Elmer Martínez: un hijo de Suchitoto que encontró en la cultura su manera de servir

Primera entrega de la entrevista a Elmer Martínez, gestor cultural de Suchitoto.

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En Suchitoto, hay personas que han hecho del compromiso cultural y comunitario una forma de vida. Uno de ellos es Elmer Martínez, gestor cultural, comunicador y promotor incansable de la memoria viva del distrito del pájaro y la flor. Su historia es la de un hijo del pueblo que ha sabido convertir sus raíces en una vocación de servicio, fe y cultura.

“Soy un suchitotense nacido en el cantón San José Palo Grande, en el seno de una familia laboriosa y numerosa”, dice con orgullo, evocando a sus padres, Lino Martínez y Lina Escobar. En sus palabras se escucha no solo el orgullo de origen, sino la gratitud hacia esa tierra que lo formó en el respeto, la solidaridad y la dignidad del trabajo. “Tengo mucho respeto a Suchitoto, su historia, su gente y sus afanes —añade—, porque todo eso le da personalidad al distrito”.

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Infancia entre el campo y la historia

Los primeros años de Elmer transcurrieron entre los cafetales, la lectura y las tradiciones religiosas que daban sentido a la vida cotidiana. Creció entre el cantón San José Palo Grande y la Hacienda El Sitio con su abuela Albertina Barrera y su abuelo Antonio Escobar quien era el caporal. “Vivíamos en la casa grande —recuerda—, y mi abuelo me inculcó el gusto por la lectura”. Fue una infancia apacible, llena de juegos, procesiones y tradiciones que marcaron su identidad cultural.

Con el inicio del conflicto armado, la familia se trasladó al barrio La Cruz, en la casa de sus tíos Elena Barrera y Luis Coto. A pesar del contexto difícil, el joven Elmer aprendió el valor de la comunidad, de la fe y de la cultura como refugio. Aquellos años sembraron en él la sensibilidad que luego florecería en su compromiso artístico. Más tarde, su juventud transcurrió en San Salvador, donde descubrió el teatro y la vida cultural de los años ochenta y noventa. “Mi juventud fue en San Salvador – con idas esporádicas a Suchitoto a presenciar ciertas actividades que Alejandro Cotto organizaba aun en medio del conflicto – y en la capital nació en mí el gusto por el teatro como espectador, y conocer parte del mundo artístico de los años 80s y 90s”, recuerda. Esos años serían la antesala de una vocación que aún no sabía que lo acompañaría toda la vida.

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La formación de un servidor

Elmer reconoce que su formación no fue solo académica, sino también espiritual. “Tengo una formación espiritual muy marcada por la vida parroquial y los frailes franciscanos. Ellos fueron fundamentales en mi crecimiento humano”. Esa dimensión espiritual lo llevó a participar en grupos pastorales y en los Cruzados Montañeros, experiencias que forjaron su visión de servicio y compromiso con los demás.

En 1992 se graduó de bachiller en el INFRAMEN, estudió tres años de Agronomía, y viajó a un intercambio estudiantil a Wisconsin, Estados Unidos. A su regreso inició una vida laboral diversa: asistente en la empresa del bailarín y maestro Mauricio Bonilla, técnico social en programas de vivienda y educación democrática, asistente de comunicaciones en instituciones públicas y, actualmente, coordinador institucional en una empresa privada. Pero más allá de su trabajo formal, su vocación siempre se dirigía a otro terreno: el arte y la cultura como forma de transformación social.

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Su padre: Lino Martínez y madre Lina Escobar

El arte en la sangre

“Mis padres participaban en veladas, una especie de sociodramas, y me fascinaba verlos. Creo que ahí nació mi gusto por el arte”.

Elmer confiesa que su amor por el arte nació en casa. “Mis padres participaban en veladas, una especie de sociodramas, y me fascinaba verlos. Creo que ahí nació mi gusto por el arte”. De su madre heredó la sensibilidad y el don de comunicar; de su padre, la serenidad y el amor por la comunidad.

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Su destino se cruzó con uno de los nombres más grandes de la historia cultural de Suchitoto: Alejandro Cotto. “Tuve un acercamiento personal con él —cuenta—, amigo de mi familia, y eso me permitió ser parte del Festival de Arte y Cultura de Suchitoto desde sus inicios en 1992, junto a Gesita Chávez, Benjamín Quijano, Eduardo Molina, Flor Díaz, Nelson Melgar y muchos otros que nos embarcamos en esa aventura artística”. Desde entonces, su vínculo con la gestión cultural se convirtió en una forma de vida.

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Su aprendizaje ha estado lleno de encuentros con artistas y maestros que lo marcaron profundamente: Dorita de Ayala, Mauricio Bonilla, Nelson Portillo, Aída Mancía, David Molthen, Fernando Umaña, Moira Pérez, Julio Trujillo, Pilar Melero y Lilian Díaz Sol. Todos ellos, dice, han dejado en él una huella indeleble. “Cada uno me han enseñado algo distinto: a valorar el arte como un camino de servicio y a entender que la cultura también es un acto de amor”.

Confiesa que todas esas experiencias lo han convertido en gestor y defensor del arte como derecho y como pan espiritual.

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Vocación de comunidad

Elmer considera que ser gestor cultural en Suchitoto es “un compromiso, un honor y un reto”.

Elmer considera que el haber sido parte del Festival de Arte y Cultura desde sus orígenes fue una escuela de vida. “Aprendí cómo se organiza un evento cultural sin mayores recursos, más que con el deseo de permitir a la población disfrutar del arte como pan espiritual”, dice con emoción. Su visión es clara: el arte no es un lujo, sino un derecho que fortalece la comunidad.

Ese compromiso lo llevó a apoyar iniciativas culturales en diversos espacios, buscando acercar el arte a quienes menos acceso tienen. Ser gestor cultural, asegura, es “un compromiso, un honor y un reto”. Compromiso con la historia y la identidad; honor por la confianza de la gente; y reto porque, como lamenta, existe un desinterés creciente por las tradiciones y el patrimonio.

“Hay una transculturación que está minimizando nuestras costumbres, reemplazándolas por otras ajenas, impuestas por la publicidad o el desconocimiento. Eso duele”, advierte. Pero no lo dice con amargura, sino con la convicción de quien ama profundamente su tierra y no se resigna a verla perder su autenticidad e identidad.

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La obra y el legado en marcha

Entre los proyectos que más orgullo le generan está el Festival Internacional Permanente de Arte y Cultura, impulsado desde el Patronato de Restauración Cultural, que promueve la protección del patrimonio material y espiritual de Suchitoto. También destaca el Festival de Poesía, fundado por Aracely Nova, y sobre todo el Festival de Altares de la Cruz, que Elmer fundó hace 19 años y que ha logrado consolidarse como una tradición viva.

“Es un orgullo personal —dice—, porque no solo ha sobrevivido, sino que se ha fortalecido con los años, siendo ya reconocido por la población y la prensa como parte del patrimonio cultural de Suchitoto”. Su alegría no es solo por la continuidad del festival, sino porque ha logrado unir a familias, vecinos y generaciones alrededor de una celebración que reafirma la identidad del pueblo.

Pero no todo ha sido fácil. “El desafío mayor es la falta de interés de algunas autoridades por apoyar las actividades culturales”, confiesa con tono crítico. “Da pena ajena —añade— ver cómo se destinan recursos a eventos que no forman parte de nuestras tradiciones, mientras se niega ayuda a las iniciativas que sí fortalecen lo propio”. Aun así, su fe no decae. “El amor a este lugar que Dios nos ha dado como domicilio nos compromete a velar por su desarrollo”.

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Un capítulo que continúa

Hablar con Elmer Martínez es comprender que la cultura no es un adorno ni una etiqueta, sino un modo de estar en el mundo. En su voz se mezclan el recuerdo, la espiritualidad y la esperanza. Su vida es testimonio de cómo el arte puede tejer comunidad, sanar heridas y mantener viva la memoria de un pueblo.

Cada palabra suya es una defensa de la memoria, un llamado a la participación y una oración por la cultura. “El arte y la cultura salvan a los pueblos”, afirma con voz serena. “Y nuestro deber es mantener encendida esa llama, porque ahí vive el alma de Suchitoto».

“El arte y la cultura salvan a los pueblos.”

Y en su mirada, serena y luminosa, se advierte que esa no es una consigna, sino una certeza aprendida a lo largo del camino y el calor de su tierra natal de pájaros y flores Suchitoto.

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No se pierda la segunda parte de esta entrevista: una mirada reflexiva sobre la cultura de paz, las transformaciones del municipio y los desafíos de la identidad en tiempos de cambio.

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