En muchas ciudades del mundo, los monumentos se alzan como huellas visibles de la historia, del poder, de los valores que una sociedad decide preservar y proyectar. En Suchitoto, en cambio, uno podría recorrer sus calles empedradas, sus plazas, sus parques, y notar la ausencia de esos grandes símbolos públicos. La pregunta es: ¿por qué no hay monumentos de arte público en Suchitoto?
Antes de responder, vale la pena detenerse un momento y preguntarnos: ¿qué función cumplen los monumentos?
Más allá del bronce o la piedra, los monumentos son dispositivos de memoria colectiva. Sirven para recordar, rendir homenaje, construir identidad. Representan ideales fundantes, momentos históricos, personajes que encarnaron valores sociales o que marcaron rupturas y transformaciones. Son también expresiones del poder, que selecciona lo que debe recordarse y lo que debe olvidarse. Un monumento no es solo una escultura: es una declaración pública de quiénes fuimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir.
En ese sentido, los monumentos de arte público son herramientas pedagógicas y políticas. Educan, generan sentido de pertenencia, transmiten narrativas. Están al servicio de una historia oficial o de una memoria disputada. Nos dicen qué es lo que una sociedad ha decidido que vale la pena recordar. Y lo que decide ocultar. Depende siempre de donde viene la iniciativa de su creación.
Salvo pequeñas excepciones, Suchitoto carece de monumentos públicos relevantes. Si damos una mirada, quizá pudiéramos destacar:
- Pequeño obelisco en la entrada de la ciudad con los símbolos de los cuatro barrios tradicionales y el escudo de la ciudad.
- Una escultura discreta en una esquina del parque San Martín dedicada a Alejandro Cotto, colocada y elaborada por estudiantes universitarios en los años 90.
- Un obelisco (donde descansan los restos del poeta Araujo) con una placa en el Centro Escolar Isaac Ruiz Araujo en honor al poeta en 1928.
- Una estructura escultórica dedicada a la lucha de las mujeres, colocada por la Colectiva de Mujeres de Suchitoto en la entrada del Puerto San Juan, en el año 2016.
Tambien podríamos considerar dentro de estos, la escultura a la memoria Viva de Miguel Martino ubicada adentro de las instalaciones del Centro Arte para la Paz y no tendríamos más. No hay placas, ni murales públicos. No hay estructuras escultóricas o placas que hablen de la historia reciente del país. No hay homenajes visibles a las y los mártires locales. No hay memoria pública del conflicto armado, ni de la cultura indígena, ni calles que lleven el nombre de personajes de la ciudad o de comunidades que habitan estos cerros desde siempre.

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Lastimosamente Suchitoto carece de símbolos materiales visibles que den cuenta de su compleja identidad histórica, política y social. ¿Por qué esta ausencia? La falta de monumentos no es casual ni inocente. Pudiera hablarnos de una relación pendiente con la memoria y con el poder.
Durante siglos, las élites han preferido borrar, minimizar o silenciar aquellas memorias que incomodan, que contradicen la narrativa oficial, que cuestionan el orden establecido. En Suchitoto, como en muchas otras ciudades del país, la historia del pueblo casi siempre ha sido relegada al margen: la historia de las luchas, de los campesinos organizados, de las mujeres que luchan por sus derechos, de los jóvenes soñadores, de los pueblos originarios.
Muchas veces, no hay monumentos porque no se ha querido reconocer públicamente esas memorias. O porque no han existido iniciativas que impulsen y estimulen su creación y construcción colectiva. Porque a veces se prefiere una ciudad turística, pintoresca, decorativa, antes que una ciudad que se asuma con sus heridas, sus contradicciones y sus luchas.
Suchitoto necesita monumentos de arte público no para glorificar el pasado, sino para encontrarse con él. Para reconocer a sus verdaderos protagonistas. Para dialogar con su historia, incluso con la más dolorosa. Para que las nuevas generaciones no crezcan creyendo que la historia es solo la que cabe en los folletos turísticos o en las postales.
Tal como hemos señalado en otros artículos, la identidad no se construye en el vacío. Se construye con símbolos, con relatos, con memoria, con espacios donde se recuerde, se celebre, se reconozca nombres, gestas y luchas. Una ciudad sin monumentos es una ciudad sin espejos púbicos. Sin espacio para mirar su historia y rostro profundo, diverso y contradictorio.
Un monumento puede y debe ser un acto de resistencia simbólica. Una afirmación de la identidad popular. Un homenaje a quienes transformaron el pueblo desde el anonimato o desde la rebeldía. Un monumento que nos recuerde las luchas de resistencia en ciudad vieja. Un mural que narre la vida antes y después de la guerra. Una escultura dedicada a las parteras, a la lucha de las mujeres. Una placa, en honor a quienes defendieron el agua, el añil, la tierra. Una pieza escultórica dedicada al finado Alejandro Cotto. Todo eso es posible. Todo eso es importante en la construcción de símbolos de identidad y nuestra memoria histórica.
Recuperar la memoria no es solo un ejercicio que consiste en hablar del pasado. Es una forma de imaginar el futuro. De rescatar símbolos de la memoria que nos recuerden nuestra herencia y quienes somos.
Suchitoto necesita proyectarse desde su pasado, desde su historia, desde sus luchas. No para vanagloriar personajes, sino para reconocer sus aportes y luchas, para construir un sentido de identidad y comunidad más honesto, más profundo, más justo, más nuestro.
En lugar de plazas vacías con lucecitas brillantes, Suchitoto podría emprender una iniciativa para consensuar y tener esculturas que hablen de su gente, murales que narren su historia, placas y calles con nombres que cuenten lo que no aparece en los libros y está pronto al olvido. Monumentos que no se impongan desde arriba, sino que surjan desde abajo: desde el barrio, desde la escuela, desde la comunidad. Desde la necesidad de recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.
Tal vez entonces, el espacio público deje de ser solo lugar de tránsito para convertirse en territorio de mayor identidad simbólica. Tal vez entonces, empecemos a saldar esta otra deuda con la memoria histórica de Suchitoto.





