Luego de leer el libro del periodista Pino Aprile «Nuevo elogio del imbécil», bien vale la pena unas reflexiones aplicadas a la realidad de la ciudad de pájaros y flores. Aquí casi todas y todos nos conocemos, nos encontramos en las calles, compartimos espacios, participamos en actividades culturales y coincidimos en organizaciones, instituciones y proyectos comunitarios. Aquí, las relaciones humanas tienen una cercanía que puede ser una gran fortaleza, pero que también nos plantea un desafío: ¿cómo expresar lo que pensamos cuando nuestras opiniones de la realidad pueden incomodar a alguien con quien mañana volveremos a encontrarnos?
Y es que a veces, por conservar una amistad, proteger una relación de trabajo o evitar un conflicto, preferimos guardar silencio. A veces créame si es necesario. Otras veces, dejamos de formular preguntas sobre lo que está pasando en la ciudad porque intuimos que serán interpretadas como críticas personales. Y hay ocasiones en las que, sencillamente, llegamos a pensar que para que, si no vale la pena hablar porque al final nada va a cambiar.
Y así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a ceder terreno al dialogo. No necesariamente porque alguien de arriba nos prohíba expresarnos, sino porque aprendemos a medir nuestras palabras, a moderar nuestras inquietudes y a reservar nuestras opiniones para conversaciones privadas.
Si bien algunos lo llaman prudencia y otros neutralidad, el problema aparece cuando ese silencio deja de ser una decisión ocasional y comienza a convertirse en una costumbre colectiva.
¿Estamos construyendo en Suchitoto una cultura donde pensar, preguntar y disentir sean formas de contribuir al diálogo y el bien común, o estamos aprendiendo que resulta más conveniente callar para no incomodar?
Cuando cuestionar se vuelve incómodo
De las cosas interesantes en el libro Nuevo elogio del imbécil, el periodista y ensayista italiano Pino Aprile plantea una paradoja inquietante: los sistemas sociales pueden terminar premiando comportamientos que favorecen su estabilidad, aunque no sean necesariamente los que más contribuyen a su transformación.
La obediencia puede resultar más cómoda que la iniciativa. La conformidad puede evitar conflictos que una pregunta necesaria pondría sobre la mesa. Y quien acepta las cosas como están puede encontrar menos obstáculos que quien propone revisarlas.
Una cosa interesante que plantea este señor en su libro es que la provocación no consiste en afirmar que unas personas son inteligentes y otras no. Su reflexión apunta a algo más profundo: ¿qué ocurre cuando las estructuras que organizan nuestra vida terminan favoreciendo a quienes no cuestionan su funcionamiento?
Si no le cala esa pregunta, se la Llevamos a nuestra realidad. ¿Qué sucede cuando alguien plantea una inquietud sobre la gestión municipal y la conversación se desplaza del contenido de la pregunta hacia las supuestas intenciones de quien la formula? ¿Qué posibilidades tiene una ciudad de mejorar si sus habitantes sienten que señalar una dificultad puede poner en riesgo sus relaciones o estabilidad? ¿Qué pasa cuando las autoridades, las organizaciones y la comunidad no se cuestionan ni dialogan sobre las realidades que se viven? Estas son preguntas que vale la pena hacernos para examinar cómo estamos conviviendo, participando y tomando decisiones.
Porque cuando cuestionar se interpreta automáticamente como atacar, el diálogo comienza a perder su sentido. Ya no discutimos las ideas: terminamos defendiendo posiciones, personajes, reputaciones y relaciones personales. Y entonces dejamos de preguntarnos qué podemos mejorar para concentrarnos en quién tiene la culpa de que alguien se haya sentido incómodo.
Suchitoto no puede vivir solamente de su imagen
Nuestra ciudad tiene una historia, un patrimonio, una tradición artística y una memoria comunitaria que merecen reconocimiento. Muchas personas han dedicado años de trabajo a la cultura, la educación, la organización social y la defensa de aquello que hace de Suchitoto un territorio con identidad propia. Basta ver la historia de las comunidades y la historia de las mujeres para entender la profundidad de las luchas en el territorio.
Pero valorar ese legado también significa atrevernos a examinar nuestro presente. Una ciudad cultural no se define únicamente por las fachadas de sus edificios históricos, sus festivales, desfiles o las fotografías que circulan de sus calles. También se define por las oportunidades que ofrece a sus habitantes para participar, aprender, crear, dialogar y expresar sus ideas y opiniones para contribuir a las decisiones que afectan su vida.
Podemos celebrar nuestras actividades culturales y preguntarnos al mismo tiempo si estamos llegando a la población que más necesita acercarse al arte y la lectura. Podemos reconocer el esfuerzo de quienes organizan proyectos y examinar si existen mecanismos para evaluar sus resultados. Podemos sentir orgullo por nuestra historia y preguntarnos qué estamos haciendo para que las nuevas generaciones conozcan, cuestionen y continúen construyendo esa memoria. Pero no es posible celebrar unas fotografías bonitas como todo el resultado de una gestión municipal, sin la posibilidad de rendir cuentas. Porque nada de esto significa desconocer el trabajo realizado. Significa comprender que una comunidad viva no puede conformarse con un álbum de fotografías sin la posibilidad de preguntar. Porque no se trata presentar una realidad sin contradicciones, sino mas bien una ciudad dispuesta a dialogar y gestionar sus contradicciones.
Amar una ciudad no significa hablar siempre bien de ella. Significa interesarnos lo suficiente por su futuro como para no guardar silencio sobre aquello que necesita mejorar.
¿Dónde queda la inteligencia de nuestra gente?
Suchitoto cuenta con personas que conocen profundamente su territorio. Todo ese conocimiento constituye una riqueza colectiva. Pero tener personas y liderazgos, experiencias valiosas y propuestas no garantiza que estas encuentren un lugar en las decisiones.
Para aprovechar esa riqueza necesitamos espacios donde opinar y escuchar no sean una formalidad, donde de verdad se generen diálogos y debates, donde las consultas no se realicen únicamente para cumplir un requisito y donde las propuestas y opiniones tengan un espacio de dialogo con quienes tienen las riendas de la ciudad.
Esto importa especialmente en la gestión pública. Las decisiones municipales afectan la vida cotidiana: los servicios, el mantenimiento de los espacios públicos, la protección del patrimonio, las prioridades de inversión, las oportunidades para la juventud y el desarrollo de las comunidades rurales.
Por eso, la participación ciudadana no debería reducirse a asistir a una actividad, respaldar una iniciativa o recibir información cuando todo está decidido. También implica tener criterio y oportunidades reales para preguntar, aportar conocimiento, discutir prioridades y conocer los resultados de las decisiones. No basta con decir puertas abiertas cuando las decisiones son a puertas cerradas.
Pero esta responsabilidad no corresponde únicamente a las autoridades. También interpela a nuestras organizaciones, asociaciones, espacios culturales y medios de comunicación. Todos podemos caer en la tentación de “seguir a Vicente” sin la posibilidad de escucharnos y dialogar, por el simple hecho de no incomodar o parecer contrarios.
El silencio también tiene consecuencias
En una ciudad donde muchas personas se conocen, el costo de disentir puede sentirse de manera particular. Las diferencias no siempre terminan cuando concluye una reunión o una discusión pública. Pueden acompañarnos en el trabajo, en las actividades comunitarias y en los encuentros cotidianos.
Por eso, algunas personas prefieren hablar en privado de lo que no se atreven a plantear públicamente. Otras optan por retirarse de los espacios donde sienten que sus opiniones no son bien recibidas. Algunas dejan de presentar propuestas o dar entrevistas, otras se limitan a cumplir con sus responsabilidades sin involucrarse más allá de lo indispensable.
No siempre conocemos las razones de cada silencio, y sería injusto atribuirlos todos al miedo o a la presión social. Hay cansancio, diferencias personales, falta de tiempo y experiencias que pueden explicar el alejamiento. Falta estimulo y reconocimiento al valor del dialogo respetuoso.
Sin embargo, merece nuestra atención la posibilidad de que estemos perdiendo participación porque no hemos aprendido a convivir con el desacuerdo. Cuando las personas dejan de hablar, una organización puede interpretar que todo marcha bien. Cuando nadie cuestiona una decisión de la municipalidad, esta puede suponer que existe conformidad y lo está haciendo bien. Cuando las personas dejan de preguntar, podemos pensar que todo en la ciudad marcha más que bien.
Pero la ausencia de preguntas no siempre significa satisfacción. A veces significa que las personas han dejado de esperar respuestas. Y ese es un problema que no se resuelve publicando más fotografías, convocando más reuniones o repitiendo que las puertas están abiertas. Se resuelve rindiendo cuentas, creando condiciones para que la gente pueda entrar, expresarse, ser escuchada y participar sin sentir que por hacerlo pone en riesgo su lugar dentro de la comunidad.
¿Estamos premiando a quienes no incomodan?
La reflexión de Pino Aprile nos invita a observar los comportamientos que terminamos favoreciendo. En Suchitoto, vale la pena preguntarnos si reconocemos con la misma disposición a quien se atreve a preguntar y a quien mantiene las cosas como siempre se han hecho. Si escuchamos a los jóvenes cuando sus propuestas cuestionan nuestras costumbres. Si una persona puede señalar una dificultad sin quedar reducida a la etiqueta de conflictiva. También debemos preguntarnos si confundimos la lealtad con la obligación de estar siempre de acuerdo.
Una persona puede valorar profundamente una institución y cuestionar una de sus decisiones. Puede reconocer el esfuerzo de un proyecto cultural y señalar que necesita llegar a más comunidades. Puede respetar a una autoridad y pedir explicaciones sobre una decisión pública. Estas actitudes no son incompatibles. De hecho, son indispensables para una ciudad que siempre ha pensado en comunidad.
El problema surge cuando esperamos que el reconocimiento sustituya a la evaluación, que la gratitud impida formular preguntas o que el respeto signifique aceptar sin discusión. Si solamente escuchamos lo que confirma nuestras ideas, dejamos de aprender. Si nos rodeamos de personas que nunca nos contradicen, reducimos nuestra capacidad de reconocer errores. Y si castigamos socialmente a quienes expresan diferencias, terminamos empobreciendo los espacios que compartimos.
Una comunidad no se vuelve más fuerte porque todos repitan las mismas opiniones. Se vuelve más capaz cuando puede ponerlas en común, examinarlas y encontrar caminos que respondan a sus necesidades. Una comunidad es fuerte cuando dialoga y trabaja en colectividad.
El diálogo no consiste en evitar los conflictos
A veces creemos que dialogar significa hablar con amabilidad, mantener un tono cordial y terminar una conversación sin desacuerdos. Pero el diálogo verdadero puede ser exigente. Nos obliga a escuchar argumentos que contradicen nuestras convicciones, revisar información que desconocíamos y reconocer que una propuesta ajena puede ser mejor que la nuestra.
Por supuesto, la crítica también requiere responsabilidad. No basta con cuestionar: hay que argumentar. No basta con señalar errores: debemos procurar que nuestras afirmaciones se apoyen en hechos. El pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo ni en convertir cada asunto en una confrontación. Consiste en no aceptar algo únicamente porque siempre se ha hecho así, porque lo afirma alguien con autoridad o porque cuestionarlo puede resultar incómodo.
En la vida comunitaria, esa actitud debería permitirnos conversar sobre asuntos concretos: qué necesidades tienen nuestros barrios y cantones, cómo se utilizan los recursos disponibles, qué oportunidades existen para la juventud, qué políticas culturales necesitamos, cómo protegemos nuestro patrimonio y qué mecanismos podemos fortalecer para que las decisiones respondan mejor al interés colectivo.
No tenemos que coincidir en todas las respuestas. Lo importante es que podamos formular las preguntas, contrastar las propuestas y explicar nuestras decisiones. El desacuerdo, cuando se conduce con respeto y argumentos, no es el enemigo de la comunidad. Puede ser una de sus herramientas más valiosas.
Suchitoto merece una comunidad que piense en voz alta
Volvamos a la provocación más importante del libro de Aprile: ¿qué ocurre cuando un sistema comienza a favorecer a quienes no preguntan, no cuestionan y no alteran el orden establecido?
Quizá la respuesta más importante no esté en identificar a los responsables de ese comportamiento, sino en reconocer cómo lo reproducimos a veces sin advertirlo, en nuestras propias relaciones.
Cada vez que descalificamos una opinión sin examinar sus argumentos, reducimos el espacio del diálogo. Cada vez que interpretamos una pregunta como una ofensa, desalentamos la participación. Cada vez que preferimos una tranquilidad aparente o somos indiferentes a una conversación necesaria, dejamos sin resolver una parte de nuestra realidad.
Suchitoto tiene una historia construida por muchas voces. No todas pensaron igual, no todas recorrieron los mismos caminos ni todas imaginaron el futuro de la misma manera. Esa diversidad de experiencias también forma parte de nuestra memoria. No permitamos que la costumbre de callar termine empobreciendo esa herencia.
Una ciudad no pierde su voz solamente cuando alguien se la arrebata. También puede perderla cuando sus habitantes comienzan a creer que es mejor no meterse y no decir nada.
Suchitoto necesita diálogo, pensamiento crítico y participación. Necesita que podamos preguntar por nuestras decisiones, discutir nuestras prioridades y proponer alternativas sin convertir las diferencias en enemistades. Porque una comunidad que no puede hablar de sus problemas difícilmente encontrará la manera de resolverlos. Y una comunidad que aprende a callar para no incomodar corre el riesgo de terminar acomodándose a aquello que alguna vez quiso cambiar.
No se trata de incomodar por incomodar. Se trata de comprender que, en ocasiones, una pregunta honesta puede ser más útil que cien fotos o palabras de complacencia; que una crítica fundamentada puede expresar más compromiso que un aplauso automático; y que escuchar una voz diferente puede abrir caminos que nunca habríamos encontrado pensando siempre de la misma manera.
El futuro de Suchitoto no debería depender de nuestra capacidad para evitar los desacuerdos, sino de nuestra disposición para convertirlos en oportunidades de aprendizaje y transformación.
Así que, que nunca nos resulte más fácil guardar silencio que buscar la verdad. Que nunca confundamos la convivencia con la uniformidad ni el respeto con la obediencia. Y que en Suchitoto siempre haya espacio para quienes, desde el conocimiento, la creatividad y el compromiso comunitario, se atreven a preguntar.
*Aprile, Pino. Nuevo elogio del imbécil. Traducción de Juan Manuel Salmerón. Barcelona: Gatopardo Ediciones, 2025. ISBN: 978-84-129676-9-2.





