El niño pescador de estrellas (cuento)

 

Jonás estaba cansado de escuchar las mismas historias.

Los pescadores del pueblo hablaban de un niño que aparecía algunas noches en medio del lago. Decían que tenía una pequeña canoa y que, en lugar de peces, pescaba estrellas.

Jonás no entendía por qué aquellas historias le dolían tanto.

Cada vez que las escuchaba, sentía una pequeña tristeza que le apretaba en el fondo del pecho, como si alguien, desde muy lejos, estuviera llamándolo por su nombre.

—Son habladurías —decía—. Visiones que tienen los pescadores cuando han pasado demasiado tiempo bajo el sol o cuando han bebido un trago de más. Cuentos de camino real.

Pero Jonás sabía que algo había en aquella historia.

Por alguna razón que ya casi había olvidado, le tenía miedo al lago. Con su vejez, no recordaba haberse embarcado nunca y ni siquiera comía pescado.

Sin embargo, aquellas historias habían despertado algo dentro de él.

Una curiosidad.

Un recuerdo.

Un fuego pequeñito que, por las noches, le calentaba y le quemaba el corazón al mismo tiempo.

Una tarde, cuando el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, Jonás decidió vencer sus miedos.

Empujó una vieja canoa hasta la orilla, tomó un candil, agarró el remo y se embarcó.

Remó lago adentro, al encuentro con la noche.

Le habían contado que el niño aparecía cuando las aguas se volvían profundas.

Aquella noche no había otros pescadores.

Solo estaba Jonás.

Y la luna.

Una luna tierna que parecía seguirlo desde arriba.

A pesar de su miedo, Jonás estaba decidido a descubrir qué había de cierto en aquella historia.

Llegó hasta el lugar donde, según decían, aparecía el niño.

Miró a un lado.

Miró al otro.

Miró hacia adelante.

Miró hacia atrás.

Pero no encontró nada.

Solo había agua.

Agua azul.

Agua tranquila.

Agua tan silenciosa que parecía estar guardando un secreto.

Jonás esperó.

Esperó un poco más.

Y siguió esperando.

Hasta que, sin darse cuenta, se quedó dormido.

 

Entonces escuchó un pequeño parloteo de agua.

—Chap, chap, chap…

Jonás abrió los ojos de golpe.

De un sobresalto rebrinco en la canoa hasta caer en las aguas frías del lago.

—¡Ay!

Se incorporó como pudo y escuchó.

Allá lejos había una voz.

Una voz suave.

Una voz de niño.

Jonás miró a la izquierda.

Luego a la derecha.

Arriba.

Abajo.

Hasta que…

lo vio.

En medio del lago había una pequeña canoa.

Y dentro de ella, un pequeño niño pescaba tranquilamente.

Jonás se acercó.

Por un instante olvidó su miedo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

El niño levantó la mirada.

—¿Qué hace usted aquí?

Jonás se quedó un poco sorprendido.

—¿De dónde sos?

—¿De dónde es usted?

—¿Estás solo?

—¡No!

El niño sonrió.

—¡Usted está aquí!

Jonás no supo qué responder.

—Pero… ¿con quién andás pescando a estas horas?

El niño se encogió de hombros.

—¿Cómo llegaste hasta aquí?

 

Jonás tenía tantas preguntas que algunas se le quedaban atoradas en la garganta.

Mientras tanto, el pequeño puso un cangrejo en su anzuelo.

Luego levantó su caña.

La miró un instante.

Y, en lugar de lanzarla al agua…

la lanzó hacia el cielo.

Jonás abrió los ojos.

—¿Qué haces?

El niño siguió mirando hacia arriba.

—¿Qué pescas?

—¡Estrellas! —respondió.

—¿Estrellas?

—Sí. ¡Pesco estrellas!

Jonás pensó que había escuchado mal.

—Pero… ¿quién pesca estrellas?

El niño lo miró con toda tranquilidad.

—Yo.

—¿Y para qué quieres estrellas?

—Los hombres pescan peces —dijo Jonás—. No estrellas.

—¡Exacto! —respondió el niño.

Y sonrió.

—Los hombres pescan peces, pero los niños pescamos estrellas.

Jonás frunció el ceño.

—¿Y a quién se le ocurre pescar estrellas?

—A los niños.

—¿A todos los niños?

—A los que todavía saben soñar.

Jonás guardó silencio.

El niño volvió a mirar al cielo.

—Y no se preocupe —dijo—. Eso es algo que usted jamás entenderá.

—Pero tú… ¿de dónde vienes?

El niño señaló hacia arriba.

—De allá.

Jonás miró el cielo.

—¿De allá?

—Sí.

—¿Y dónde es allá?

El niño volvió a señalar las estrellas.

—Si usted no cree que los niños pescamos estrellas, tampoco podrá creer de dónde vengo. Así que mejor le digo que vengo de allá.

Jonás levantó la cabeza.

Las estrellas parecían más cerca aquella noche.

—Esto debe ser un sueño —dijo en voz alta.

—¡Sueño! —repitió el niño.

Y sonrió.

—Al fin dice usted algo con sentido.

—Esto no puede ser verdad —murmuró Jonás—. Esto no puede ser real.

El niño no respondió.

Solo sonrió.

Luego sacó una pequeña estrella de su anzuelo.

Era diminuta.

Brillaba como una luciérnaga.

Jonás la miró maravillado.

Pero el niño hizo algo que lo sorprendió todavía más.

La soltó.

Y la estrella cayó suavemente sobre el agua.

—¿Qué haces? —preguntó Jonás—. ¿Qué estás haciendo?

—La regreso al lago.

—¿Pescas tus estrellas y después las arrojas al agua?

—Así es.

—¿Por qué?

Jonás negó con la cabeza.

—Los hombres pescamos para alimentarnos. No para lanzar los peces nuevamente al agua.

El niño lo miró muy serio.

—Ahí está el problema de los hombres.

—¿Cuál problema?

—Que siempre quieren quedarse con lo que pescan.

Jonás no entendió.

—No entiendo.

El niño dejó la caña sobre sus piernas.

—Yo no pesco para mí.

—¿Entonces?

—Pesco para llevar luz a mi vida y a la vida de los míos.

Jonás guardó silencio.

—Las estrellas curan —continuó el niño—. Y también alimentan el alma.

Miró hacia el cielo.

—Iluminan el mundo.

Después miró el lago.

—Y el mundo necesita luz para encontrarse.

Jonás sintió algo extraño dentro del pecho.

Algo parecido a un recuerdo.

—Tú deberías estar en casa dormido —le dijo.

—Yo no duermo.

—¿No?

—Yo me sueño.

Jonás abrió los ojos.

—¿Te sueñas?

—Sí.

—¿Y cómo es eso?

El niño pareció sorprendido por la pregunta.

—Ustedes, los hombres, cuando tienen sueño, se van a dormir.

—Así es.

—Pero los niños, cuando tenemos sueños, nos vamos a sueñar.

Jonás sonrió.

—¿Y cuál es la diferencia?

El niño levantó los hombros.

—Que ustedes se duermen…

Hizo una pausa.

—y entonces dejan de soñar.

Jonás se quedó pensando.

Tal vez el niño tenía razón.

Tal vez había pasado demasiados años dormido.

 

De pronto, el pequeño revisó su canoa.

—¡Ahhh!

—¿Qué pasa?

—Se me acabaron los cangrejos.

El niño miró a Jonás.

—¿Tiene usted cangrejos que me pueda dar?

Jonás negó con la cabeza.

—No. Yo no soy pescador.

El niño lo miró con curiosidad.

—Si usted no es pescador, ¿qué hace aquí?

Jonás respiró profundamente.

—Vine por ti.

El niño abrió mucho los ojos.

—¿Por mí?

—Sí.

—No entiendo.

Miró la canoa de Jonás.

—¿Qué hace un hombre que no es pescador en medio del lago, subido en una canoa de pescador?

Jonás bajó la mirada.

—Vine por ti.

—¿Por qué?

—Varios pescadores me hablaron de ti.

El niño sonrió.

—Ah… los pescadores.

Luego soltó una pequeña risa.

—Los veo a menudo.

—¿Y qué hacen aquí?

—Algunos vienen a pescar.

Hizo una pausa.

—Pero otros vienen más a ahogar sus penas que a pescar peces.

Jonás sintió que aquellas palabras le dolían.

—¿Por qué dices que los hombres son tontos?

El niño movió la cabeza.

—Porque no saben pescar.

Jonás sonrió tristemente.

—Tal vez tengas razón.

Miró el agua.

Luego al niño.

—Pero yo no vine a buscar peces.

—Entonces, ¿qué busca?

Jonás respiró hondo.

—Te contaré.

Se quedó un momento en silencio.

 

—Yo fui pescador.

El niño escuchaba atentamente.

—En las noches de luna me gustaba venir al lago. Lanzaba mis redes y pescaba bajo el cielo lleno de estrellas.

Jonás miró hacia arriba.

—Hasta que un día quise mostrarle aquella belleza a mi hijo.

El niño dejó de jugar con la caña.

—Se llamaba Udiel.

Jonás sonrió por primera vez.

—Udielito.

Tenía apenas siete años.

—Fue un atrevimiento llevarlo aquella noche. Quizá también fue culpa mía.

Miró sus manos.

—Pero estaba tan feliz.

La luna estaba enorme aquella noche.

—Udielito no dejaba de señalarla.

—¡Mirá, papá! —decía—. ¡Quiero tocar la Luna!

Jonás sonrió al recordar aquella voz.

—También decía que quería ser pescador.

Hizo una pausa.

—Pero no quería pescar peces.

Quería pescar estrellas.

Y la Luna.

—No, Udielito —le decía yo—. Nosotros venimos a pescar peces bajo la Luna. La Luna no se puede alcanzar. Por eso no podemos pescarla.

Jonás miró hacia el cielo.

—Pero él no me creía.

Aquella noche la Luna estaba tan grande y tan hermosa que parecía una enorme boca blanca.

Una boca que podía tragarse la barca.

Y nuestros sueños.

Jonás cerró los ojos.

—Lancé los trasmallos.

—Mientras recogía las redes, por un instante dejé de mirar a mi hijo.

Solo fue un instante.

Cuando volví la mirada…

Udiel ya no estaba.

Jonás tragó saliva.

—¡Udiel!

Grité su nombre.

—¡Udiel!

Miré dentro de la canoa.

Nada.

Miré el agua.

Nada.

Me lancé al lago.

Lo busqué afuera y adentro del agua.

Una vez.

Y otra.

Y otra.

Pero Udiel no apareció.

Jonás sintió que la voz se le quebraba.

—Un dolor más grande que la Luna me apretó el pecho.

Lo busqué.

Lo llamé.

Lloré.

Grité su nombre.

Pero nadie respondió.

Nunca volví a verlo.

Durante muchas lunas regresé al lago para buscarlo.

Pero nunca apareció.

Nunca.

Jonás bajó la cabeza.

—Desde entonces le tuve miedo al lago.

Dejé de ser pescador.

Quemé mi barca.

Mis redes.

Mis sueños.

Mis esperanzas.

Y juré que nunca volvería a pescar.

Jonás levantó los ojos y miró al pequeño.

—¿Ahora entiendes qué hago aquí?

El niño permaneció en silencio.

Jonás sonrió con tristeza.

—No vine a pescar.

—Ya no soy pescador.

—Vine por ti.

Su voz tembló.

—Vine porque pensé que quizá…

Se detuvo.

—Quizá tú podrías ser mi hijo.

—¿Lo entiendes, pequeño?

Pero al buscarlo… el niño ya no estaba.

Jonás miró a su alrededor.

—¿Dónde estás?

Esperó.

—¿Pequeño?

Nada.

Solo el agua.

Agua y agua.

La luna.

Y el cielo.

Jonás comprendió entonces que estaba completamente solo.

Pero aquella noche el lago no parecía vacío.

Sobre el agua había miles de pequeñas luces.

Miles de estrellas y luceros.

Y entre sus reflejos, como si el lago estuviera cantando muy bajito, Jonás escuchó un nombre.

Udiel.

Udiel.

Udielito.

Y por primera vez en muchos años, Jonás no sintió miedo.

Miró hacia el cielo.

Luego hacia el lago.

Y sonrió.

Quizá los niños sí podían pescar estrellas.

Quizá algunas estrellas no caían del cielo.

Quizá algunas…

nunca dejarán de vivir en nuestros sueños.

(Cuento e ilustración tomados del libro: «Las historias perdidas del lago Xuchitlán» /md).

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