Este 15 de junio se cumplen once años de la partida física de don Alejandro Cotto, hijo meritísimo de Suchitoto, artista, cineasta, promotor cultural y soñador incansable. Once años después de su muerte, su presencia sigue habitando las calles, las plazas, las casas antiguas, los festivales, los recuerdos y los símbolos de una ciudad que, en gran medida, es también fruto de su imaginación, de su terquedad y de su amor profundo por la tierra que lo vio nacer.
Sin embargo, resulta inevitable preguntarse: ¿qué tanto conocemos hoy a Alejandro Cotto? ¿Qué lugar ocupa su memoria entre las nuevas generaciones? ¿Cuántos jóvenes podrían explicar quién fue aquel hombre que dedicó buena parte de su vida a sembrar cultura cuando hacerlo parecía una locura? Lastimosamente, la respuesta no es alentadora. Vivimos tiempos donde la memoria compite diariamente contra la velocidad de las redes sociales. Los algoritmos privilegian lo inmediato, lo efímero y lo superficial. Lo que no aparece en una pantalla parece desaparecer de la conciencia colectiva. Y en medio de ese ruido permanente, figuras fundamentales para la historia de nuestros pueblos corren el riesgo de convertirse únicamente en nombres de lugares, placas conmemorativas o referencias ocasionales durante alguna efeméride.
Para quienes conocimos su historia sabemos que Alejandro Cotto merece mucho más que eso. Porque antes de que Suchitoto fuera reconocida dentro y fuera de El Salvador como una ciudad cultural, hubo personas que imaginaron ese futuro cuando nadie más podía verlo. Hubo hombres y mujeres que apostaron por la cultura como una herramienta de transformación social, como una forma de construir identidad y como un camino para el desarrollo de la comunidad. Y una de esas grandes personas es sin duda don Alejandro Cotto, quien ocupa un lugar excepcional.
Don Alejandro fue un hombre obstinado que se negó a aceptar que la grandeza cultural solo pertenecía a las grandes ciudades. Creyó que un pequeño pueblo podía convertirse en un referente artístico. Creyó que el patrimonio merecía ser protegido cuando otros lo consideraban una carga del pasado. Creyó que el arte podía florecer entre calles empedradas, casas de estilo colonial y plazas llenas de historia. Y esa visión lo llevó a luchar por esos sueños. No fueron sueños fáciles. La mayor parte de las veces enfrentó incomprensiones, insultos, críticas y resistencia. Como ocurre con frecuencia con quienes se adelantan a su tiempo, Alejandro tuvo que defender ideas que para muchos parecían imposibles. Si era el loco del pueblo, el señor que hablaba de grandezas en un pueblo chiquito. Pero que con el tiempo, la historia terminó dándole la razón.
Hoy los sueños que defendió obstinadamente se levantan sobre la ciudad como testimonios tangibles de su visión. Ahí está el Teatro que impulsó y construyó desde las ruinas, símbolo de una ciudad que encontró en las artes una forma de expresarse y reconocerse. Ahí está su casa Museo, guardiana de recuerdos, objetos y fragmentos de una vida dedicada a la cultura. Ahí están los festivales, las expresiones artísticas, la valoración del patrimonio y el reconocimiento nacional e internacional que Suchitoto ha alcanzado durante las últimas décadas. Sépalo nada de eso surgió por casualidad. Detrás existe el trabajo paciente de generaciones enteras, pero también la huella profunda y visionaria de un hombre que entendió que el desarrollo de una ciudad no se mide únicamente por sus calles, sus edificios o sus inversiones económicas. También se mide por su capacidad de cultivar sensibilidad, creatividad, memoria e identidad.
Por eso, recordar a Alejandro Cotto no debería ser un simple ejercicio de nostalgia. Recordarlo implica preguntarnos qué estamos haciendo hoy con el legado que recibimos. Significa reflexionar si estamos cuidando los espacios culturales que tanto costó construir. Significa cuestionarnos si estamos transmitiendo nuestra historia a las nuevas generaciones o si estamos permitiendo que el olvido avance silenciosamente. Porque la mejor manera de honrar a don Alejandro no es únicamente colocando flores sobre su tumba ni compartir una fotografía cada aniversario. La mejor forma de honrarlo es continuar creyendo en el poder transformador de la cultura. Es apoyar y mantener abiertos y solidos los espacios que él creo, es apoyar a los artistas, a los escritores, a los músicos, a los actores, a los gestores culturales y a todas aquellas personas que siguen creando, cultivando y defendiendo la identidad, memoria y cultura de la ciudad.
Pero, también implica enseñar a la niñez y juventud quién fue aquel hombre que soñó con festivales cuando parecía imposible organizarlos, que soñó con escenarios cuando apenas existían espacios para las artes, que soñó con una ciudad orgullosa de su cultura y patrimonio cuando muchos no entendían ni veían valor en él. Porque la memoria no se conserva sola. La memoria necesita ser contada, compartida y defendida.
A once años de su partida, don Alejandro Cotto continúa planteándonos un desafío: decidir si queremos dejarnos alucinar por las luces y la modernidad algorítmica o decidirnos por luchar y defender nuestra cultura, historia e identidad. Suchitoto es hoy una referencia cultural gracias al esfuerzo de muchas personas y no solo de una. Sí. Pero entre esas figuras destaca aquel pequeño hombre necio que nunca dejó de creer y luchar por sus sueños, aun cuando muchos no lo comprendieran y parecían imposibles. Quizá hoy el mejor homenaje que podemos rendirle sea atrevernos a hacer lo mismo. Porque mientras existan personas capaces de soñar, crear y trabajar por el bien común, Alejandro Cotto seguirá caminando entre esas calles de la ciudad de pájaros y flores. Pero no como una figura del pasado, sino como una inspiración presente para el futuro.





