Mamá Tinita
¡Qué placer ser mujer!
Y encontrarle color a la tristeza.
¡Qué placer ser mujer!
Y llenar cada vacío con caricias.
¡Qué placer ser mujer!
Y sostener un mundo entero entre los brazos,
aunque el propio también pese.
Hay mujeres que nacen para sembrar.
Siembran palabras antes que respuestas,
esperanzas antes que certezas.
Alimentan, acarician y enseñan.
Hacen del cansancio un oficio silencioso
y del amor una costumbre.
Mamá Tinita era una de ellas.
Caminaba a paso firme sobre calles empedradas,
entre el gentío madrugador
y el despertar del pueblo.
Las tejas envejecían bajo el sol,
los muros de adobe guardaban historias,
y el silencio parecía tan ruidoso
que solo alguien con el corazón dispuesto podía escucharlo.
Entrar a su aula era entrar a otro mundo.
Cada mañana florecía entre risas la escuela de niñas,
en Ana Dolores Arias se encontraban esos rincones
llenos de cuadernos abiertos
y vestidos blancos que corrían por los pasillos,
blancos como la iglesia que velaba el pueblo,
como un manto de inocencia extendido sobre la infancia,
como la bondad que aún no conoce el nombre de la malicia.
Fue ella quien tomó mi mano
cuando las letras eran apenas dibujos sin sentido.
Con paciencia las convirtió en palabras,
las palabras en historias,
y las historias en un lugar al que siempre podía volver.
Recuerdo sus lecciones.
Recuerdo su voz pronunciando despacio cada sílaba,
como quien sabe que enseñar a leer
es también enseñar a mirar el mundo.
Gracias a ella descubrí que los libros también pueden abrazar.
Que una página puede ser refugio. Que soñar nunca ha sido un error.
Por sus manos pasaron generaciones enteras.
Niños que un día descubrieron las primeras letras
y que hoy son médicos, maestras, ingenieros, agricultores,
artistas, madres, padres y cada uno lleva,
aunque sea en silencio,
una pequeña parte de ella.
La muerte cerró sus ojos,
pero nunca pudo cerrar su historia.
Porque quien enseña con amor no desaparece.
Sigue viviendo en cada alumno que recuerda su nombre,
en cada libro abierto,
en cada niño que aprende a leer,
en cada aula donde una voz pronuncia por primera vez el abecedario.
Ahora, cuando el silencio invade estos muros de adobe,
vuelvo a encontrarla en cada recuerdo,
en cada palabra aprendida, en cada libro abierto.




