Las fiestas patronales, las celebraciones comunitarias, los festivales culturales y los encuentros populares son parte esencial de la vida de nuestros pueblos. En ellos se expresa la memoria, la fe, la alegría y la identidad de las comunidades. Son espacios que merecen apoyo público y la participación de la municipalidad. Todas las comunidades se alegran de que las autoridades locales dediquen tiempo, participen y acompañen las celebraciones festivas, patronales o culturales de una comunidad.
Lo que llama la atención es cuando la presencia de las autoridades se vuelve constante en los espacios de fiesta, pero escasa o inexistente en los espacios donde la ciudadanía necesita información y respuestas. Entonces el cuestionamiento surge cuando hay tiempo para el desfile, pero no para una entrevista con medios locales. Cuando hay recursos para el espectáculo, pero no información clara sobre el presupuesto del municipio. Cuando hay discursos bonitos para la inauguración de las fiestas, pero no informes públicos sobre las obras, proyectos o los planes estratégicos que definan las prioridades o el rumbo del municipio. Cuando los fuegos artificiales iluminan el cielo, pero no iluminan con información las decisiones que afectan la vida cotidiana de las comunidades. Entonces surgen las dudas de los lugares donde los funcionarios están presentes.
Para entender esta tendencia de las autoridades, -que no es propia de solo un municipio- hay varios estudios; por ejemplo, una investigadora: Pippa Norris ha estudiado cómo la comunicación política contemporánea se ha vuelto cada vez más personalizada, visual y emocional. Las instituciones tienden a comunicar a través de rostros, actos y escenas de cercanía. En ese proceso, el gobernante puede convertirse en el centro de la narrativa y la institución en un simple telón de fondo.
Eso ayuda a explicar por qué una fotografía entregando juguetes circula con más facilidad que un informe de ejecución presupuestaria. La primera produce emoción inmediata. El segundo exige lectura, contexto y preguntas.
Una municipalidad no está obligada únicamente a acompañar celebraciones. Está obligada a mantener informados a sus ciudadanos. Debe explicar cómo administra los recursos públicos. Debe informar qué obras realizará, cuánto cuestan, qué metas se han cumplido y qué problemas siguen pendientes. Debe presentar planes de desarrollo que permitan conocer hacia dónde se dirige el municipio. Debe responder a las denuncias ciudadanas. Debe abrir sus puertas al periodismo ya sea nacional, local o comunitario. Porque la rendición de cuentas no es un favor de las autoridades. Es una obligación democrática.
Sin embargo, en los últimos años, la comunicación política se ha vuelto cada vez más visual, personal y emocional. Hoy las autoridades dedican una parte de su presupuesto en construir una imagen y comunicación institucional. Así encontramos en las redes sociales presencia constante de las autoridades que buscan mostrar cercanía: una fotografía entregando juguetes, abrazando una anciana, un video con fuegos pirotécnicos, un saludo desde el escenario, una transmisión en vivo durante una coronación o un festival. Son contenidos que circulan rápido, y generan reacciones y construyen una imagen de proximidad, de cercanía con la comunidad que con alegría celebra sus fiestas. Y funciona, la gente percibe y asume a las autoridades cercanas a ellos, y aunque el festejo y la alegría compartida no reemplazan a un informe o una rendición de cuentas, mucha gente aplaude y se queda con esa imagen.
El politólogo Bernard Manin llamó a esta transformación “democracia de audiencia”: un modelo en el que la ciudadanía conoce a sus gobernantes más por la imagen que proyectan que por la discusión de sus programas, decisiones y resultados. En ese modelo, los eventos públicos se vuelven escenarios de comunicación política porque permiten controlar el mensaje.
Los estudios recientes sobre gobiernos locales y redes sociales muestran precisamente esa tensión: las plataformas pueden servir para informar y acercar instituciones a la ciudadanía, pero con frecuencia se usan principalmente para promover y difundir una imagen, con mensajes unidireccionales que controlan el relato público. La posibilidad de diálogo existe, pero prefieren no comprometer la imagen generosa de la festividad.
Esta diferencia importa porque una fiesta es un escenario diseñado para celebrar, no para preguntar. En un festejo, la autoridad habla un discurso calculado y bonito desde una tarima y el público aplaude. En una entrevista, la autoridad debe responder. En una publicación de redes sociales, la institución decide qué decir y qué mostrar. Mientras que, en una rendición de cuentas, la ciudadanía puede preguntar qué no se ha hecho, cuánto se gastó, por qué se priorizó una obra y no otra, qué ocurrió con una denuncia o cuándo se cumplirán los compromisos pendientes.
La politóloga Susan Stokes, en sus estudios sobre clientelismo y vínculos políticos, ha mostrado cómo los beneficios visibles y de corto plazo pueden fortalecer relaciones de lealtad política, especialmente cuando no existe ninguna información de contraste sobre la gestión de los funcionarios. En ese sentido es necesario reconocer que los actos de entrega, las ceremonias y los beneficios exhibidos públicamente pueden construir una relación política basada en gratitud, mientras se debilita la discusión sobre derechos, presupuestos y obligaciones institucionales.
No mal interprete. No se trata de oponer la cultura a la democracia. No se trata de pedir alcaldes distantes, ausentes de las comunidades o indiferentes ante sus tradiciones. Se trata de exigir coherencia. Una autoridad puede bailar con su pueblo y también sentarse a explicar un presupuesto. Puede acompañar una coronación y también presentar un plan estratégico. Puede apoyar una fiesta patronal y también abrir espacios para que la ciudadanía conozca, cuestione y evalúe la gestión municipal.
De hecho, eso es lo que debería ocurrir. Porque las celebraciones fortalecen la convivencia. La transparencia fortalece la confianza. Las dos son necesarias. Pero una no puede sustituir a la otra.
Cuando la comunicación pública se limita a la fiesta, el riesgo es que la gestión municipal se convierta en una sucesión de imágenes agradables sin información suficiente para evaluar decisiones de fondo. La política termina reducida a presencia, espectáculo y simpatía. Y los asuntos que requieren explicación —el agua, los desechos, las calles, el patrimonio, la inversión pública, el empleo, el ordenamiento territorial y la atención a las comunidades— quedan fuera de escena.
El pensador Pierre Rosanvallon propuso entender la democracia no solo como el momento de elegir representantes, sino como una práctica continua de vigilancia, evaluación y exigencia ciudadana. Después de votar, la población no pierde su derecho a preguntar. Al contrario: empieza a ejercerlo con mayor urgencia. Las municipalidades administran recursos que pertenecen a la población. Por eso, la ciudadanía no debe de ver como un favor la rendición de cuentas o el acceso a la información, es un derecho legítimo como ciudadanía.
El periodismo, por su parte, no existe para cubrir solo fiestas ni para perseguir autoridades. Existe para hacer las preguntas de temas que la ciudadanía necesita estar informada: cuánto, cómo, para quién, con qué resultados y bajo qué criterios se toman las decisiones públicas, hacia dónde se dirige el municipio, cuáles son sus prioridades.
Recuerde una ciudad no se gobierna únicamente con escenarios, música y aplausos. Se gobierna con planificación, información, diálogo y responsabilidad. Quizá por eso el desafío consista en recuperar el equilibrio. Que la alegría no sustituya la apertura al debate. Que la fotografía no sustituya al informe. Que el espectáculo no sustituya a la transparencia. Que la cercanía emocional no reemplace la responsabilidad institucional. Y que los fuegos artificiales, por muy hermosos que sean, nunca iluminen más que las respuestas que una ciudadanía tiene derecho a recibir.
Porque una ciudad madura no elige entre celebrar o preguntar, entre la fiesta y la información clara. Hace y espera ambas cosas. Celebra su historia. Pero también exige conocer el rumbo que lleva su futuro. Y entiende que un buen gobernante no solo sabe subir al escenario cuando comienzan los aplausos. También sabe sentarse frente a la ciudadanía cuando llega el momento de informar y rendir cuentas.
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Referencias:
- Norris, Pippa. A Virtuous Circle: Political Communications in Postindustrial Societies (2000). Sobre medios, comunicación política y ciudadanía.
- Manin, Bernard. The Principles of Representative Government (1997). Desarrolla la idea de la “democracia de audiencia”.
- Urbinati, Nadia. Democracy Disfigured: Opinion, Truth, and the People (2014). Analiza los riesgos de una democracia reducida a opinión, imagen y conexión directa con líderes.
- Rosanvallon, Pierre. Counter-Democracy: Politics in an Age of Distrust (2008). Sobre vigilancia ciudadana, supervisión y rendición de cuentas.
- Stokes, Susan C. et al. Brokers, Voters, and Clientelism (2013). Sobre intercambios políticos, beneficios visibles y relaciones de lealtad.
- Edelman, Murray. The Symbolic Uses of Politics (1964). Aunque es un texto clásico, sigue siendo útil para comprender el papel de rituales y símbolos en la construcción de legitimidad.




