Hoy quiero contarles la historia de una mujer muy especial. Se llama Anita Díaz y tiene 93 años. Es una señora de cabello blanco y rizado. Cuando la visité tenía una blusa rosada y un delantal blanco. Sus ojos brillan mientras me hablaba de ella.

Contar toda su historia nos tomaría muchísimo tiempo, porque en 93 años ha visto a Suchitoto cambiar, ha vivido momentos muy felices y también otros muy tristes. Por eso voy a tratar de resumirla, aunque sé que será difícil, porque cada recuerdo que comparte parece una historia completa.
Anita nació el 26 de julio de 1933 en el cantón Palo Grande. Lo más sorprendente es que todavía vive en el mismo lugar. Ella recuerda que cuando era pequeña no había calles como las de ahora, sino un caminito por donde pasaban personas, caballos y vacas. Sus abuelos le decían que algún día por ese lugar pasarían carros. Ella se reía porque no podía imaginarlo, pero con el tiempo entendió que sus abuelos tenían razón.
Su infancia fue muy diferente a la de los niños de hoy. Solo estudió hasta tercer grado, pero aprendió muchas cosas. No existían los dulces que ahora encontramos en cualquier tienda, así que ella y sus amigos comían frutas que encontraban en los árboles, como jocotes y nances. Cuando regresaba de clases no podía ponerse a jugar. Tenía que ayudar en la casa: iba por leña, lavaba el maíz y lo molía en piedra para hacer las tortillas junto a su mamá. Así era la vida de muchos niños en esa época.
Cuando fue creciendo, también ayudó en el convento de Suchitoto, donde cocinaba y hacía diferentes oficios.
Pero si hay algo que doña Anita recuerda con mucha alegría, es cómo era Suchitoto antes de la guerra. Dice que parecía un pueblo de cine. Había almacenes llenos de telas, zapaterías, mercados y árboles por todas partes. Para ella, ese era un pueblo lleno de vida.
Lamentablemente, esa tranquilidad cambió cuando comenzó la guerra. Anita vio cómo muchas familias tuvieron que abandonar sus casas, cómo desaparecieron los árboles y cómo el pueblo quedó casi vacío. Ella perdió a casi toda su familia, a sus hijos, a su esposo y también a su mamá. Nunca pudo despedirse de ellos ni llevarles flores, porque desaparecieron durante la guerra.

Antes de morir, uno de sus hijos le dijo que no se quedara con los brazos cruzados, que ayudara a las personas que más lo necesitaran. Doña Anita decidió cumplir esa promesa. Ayudó a los niños que habían quedado huérfanos por la guerra y los llevaba caminando durante las noches hasta lugares donde estuvieran seguros. También ayudó a personas mayores, buscó refugios para familias y colaboró con muchas organizaciones que atendían a quienes habían perdido todo. Nunca pidió dinero por hacerlo. Lo hacía porque sentía que era la mejor manera de honrar la memoria de sus hijos.
En esos años conoció a monseñor Óscar Romero y participó en COMADRES, un grupo de mujeres que acompañaba a familiares de personas desaparecidas. Incluso ella misma fue capturada una vez mientras ayudaba a otras personas. Pensó que podía morir, pero nunca dejó de confiar en Dios ni perdió el valor para seguir adelante.
Aunque la guerra le quitó casi toda su familia, nunca le quitó las ganas de servir. Ella siempre dice que el dolor no debía convertirla en una persona llena de odio, sino en alguien que ayudara a los demás. Por eso dedicó muchos años de su vida a acompañar a quienes más lo necesitaban y a dar esperanza a otras personas.

Después de escuchar su historia entendí que doña Anita no solo es una mujer ejemplar. Es una parte viva de la historia de Suchitoto y de El Salvador. Su vida nos enseña que, incluso en los momentos más difíciles, siempre podemos encontrar fuerzas para ayudar a los demás y seguir adelante.
Y como dice mi mamá, memoria histórica de las mujeres para no olvidar.





