno de los procesos más extraordinarios de reconstrucción comunitaria que ha vivido el país. Las repoblaciones de las comunidades. Volvieron muchas familias. Regresaron quienes habían buscado refugio fuera de Suchitoto.
La cooperación internacional encontró en esta ciudad una comunidad organizada y con enormes deseos de salir adelante. Se impulsaron proyectos de agua potable, educación, vivienda, salud, fortalecimiento comunitario, patrimonio cultural, desarrollo económico y participación ciudadana. Poco a poco, donde antes había miedo comenzaron a escucharse nuevamente las voces de los niños, las campanas de la iglesia y las conversaciones en los parques.
Pero quizá -viendo en perspectiva- la mayor reconstrucción no fue la de las calles. Fue la reconstrucción de la confianza y la esperanza. Porque Suchitoto no volvió a levantarse gracias a una sola institución ni por la voluntad de una sola persona. Se levantó porque cientos de líderes comunitarios, maestros, agricultores, artistas, iglesias, cooperativas, asociaciones comunales y organizaciones sociales decidieron creer que era posible construir un futuro diferente. Abrazaron y enarbolaron la esperanza.
Sin embargo, en esa historia hay un capítulo que merece un reconocimiento especial. El protagonismo de las mujeres. Durante décadas, organizaciones de mujeres impulsaron procesos de alfabetización, emprendimientos, defensa de derechos, participación política y acompañamiento comunitario. Mientras muchas veces la historia oficial se escribía desde los grandes acontecimientos, ellas sostenían la vida cotidiana, organizaban comunidades, cuidaban familias, defendían el territorio y demostraban que la sororidad también puede transformar un territorio. Esa fuerza silenciosa fundamental sigue siendo uno de los mayores patrimonios sociales de Suchitoto.
Pero también la cultura decidió resistir. Cuando muchos veían únicamente ruinas, hubo quienes imaginaron escenarios. Cuando otros observaban abandono, aparecieron artistas. Cuando parecía más fácil olvidar, surgieron personas convencidas de que la memoria también podía convertirse en desarrollo.
En ese renacimiento cultural fue decisivo el legado del finado Alejandro Cotto, quien comprendió que rescatar el patrimonio histórico era también rescatar la dignidad de un pueblo. Gracias a esa visión, Suchitoto comenzó a proyectarse como un referente nacional de cultura, arte y turismo. Más tarde llegarían festivales, galerías, emprendimientos familiares, hoteles, restaurantes y una economía que encontró en la identidad cultural una oportunidad para reconstruirse. La comunidad unida reconstruyendo su futuro.
Pero nada de eso habría sido posible sin otra comunidad que nunca dejó de acompañar a Suchitoto. Su diáspora. Miles de suchitotenses que emigraron durante distintos momentos de la historia continuaron sosteniendo a sus familias desde la distancia. Con sus remesas ayudaron a construir viviendas, financiar estudios, abrir pequeños negocios y superar momentos difíciles. Pero también mantuvieron vivo un vínculo emocional con este pueblo. Cada regreso durante las fiestas patronales, cada llamada telefónica, cada hijo nacido en otro país que aprende dónde están sus raíces demuestra que Suchitoto también se construye desde quienes la aman aunque vivan lejos.
Hoy los desafíos son diferentes. Ya no vivimos la guerra. Pero enfrentamos otras incertidumbres. La protección del lago Suchitlán, la conservación del patrimonio histórico. Las oportunidades para la juventud, el acceso al empleo, la migración, el cuidado del agua. El crecimiento del turismo sin perder nuestra identidad. La necesidad de fortalecer la participación ciudadana. Y, quizá el mayor desafío de todos, no permitir que el desencanto nos haga creer que el futuro está escrito.
Vivimos en una época de espejismos. Las redes sociales nos muestran postales de vidas perfectas mientras muchas personas enfrentan dificultades cotidianas. Se anuncian grandes proyectos, pero las comunidades siguen esperando respuestas a necesidades concretas. Las certezas parecen durar muy poco y las incertidumbres ocupan cada vez más espacio.
Frente a ese panorama, la esperanza puede parecer ingenua. Pero la historia de Suchitoto demuestra exactamente lo contrario. La esperanza nunca ha sido pasividad: ha sido organización, solidaridad. Ha sido cooperación y sororidad. Ha sido la decisión de seguir luchando cuando todavía no existían garantías de éxito. Eso fue lo que hicieron quienes regresaron después de la guerra. Eso hicieron quienes abrieron nuevamente una escuela. Quienes sembraron árboles. Quienes restauraron una casa antigua. Quienes organizaron un festival. Quienes fundaron una biblioteca. Quienes crearon una cooperativa y defendieron una comunidad. Quienes enseñaron a leer. Quienes escribieron la historia cotidiana de este pueblo.
Hoy nos corresponde a nosotras y nostros escribir el siguiente capítulo. Porque el futuro de Suchitoto no dependerá únicamente de las inversiones públicas, de los gobiernos o de las decisiones que se tomen desde lejos. Dependerá también de nuestra capacidad para seguir creyendo en el valor de la comunidad. De cuidar aquello que nos hace únicos. De escucharnos aun cuando pensemos diferente. De tender la mano antes que señalar con el dedo. De comprender que ninguna ciudad puede sostenerse únicamente con edificios restaurados o con una plaza llena de luces y visitantes.
Las ciudades sobreviven gracias a su gente a la calidad de sus relaciones humanas. Quizá ese sea el verdadero patrimonio de Suchitoto. No solamente su arquitectura y paisajes. El mayor patrimonio de esta ciudad ha sido siempre su gente. Una comunidad que ha conocido el dolor, pero nunca permitió que el dolor definiera su destino.
En este 168 aniversario, más que celebrar una fecha, les invitamos a celebrar esa extraordinaria capacidad de volver a empezar. Porque mientras exista una comunidad dispuesta a cuidar su memoria, proteger su patrimonio, defender su cultura, trabajar unida y creer en el bien común, Suchitoto seguirá siendo mucho más que una ciudad hermosa. Seguirá siendo un ejemplo de que la esperanza también puede convertirse en una forma de construir el futuro.





