Mamá Tinita

Este poema fue escrito por Yanerys Alas, en el marco del XXII Certamen Literario "A mi Suchitoto", con el lema "Mujeres que sostienen la memoria y la esperanza de Suchitoto". En estos versos se rescata la historia de María Albertina Monge Serrano.

Mamá Tinita

¡Qué placer ser mujer!

Y encontrarle color a la tristeza.

¡Qué placer ser mujer!

Y llenar cada vacío con caricias.

¡Qué placer ser mujer!

Y sostener un mundo entero entre los brazos,

aunque el propio también pese.

Hay mujeres que nacen para sembrar.

Siembran palabras antes que respuestas,

esperanzas antes que certezas.

Alimentan, acarician y enseñan.

Hacen del cansancio un oficio silencioso

y del amor una costumbre.

Mamá Tinita era una de ellas.

Caminaba a paso firme sobre calles empedradas,

entre el gentío madrugador

y el despertar del pueblo.

Las tejas envejecían bajo el sol,

los muros de adobe guardaban historias,

y el silencio parecía tan ruidoso

que solo alguien con el corazón dispuesto podía escucharlo.

Entrar a su aula era entrar a otro mundo.

Cada mañana florecía entre risas la escuela de niñas,

en Ana Dolores Arias se encontraban esos rincones

llenos de cuadernos abiertos

y vestidos blancos que corrían por los pasillos,

blancos como la iglesia que velaba el pueblo,

como un manto de inocencia extendido sobre la infancia,

como la bondad que aún no conoce el nombre de la malicia.

Fue ella quien tomó mi mano

cuando las letras eran apenas dibujos sin sentido.

Con paciencia las convirtió en palabras,

las palabras en historias,

y las historias en un lugar al que siempre podía volver.

Recuerdo sus lecciones.

Recuerdo su voz pronunciando despacio cada sílaba,

como quien sabe que enseñar a leer

es también enseñar a mirar el mundo.

Gracias a ella descubrí que los libros también pueden abrazar.

Que una página puede ser refugio. Que soñar nunca ha sido un error.

Por sus manos pasaron generaciones enteras.

Niños que un día descubrieron las primeras letras

y que hoy son médicos, maestras, ingenieros, agricultores,

artistas, madres, padres y cada uno lleva,

aunque sea en silencio,

una pequeña parte de ella.

La muerte cerró sus ojos,

pero nunca pudo cerrar su historia.

Porque quien enseña con amor no desaparece.

Sigue viviendo en cada alumno que recuerda su nombre,

en cada libro abierto,

en cada niño que aprende a leer,

en cada aula donde una voz pronuncia por primera vez el abecedario.

Ahora, cuando el silencio invade estos muros de adobe,

vuelvo a encontrarla en cada recuerdo,

en cada palabra aprendida, en cada libro abierto.

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