En el cantón Consolación, en el sitio conocido como La Lagartera, Suchitoto, el ingeniero e investigador Mario Ernesto Rodríguez Sosa encontró en 2007 una pieza que, más allá de su materialidad, encierra una historia profunda sobre la relación entre los pueblos mesoamericanos y el maíz: una desgranadora de piedra.
Lo que podría parecer un objeto simple, revela en realidad una compleja tecnología ancestral, una forma de conocimiento que sobrevivió al tiempo, al olvido y, en muchos casos, al agua.

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Una piedra con forma de historia
La pieza, descrita minuciosamente por Rodríguez Sosa, tiene forma de dona, con un orificio central y una estructura cónica interna diseñada para facilitar el desprendimiento del grano. No es una piedra cualquiera: es una herramienta.
“Piedra en forma de dona, con orificio central… en la cara superior e inferior tiene ensanchamiento que forman dos conos…”, detalla en su investigación.
Su diseño no es casual. Responde a una lógica funcional: permitir que la mazorca, al girar dentro del orificio, libere los granos mediante fricción, mientras estos caen sin obstruir el proceso.
Incluso su posible montaje —sobre un trípode de piedra o madera— sugiere un sistema pensado para optimizar el trabajo agrícola. Estamos, entonces, -expone el investigador- frente a una tecnología. Una tecnología indígena y olvidada.

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El maíz como centro de la vida
Para comprender la importancia de esta piedra, hay que entender el lugar del maíz en la historia mesoamericana. No es solo alimento. Es cultura, economía, espiritualidad.
La investigación no se queda en la descripción del objeto. Da un paso más: reconstruye su uso. Para ello, Rodríguez Sosa sembró maíz —una variedad tradicional conocida como “liberal”— con características similares a las que pudieron existir en épocas pasadas.
“El maíz tenía un largo de 12.0 a 15.0 centímetros… el diámetro de la mazorca de 4.0 a 5.0 centímetros…”, documenta. Este detalle no es menor. El investigador entiende que no se puede interpretar el pasado con herramientas del presente. El maíz moderno, mejorado genéticamente, no encaja en la lógica de estas herramientas antiguas. Así, el experimento no solo valida el uso de la piedra: también restituye una relación entre tecnología y naturaleza que ha sido alterada con el tiempo.

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La práctica como método de memoria
Uno de los aportes más valiosos de esta investigación es su enfoque práctico. No se limita a teorizar: reproduce el proceso. Describe cómo la mazorca se sostiene, cómo se gira dentro del orificio, cómo los granos se desprenden poco a poco. “Se giró la punta de la mazorca en una de las paredes cónicas del agujero y comenzó a desprenderse los granos…”, explica. Este tipo de aproximación y ejercicio convierte la investigación en un acto de recuperación cultural. No solo se documenta la historia: se revive.

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Un territorio sumergido, una memoria en riesgo
Hay un elemento que atraviesa silenciosamente esta investigación y que la vuelve aún más significativa: el territorio donde se encontraron estas piedras.
Rodríguez Sosa señala que este tipo de material era abundante en la zona, y que incluso existían minas cercanas. Hoy, muchos de esos lugares están bajo el agua, sumergidos tras la creación del embalse del Cerrón Grande o lago Suchitlán.
La imagen es poderosa e inquietante: la memoria bajo el agua. El progreso —en forma de represa— transformó el paisaje, pero también cubrió vestigios de historia que aún no han sido completamente estudiados. ¿Cuántas herramientas como esta permanecen ocultas? ¿Cuántas historias quedaron sin contarse?

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La arqueología de lo cotidiano
A diferencia de los grandes monumentos o las piezas ceremoniales, esta desgranadora pertenece a otro tipo de historia: la historia de la cotidianidad, de la cocina, del trabajo agrícola y de la subsistencia de nuestros antepasados.
Porque, como ha señalado el propio investigador en otros espacios, la historia tradicional suele centrarse en los grandes acontecimientos, dejando de lado estos objetos que hablan de la vida real de la gente. Esta piedra no es épica, no narra guerras ni gobiernos. Narra la vida.

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Suchitoto: entre la memoria y el olvido
Este hallazgo no puede leerse de forma aislada. Forma parte de un esfuerzo mayor por rescatar la memoria histórica de Suchitoto. Una ciudad que ha sido reconocida por su riqueza cultural, pero que, como muchas otras, enfrenta el riesgo del olvido.
La investigación de Rodríguez Sosa es un ejemplo de cómo la memoria puede construirse desde la iniciativa individual, desde la curiosidad, desde el compromiso con el pasado.

Al final, esta desgranadora no es solo un objeto arqueológico.Es un símbolo. Un recordatorio de que la tecnología no comenzó con la modernidad. De que el conocimiento ancestral sigue presente, aunque a veces invisible. De que la memoria puede encontrarse en los lugares más inesperados.
Y sobre todo, es una invitación. A mirar el territorio con otros ojos. A escuchar lo que las piedras tienen que decir. A entender que cada hallazgo, por pequeño que parezca, puede reconfigurar lo que creemos saber sobre nosotras y nosotros mismos.
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Fuente: Ponencia de Mario Ernesto Rodríguez Sosa* presentada en el Tercer Congreso de Arqueología en El Salvador en el 2009.
* Estudiante de Antropología Sociocultural, Universidad Nacional de El Salvador, noviembre 2007





