Cuando contemplamos el lago Suchitlán desde las riberas de Suchitoto, cuesta imaginar que bajo sus aguas existe otra geografía. Antes de la construcción del embalse en la zona había comunidades, caminos, haciendas, tierras de cultivo y, mucho, mucho antes de eso, ciudades y asentamientos construidos por sociedades que habitaron la cuenca del río Lempa durante miles de años.
La construcción de la represa Central Hidroeléctrica del Cerrón Grande, durante la década de 1970, transformó definitivamente todo el paisaje del territorio. Miles de personas fueron desplazadas y una extensa superficie quedó bajo el agua. Pero junto con las comunidades también desapareció —o quedó seriamente afectada— una parte del patrimonio arqueológico de la región.
Según datos y estudios publicados, entre 1974 y 1977, mientras avanzaba la construcción del embalse, se desarrolló el Programa de Rescate Arqueológico Cerrón Grande, dirigido por el arqueólogo Stanley H. Boggs. El proyecto identificó 22 sitios arqueológicos que hasta entonces eran desconocidos, y de estos nueve de ellos pudieron ser investigados mediante excavaciones antes de que las aguas los cubrieran.
El desarrollo del programa fue una carrera contra el tiempo. Los arqueólogos sabían que la construcción de la presa modificaría para siempre el territorio. En ese contexto los recursos y el tiempo disponibles eran limitados y no fue posible realizar un reconocimiento arqueológico más exacto e intensivo de toda la zona. Sin embargo, décadas después, el arqueólogo Paul Amaroli advertiría que aquellos 22 sitios podían representar apenas una pequeña parte del patrimonio que existía en el área: el estimó que el número total de sitios arqueológicos podía superar el centenar.

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Santa María: una ciudad bajo el lago
Entre los sitios afectados, uno de los más sobresalientes y extraordinarios fue Santa María, inicialmente registrado en 1974 por Boggs con el nombre de Las Lajas.
Al año siguiente, el arqueólogo William Fowler identificó dos grupos adicionales de estructuras en los alrededores. Las investigaciones posteriores demostraron que los tres conjuntos pertenecían a un mismo asentamiento, que fue denominado Santa María por encontrarse dentro de la antigua hacienda del mismo nombre.
De acuerdo a esos estudios, el asentamiento pertenecía al Posclásico Temprano, aproximadamente entre los años 900 y 1200 d.C., y formaba parte de la llamada fase Guazapa, el mismo horizonte cultural al que pertenece Cihuatán.
En 1976, antes de la inundación, Fowler y Margarita Solís levantaron 15 estructuras y realizaron 43 unidades de sondeo. En el llamado “Grupo C” se encontraba una plataforma artificial de aproximadamente 100 por 150 metros sobre la cual se levantaban la pirámide principal y un juego de pelota en forma de “I”. La pirámide, identificada como Estructura C-1, alcanzaba unos 15 metros de altura. Poco después, todo aquello que se empezaba a descubrir y estudiar quedaría bajo el agua.

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La ciudad no desapareció de inmediato
La historia de Santa María tiene, sin embargo, una segunda parte. En 2002 y 2003, casi tres décadas después de la inundación, Paul Amaroli y otros investigadores regresaron al lugar en lancha. Dependiendo del nivel del embalse, pudieron observar nuevamente algunas de las estructuras. Cuando el agua descendía, emergían partes de la antigua ciudad.
En esos años en ocasiones podían verse la pirámide principal y el juego de pelota, como restos de una ciudad que aparecía y desaparecía con el nivel del lago. Pero el agua no había conservado intacto el sitio. La inundación, el oleaje, la erosión, las corrientes internas y la sedimentación fueron deteriorando progresivamente las estructuras. Lo que alguna vez fueron edificios monumentales comenzó a convertirse en restos erosionados y dispersos.
La experiencia de Santa María desmontó una idea o teoría que inicialmente parecía razonable: que un sitio arqueológico cubierto por agua podría quedar protegido del saqueo y conservarse para futuras generaciones. Pero la realidad en estas circunstancias y condiciones fue diferente.

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Los Flores:
Otro de los sitios investigados fue Los Flores, perteneciente al período Preclásico. El sitio tenía tres estructuras circulares que desde la superficie parecían pequeñas pirámides escalonadas. Las excavaciones revelaron que se trataba de plataformas sólidas de barro, posiblemente utilizadas como bases para pequeñas construcciones de carácter ceremonial. Los investigadores interpretaron el asentamiento como posiblemente relacionado con una aldea situada en las cercanías del río Lempa.
Hoy Los Flores se encuentra aproximadamente a 243 metros de profundidad dentro del embalse. La sedimentación y la erosión provocada por las corrientes internas hacen que una nueva investigación arqueológica convencional sea prácticamente imposible. La ciudad quedó allí abajo, sin visitantes ni excavaciones. Sin posibilidad real de volver a observar directamente sus estructuras.

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Río Grande:
El sitio Río Grande, también prehispánico, fue uno de los que recibió mayor atención durante las investigaciones de 1975. Los arqueólogos encontraron un depósito cultural de aproximadamente dos metros de espesor, una zona residencial con basamentos, áreas de cultivo y tumbas. En una de las ofrendas funerarias aparecieron vasijas de estilo Usulután y 15 cuentas de jadeíta, además de otros objetos de piedra.
El descubrimiento ofrecía algo más que objetos antiguos: permitía acercarse a la vida cotidiana de una comunidad, a sus prácticas agrícolas y a sus rituales funerarios. Pero, como Los Flores, Río Grande terminó aproximadamente 240 metros bajo las aguas del embalse. Con ellos desapareció también la posibilidad de continuar investigando directamente una parte de la historia del valle del Lempa.

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El Tamarindo:
El caso de El Tamarindo muestra otra dimensión del problema. El sitio, perteneciente al período Clásico, tenía aproximadamente una docena de pequeños montículos. Cuando los investigadores regresaron años después, los montículos ya no estaban.
Los arqueólogos consideraron que su desaparición podía estar relacionada con los efectos de la inundación, pero también con posteriores transformaciones del terreno y movimientos de tierra asociados al asentamiento humano. La historia de El Tamarindo recuerda que la desaparición del patrimonio no siempre ocurre el día en que sube el agua. A veces continúa durante décadas.

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La Ciénaga:
Otro de los sitios importantes fue La Ciénaga, donde Howard Earnest realizó investigaciones en 1975. Las excavaciones permitieron identificar numerosos montículos y recuperar objetos y entierros. Un informe posterior sobre el trabajo arqueológico en la zona señala que en La Ciénaga se identificaron cerca de un centenar de montículos, y que una excavación de 153 metros cuadrados permitió recuperar numerosos materiales, además de tres entierros.
Sin embargo, La Ciénaga sufrió también las consecuencias de las transformaciones posteriores del territorio. La creación del embalse significó el abandono y desplazamiento de poblaciones, pero también la construcción de nuevas viviendas, caminos y carreteras. Algunas de esas transformaciones terminaron afectando sitios arqueológicos.
Los investigadores han advertido precisamente sobre este fenómeno: el impacto de Cerrón Grande no puede medirse únicamente por la superficie que quedó bajo el agua. El nuevo paisaje creado alrededor del embalse produjo también otras formas de destrucción patrimonial.
Cuadro general de algunos sitios arqueológicos bajo las aguas del embalse.
| Sitio | Período | Ubicación | Excavado 1974–77 | Inundado | Profundidad | Estado posterior | Evidencia |
| Santa María | Posclásico | Cuenca Lempa | Sí | Sí | Variable | Grave deterioro | Alta |
| Los Flores | Preclásico | Cuenca Lempa | Sí | Sí | ~243 m | Prácticamente inaccesible | Alta |
| Río Grande | Preclásico | Cuenca Lempa | Sí | Sí | ~240 m | Prácticamente inaccesible | Alta |
| El Tamarindo | Clásico | Cuenca Lempa | Parcial | Afectado | — | Montículos desaparecidos | Alta |
| La Ciénaga | Clásico | Cuenca Lempa | Sí | Afectado | — | Fragmentación/alteración |
Un territorio con miles de años de historia
Un dato interesante es que los sitios registrados durante el programa de investigación no pertenecían todos a una misma época. Y ese es otro de los grandes valores de la zona. Según los documentos, los investigadores identificaron asentamientos correspondientes a distintos períodos:
Preclásico, con sitios como Los Flores, El Campanario, Río Grande y El Cocal.
Clásico, con lugares como El Tamarindo y La Boquita.
Posclásico, entre ellos Santa María y otros asentamientos vinculados con la tradición cultural de Cihuatán.

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Esto significa que el territorio inundado no representaba solamente una ciudad o una cultura determinada. Era un paisaje ocupado y transformado durante miles de años.
De acuerdo a las investigaciones esta era una red de ciudades que apenas se empezaba a conocer. Por ejemplo, los estudios han demostrado que Santa María no era un fenómeno aislado. Su pertenencia a la fase Guazapa se relaciona con Cihuatán y con otros grandes asentamientos del centro de El Salvador.
Los investigadores que estudiaron los sitios afectados por Cerrón Grande señalan que la inundación limita precisamente la posibilidad de reconstruir los patrones regionales de asentamiento y las antiguas rutas de intercambio.
¿Cuántos sitios quedaron bajo el agua? El programa de rescate registró 22 sitios arqueológicos prehispánicos en la zona y realizó excavaciones en nueve. Pero Paul Amaroli consideró que aquella cifra probablemente estaba muy lejos del total real.
Su estimación fue que el área podía contener más de un centenar de sitios arqueológicos, además de un número desconocido de sitios históricos, como antiguas haciendas, que tampoco habían sido registrados sistemáticamente.
Eso quiere decir que, cuando hablamos de “los sitios arqueológicos perdidos por Cerrón Grande”, probablemente estamos hablando solamente de los sitios que alcanzamos a conocer antes de que desaparecieran. Los demás no tuvieron siquiera esa oportunidad.

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El rescate arqueológico: una carrera contra el agua
Es importante reconocer que al parecer este Programa de Rescate Arqueológico Cerrón Grande fue, para su época, un proyecto extraordinario.
Las investigaciones realizadas entre 1974 y 1977 permitieron descubrir más de veinte sitios que no estaban registrados y recuperar información que de otra manera se habría perdido completamente. Pero también dejó en evidencia los límites de la arqueología haciendo trabajos contra el tiempo y sin recursos adecuados. No era posible estudiar exhaustivamente un territorio enorme cuando el calendario de construcción de la represa avanzaba. Los arqueólogos tuvieron que decidir dónde excavar, qué estructuras investigar y qué materiales recuperar.
En otras palabras, la arqueología tuvo que correr detrás de una obra de infraestructura que estaba transformando para siempre el territorio.

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Suchitoto y el patrimonio que quedó bajo Suchitlán
Para quienes vivimos o trabajamos en Suchitoto, esta historia tiene una relevancia particular. El embalse que hoy conocemos como lago Suchitlán está profundamente relacionado con la historia territorial de Suchitoto y de la cuenca del Lempa.
Desde este periódico, en diferentes artículos publicados, hemos tratado de documentar cómo la construcción de Cerrón Grande provocó el desplazamiento de miles de habitantes y transformó comunidades enteras. Ahora sabemos que aquella transformación también tuvo otra dimensión menos visible: bajo el paisaje que hoy conocemos como lago existe una historia arqueológica que apenas alcanzamos a documentar.
Desde Suchitoto, el lago puede contemplarse como paisaje, recurso económico, ecosistema y destino turístico. Pero en sus profundidades también puede contemplarse como un territorio arqueológico sumergido.

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El lago como memoria
La construcción del embalse del Cerrón Grande suele ser recordada por el impacto de la energía hidroeléctrica eléctrica que produjo, pero muy poco se habla del desplazamiento de comunidades, de las tierras inundadas y la transformación profunda del paisaje. Y mucho menos del patrimonio arqueológico que desapareció.
En ese sentido es importante rescatar la memoria del patrimonio arqueológico que desapareció con la represa. Santa María, Los Flores, Río Grande, El Tamarindo, La Ciénaga y otros sitios representan diferentes momentos de una historia mucho más antigua que la presa, mucho más antigua que las comunidades actuales y mucho más antigua que las fronteras municipales.
Han pasado 50 años desde que la represa convirtió este territorio en un lago. En ese contexto es importante tener presente que las aguas anegaron estos sitios, pero que estén bajo el agua, no significa que debemos olvidar su historia. Porque ¿Cuánto de aquella historia seguimos teniendo la oportunidad de recuperar?
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Imágenes y fotografías tomadas de fuentes consultadas e Internet con fines ilustrativos.
Fuentes consultadas
- Emma Martínez y Francisco Arévalo, Reconociendo la cuenca del Paraíso: realidad de los sitios arqueológicos inundados en la presa hidroeléctrica Cerrón Grande, Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2007.
- Paul Amaroli, El sitio arqueológico Santa María: observaciones a 27 años de su inundación por el embalse Cerrón Grande, FUNDAR, 2003.
- William Fowler y Margarita Solís, investigaciones arqueológicas realizadas en Santa María durante el Programa de Rescate Arqueológico Cerrón Grande. Referenciadas en Amaroli y en la documentación arqueológica posterior.
- Howard H. Earnest Jr., investigaciones en La Ciénaga y otros sitios de la zona de inundación, publicadas en Mesoamérica.
- Marlon Escamilla y William R. Fowler, Práctica y conducta de la arqueología salvadoreña durante los últimos 25 años: el inicio de una arqueología nacional.
- Gaceta Suchitoto, Testimonios y memorias perdidas del Cerrón Grande.
- Gaceta Suchitoto, Embalse Cerrón Grande: ¿un proyecto sin historia?.





