Entre una estrategia y el silencio del humedal

 

Durante la tercera jornada del Foro Ambiental Nacional 2025, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales presentó la Estrategia Nacional de Biodiversidad y el Plan de Acción 2025-2030. Un valioso documento, cuidadosamente elaborado y alineado con estándares internacionales, que propone un horizonte ambiental ambicioso y esperanzador. En el auditorio, técnicos, especialistas y organizaciones escucharon conceptos fundamentales para cualquier país que aspire a cuidar su patrimonio natural: restauración ecológica, monitoreo continuo, gobernanza, manejo de cuencas y participación social.

 

Sin embargo, mientras se proyectaban esas visiones de futuro, a unos 50 kilómetros de distancia el presente del humedal Cerrón Grande —uno de los ecosistemas más importantes del país— sigue recordándonos la distancia entre lo que se escribe y lo que ocurre en el territorio.

El lago, designado Sitio Ramsar desde hace más de dos décadas, ha enfrentado en 2025 una de sus crisis más complejas: una cobertura del 75% de lechuga de agua, episodios de mortandad de peces, riberas saturadas de desechos y un proceso acelerado de eutrofización. Este deterioro, más que un hecho aislado, es la expresión acumulada de problemas que llevan muchos años madurando.

 

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La situación del Cerrón Grande se ha convertido en un espejo incómodo pero necesario. No para señalar culpables, sino para hacernos preguntas fundamentales sobre la brecha entre la planificación y la acción; entre la visión técnica y la realidad de una cuenca extensa, compleja, diversa y profundamente intervenida.

 

La Estrategia Nacional de Biodiversidad propone lo que el país necesita: restauración de áreas degradadas, control de especies invasoras, integración de actores, fortalecimiento del monitoreo científico, regulación de descargas y una gestión más responsable del territorio.

Pero al observar la situación del humedal, también comprendemos los desafíos enormes que implican llevar esas políticas al terreno, donde convergen múltiples municipios, actividades económicas, impactos acumulados y capacidades institucionales que no siempre alcanzan para atender una emergencia ambiental de esta magnitud.

 

Más que una contradicción, el Cerrón Grande nos recuerda que la gestión ambiental necesita acciones, continuidad, inversión, coordinación y una mirada comprometida de largo plazo.

 

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Una crisis que invita a mirar más allá del síntoma

 

Lo ocurrido en 2025 no es eventual ni un accidente. Es el resultado de factores estructurales que se han ido acumulando, combinando y profundizando con el tiempo:

  • Descargas de aguas residuales sin tratar desde múltiples municipios de las cuencas que desembocan en el humedal.
  • Aportes de agroquímicos y sedimentos provenientes de la agricultura intensiva.
  • Falta de control sobre vertidos industriales y lixiviados.
  • Ausencia de campañas permanentes de retiro de residuos sólidos que terminan en el embalse.
  • Acumulación histórica de nutrientes (eutrofización crónica) y un monitoreo ambiental continuo que advierta antes que la crisis sea incontrolable.

 

Comprender esta complejidad es esencial para evitar respuestas fragmentadas o de corto plazo. El retiro de lechuga de agua y basura es necesario, pero no suficiente. El humedal requiere acciones sostenidas, articuladas y científicamente guiadas, capaces de prevenir y evitar nuevas crisis y no solo reaccionar ante ellas, como apagafuegos.

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Aunque el Foro Ambiental Nacional no dedicó el protagonismo esperado al Cerrón Grande, la Estrategia Biodiversidad 2025-2030 sí reconoce y evidencia muchos de los elementos que este humedal necesita con urgencia. Por eso, más que ver el documento como una contradicción entre discurso y realidad, puede leerse como una oportunidad: un marco trascendental que, si se aplica con coherencia y voluntad política, podría marcar un punto de inflexión y solución en el tiempo para el humedal.

Entre sus líneas de acción hay elementos claves que podrían transformar la situación del embalse:

  • Prevenir eutrofización y fortalecer el monitoreo científico permanente, con información pública sobre el estado del embalse.
  • Ejecutar programas continuos de control de especies invasoras, no operativos tardíos.
  • Regular descargas municipales e industriales, con sanciones reales.
  • Invertir en la restauración ecológica de las riberas y zonas degradadas.
  • Incorporar a las comunidades ribereñas como monitores, guardianes y actores activos de la conservación.

Dada sus dimensiones, e importancia ecológica como sitio Ramsar, generador de energía hidroeléctrica, y su rol en la vida de miles de personas y el turismo, el Cerrón Grande podría convertirse en un territorio emblemático para medir el éxito real del plan 2025-2030.

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Del papel al territorio

 

La Estrategia Nacional de Biodiversidad es, sin duda, un avance importante.  Pero un documento, por sí mismo, no cambia el curso de un ecosistema. Para que la estrategia trascienda, necesita hacerse práctica, dialogar con el territorio, escuchar la experiencia de quienes viven en su entorno, y sostener acciones que permanezcan y se desarrollen en el territorio más allá de los ciclos políticos y de las emergencias ambientales.

 

El Cerrón Grande ofrece una oportunidad única: evaluar en tiempo real si existe la capacidad y disposición de armonizar el discurso con la acción; si podemos construir una gestión ambiental que no solo responda a las crisis, sino que prevenga su repetición.

 

Al final, la pregunta no es si la estrategia es necesaria e importante—lo es—, sino si esta podrá convertirse en un compromiso colectivo, técnico y político que acompañe al humedal en un proceso de recuperación real y sostenible en el tiempo.

 

La respuesta, o el silencio, definirá no solo el futuro del embalse Cerrón Grande o lago Suchitlán, sino la credibilidad de una apuesta por un país que desea cuidar su biodiversidad más allá de los documentos y los foros. Porque en el humedal, como en pocos lugares, se refleja hoy con claridad la relación entre lo que se dice en foros y lo que se hace en el territorio.

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La Estrategia Nacional de Biodiversidad y su Plan de Acción 2025-2030 es un instrumento de política pública que orienta las prioridades de El Salvador para conservar, restaurar y gestionar de manera sostenible los ecosistemas y la biodiversidad del país hasta 2030. Fue presentado durante la tercera jornada del Foro Ambiental Nacional 2025: Clima, Naturaleza y Futuro por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN).

  • Lea el documento completo:

Estrategia Nacional de Biodiversidad 2025-2030

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