¿Qué significa realmente llamarse una «ciudad cultural”?

Empecemos por definir que entendemos por cultura.  Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de cultura se pensaba principalmente en las artes puras: teatro, música, pintura, literatura, museos, patrimonio, danza.

Pero los tiempos cambian y la concepción internacional actual es mucho más amplia. La UNESCO retoma una definición de cultura que comprende no solamente las artes y las letras, sino también los modos de vida, los derechos humanos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. Es decir, cultura ya no es solamente aquello que una ciudad programa en un escenario: también es la manera en que una comunidad construye significado, memoria, identidad y relaciones.

Por eso una ciudad puede tener diez festivales al año y, sin embargo, tener una vida cultural débil. Y una ciudad pequeña, sin grandes museos, ni espacios puede tener una vida cultural extraordinariamente rica.

Una ciudad cultural no es una ciudad con muchos eventos

Esta distinción me parece que es fundamental para entender el caso de Suchitoto. Porque la ciudad puede organizar grandes festivales con etiquetas de internacionales, conciertos; actividades turísticas; celebraciones patronales; eventos gastronómicos, desfiles y eso no demuestra por sí mismo que sea una ciudad cultural.

Se debe entender que los eventos son una parte de la vida cultural. Pero no son en esencia la vida de la cultura. UNESCO, por ejemplo, plantea que las ciudades que integran creatividad y cultura en su desarrollo deben fortalecer simultáneamente la producción cultural, la participación, el acceso y la integración de la cultura en los planes de desarrollo urbanos.

 
Una ciudad cultural es aquella que permite ejercer derechos culturales

Aquí aparece una idea especialmente poderosa. Según el investigador valenciano Pau Rausell y otros especialistas han planteado la “ciudad cultural” como una evolución respecto de los conceptos de ciudad patrimonial y ciudad creativa: una ciudad que tiene como horizonte la satisfacción de los derechos culturales de la ciudadanía.

Este planteamiento nos ayuda a entender ¿Qué posibilidades tiene una persona que vive en esa ciudad de participar en su vida cultural? Y esto incluye tanto ser espectador como ser creador. Una niña que escribe poesía. Un joven que hace música. Una mujer que conserva recetas y conocimientos tradicionales. Un artesano. Un fotógrafo. Un investigador de la historia local. Un grupo de teatro o danza. Un adulto mayor que conserva la memoria oral del barrio. Una comunidad que mantiene una celebración tradicional. Una biblioteca. Una radio comunitaria. Una persona que quiere leer, aprender, crear, enseñar o compartir. Todo eso forma parte de la ciudad cultural.

 

¿Ciudad cultural o ciudad con actividades culturales?

Este es un problema del que nadie quiere hablar. En Suchitoto se organizan conciertos, presentaciones de cine, de libros, danza, exposiciones, obras, talleres y distintas actividades relacionadas con el arte y la cultura. Existen algunos espacios culturales que todavía resisten, artistas que continúan creando, organizaciones que con mucho esfuerzo mantienen proyectos y personas que, muchas veces con enormes esfuerzos y pocos recursos, siguen apostando por hacer cultura.

Pero cuando llega el momento de abrir las puertas para que la comunidad participe, algo ocurre: el público no llega o llega muy poco. No, no se trata de ver el vaso medio lleno o medio vacío. Se trata de que es una realidad.  Y entonces aparecen preguntas que pueden resultar incómodas: ¿Qué está pasando? ¿Dónde están los jóvenes que reciben formación artística? ¿Dónde están los estudiantes de música cuando un músico ofrece un concierto? ¿Dónde están los lectores cuando un escritor presenta su libro? ¿Dónde están los docentes, las familias, las organizaciones y las personas que trabajan en proyectos culturales? ¿Por qué no conseguimos que una parte más amplia de nuestra comunidad se encuentre alrededor de las expresiones artísticas que nacen y/o se presentan en su propio territorio? Y por último la mejor pregunta: ¿qué estamos haciendo mal?

Hay que decirlo claramente. Una ciudad no se vuelve cultural solamente porque organice festivales, conserve fachadas históricas, tenga luces led o reciba turistas. También necesita una comunidad que lea, escuche, observe, participe y acompañe a quienes crean.

El cuestionamiento no es para reclamarle al público que no llegó. Estas preguntas son preguntas para quienes, desde distintos espacios y responsabilidades, participamos en la construcción de la vida cultural de Suchitoto. Porque quizá el problema no sea solamente que la gente no asiste. Quizá debamos preguntarnos qué hemos dejado de hacer o que estamos haciendo mal para que el público quiera asistir.

Empecemos

Tener eventos culturales no es lo mismo que construir una ciudad cultural. Una ciudad puede tener edificios históricos, museos, galerías, festivales, conciertos y una agenda llena de actividades. Puede recibir visitantes cada fin de semana y proyectar una imagen atractiva de su patrimonio con una facha linda y renovada. Todo eso tiene valor y contribuye a su desarrollo. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, garantiza que exista una comunidad cultural viva.

Una ciudad cultural no se define únicamente por lo que conserva o por lo que ofrece a sus visitantes. También se reconoce por las oportunidades que brinda a sus habitantes para aprender, crear, expresarse, conocer otras formas de pensamiento, disfrutar del arte y participar en la construcción de su propia identidad.

La diferencia parece sencilla, pero tiene consecuencias profundas. Una cosa es organizar un concierto y otra construir una comunidad que desee escuchar música. Una cosa es presentar un libro o una película y otra cultivar lectores y amantes del cine. Una cosa es abrir una exposición y otra despertar la curiosidad de quienes nunca han entrado a una galería. Una cosa es ofrecer talleres de arte y otra conseguir que sus estudiantes incorporen el arte a su vida cotidiana.

Aquí viene lo contradictorio. Podemos producir muchas actividades culturales sin que necesariamente crezca la participación cultural de la comunidad. Y esto es lo que ocurre. Por tanto deberíamos detenernos a pensar si estamos confundiendo una agenda de eventos con un verdadero proyecto cultural de ciudad.

 

¿Qué estamos enseñando en nuestros talleres de arte?

Pensemos, por ejemplo, en los jóvenes que estudian música en Suchitoto. (Pero por favor no lo veamos como un ataque a las organizaciones que luchan por hacer su parte). Las y los estudiantes aprenden a tocar un instrumento, practican, ensayan, desarrollan habilidades y se preparan para presentarse ante un público. Es un trabajo valioso que requiere tiempo, disciplina y dedicación. Un esfuerzo del instructor y el estudiante.

Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué sucede con su relación con la música más allá del taller? ¿Asisten a los conciertos que se organizan en la ciudad? ¿Conocen a los músicos que viven y crean en su territorio? ¿Tienen oportunidades de escuchar diferentes géneros, conversar con intérpretes y descubrir otras maneras de hacer música? ¿Sus docentes les invitan a participar como espectadores, incluso cuando no son ellos quienes están en el escenario? ¿la organización los incentiva más allá de los propios eventos que organiza?

Porque no basta con enseñar a tocar un instrumento. Podemos tener jóvenes estudiando música durante meses o años. Podemos enseñarles a tocar un instrumento, aprender una técnica, cantar, pintar, actuar o escribir. Pero si esos jóvenes no son llevados a escuchar a otros músicos, a conocer a otros artistas, a visitar exposiciones, a asistir a presentaciones de libros, a conversar con escritores, a mirar teatro, a descubrir otras formas de creación, entonces cabe preguntarse qué tipo de educación artística estamos construyendo.

Porque aprender arte no debería significar solamente aprender a producir una obra. También debería significar aprender a mirar, escuchar, leer, interpretar, valorar y acompañar la obra de otros.

La UNESCO acaba de insistir en este punto dentro de su nuevo marco de educación artística y cultural: las artes deben formar parte de una educación que desarrolle creatividad, pensamiento crítico, empatía, diversidad cultural y participación significativa. Además, propone integrar la cultura y las artes en la educación formal, no formal e informal y promover la colaboración entre educadores, instituciones culturales y jóvenes.

Entonces aparece la pregunta que da mejores luces a nuestro punto central para Suchitoto: ¿Los talleres de arte están enseñando un oficio, formando artistas o también están formando públicos?

Porque Suchitoto necesita ambas cosas. No solamente se trata de mantener ocupados a los jóvenes los fines de semana y enseñar a tocar un instrumento. Necesitamos personas que sepan apreciar las artes y lo que otros crean. Un verdadero instructor de las artes sabe que la música necesita músicos, pero también necesita público. Básico, sin público no hay arte.

Imaginemos a un joven que durante dos años estudia guitarra. Aprende acordes. Practica. Se presenta en alguna actividad, y quizá incluso sueña con convertirse algún día en músico. Pero nadie le enseña que escuchar y apreciar el esfuerzo de otros que también es una forma de aprender. Nadie lo lleva a un concierto. Nadie le dice: “Vamos a escuchar a este artista.” “Vamos a conocer cómo construye una canción.” “Vamos a conversar con él.” “Vamos a escuchar música que no conoces.” “Vamos a descubrir a un músico de tu propio pueblo.” Entonces y solo entonces estamos yendo más allá de formar una capacidad técnica, y estamos construyendo la apreciación musical  y una cultura musical.

Lo mismo ocurre con la literatura, la danza, el teatro, y todas las demás expresiones. Un joven puede participar en talleres de arte, pero ¿cuántos libros lee? ¿Conoce a los escritores o artistas de su propia ciudad? ¿Asiste a presentaciones?  ¿Conversa con autores? ¿Tiene acceso a bibliotecas? ¿Conoce la historia cultural de Suchitoto? O ¿somos de los que anteponemos nuestros prejuicios y menospreciamos a nuestros artistas locales?

La educación artística no es solo enseñar a tocar un instrumento. También necesitamos aprender a mirar, escuchar, interpretar, preguntar, disfrutar y reconocer el trabajo creativo de otras personas. Un taller de arte no debería ser una isla. Tendría que ser un puente y una puerta hacia la vida cultural de la ciudad.

 

¿Dónde están los públicos?

Tal vez hemos cometido un error al pensar que el público simplemente existe. Que basta con organizar una actividad, publicar un afiche en redes sociales y esperar que la gente llegue. Pero hemos olvidado que los públicos culturales también se construyen.

Esto exige una relación más estrecha entre los espacios formativos, los artistas, las escuelas, las organizaciones y los lugares donde se presentan las obras. Exige que los estudiantes no sean solamente participantes de las muestras de fin de curso, sino también espectadores de la creación artística de su tiempo.

Si enseñamos a tocar, pero no acercamos a los jóvenes a la experiencia de escuchar; si enseñamos a escribir, pero no construimos lectores; si enseñamos a crear, pero no enseñamos a valorar la creación ajena, quizá estamos dejando incompleta una parte importante de nuestra tarea.

Aunque es una obligación moral y ética. No se trata de convertir la asistencia a los eventos en una obligación. Se trata de despertar curiosidad, construir experiencias y ayudar a descubrir que el arte no es una actividad ajena, reservada para quienes lo producen o para quienes tienen conocimientos especializados. Porque la educación artística en Suchitoto no solo debería enseñar a tocar un instrumento, sino que también personas capaces de encontrarse con la creación de los demás.

¿Y los Centro Educativos, qué estamos enseñando en las escuelas? La pregunta también debe llegar a las aulas. No basta con preguntarnos si existen clases o actividades artísticas. Debemos preguntarnos qué relación construyen las escuelas con la cultura de Suchitoto.

¿Los estudiantes conocen a los artistas de su ciudad? ¿Visitan sus exposiciones? ¿Leen a sus escritores? ¿Asisten a conciertos, presentaciones de libros o representaciones teatrales? ¿Conocen la historia cultural de su territorio? ¿Tienen la oportunidad de conversar con quienes producen arte?

Pese a las restricciones educativas, las y los docentes pueden ser un puente extraordinario entre las nuevas generaciones y la vida cultural de la comunidad. Un docente que recomienda un libro, organiza una visita a una exposición o acompaña a sus estudiantes a un concierto pueden abrir una puerta que permanezca abierta durante años. No porque todos deban convertirse en artistas, sino porque todos merecen la oportunidad de descubrir qué les conmueve, qué les interesa y qué nuevas formas de comprender el mundo puede ofrecerles el arte. A quien escribe esto, una de esas visitas obligadas le abrió el mundo para amar el teatro por ejemplo.

También debemos reconocer que existen obstáculos reales: cargas laborales, limitaciones económicas, falta de transporte, horarios difíciles y restricciones educativas que no siempre favorecen estas experiencias. Por eso no se trata de responsabilizar individualmente a los docentes, sino de preguntarnos qué condiciones estamos creando para que la educación y la cultura puedan encontrarse.

Una ciudad que se considera cultural debería procurar que sus niños y jóvenes conozcan la cultura no solamente en las pantallas de los teléfonos, sino también en los espacios donde esa cultura está viva. (I parte)

 

¿Como hacer para mejorar la asistencia de público?

El público no aparece a un evento por que sí. Quizá hemos cometido el error de pensar que esto es así. Creer que basta con organizar una actividad, publicar un afiche y esperar que la gente llegue. Entonces cuando eso no sucede, concluimos -cómodamente- que la población no tiene interés, que los jóvenes solo están pendientes del teléfono o que la gente prefiere otras formas de entretenimiento. Y creemos que ya hicimos nuestra parte.

Puede haber algo de eso en determinados casos, pero son explicaciones demasiado fáciles si no hemos investigado antes. Tal vez la gente no se enteró a tiempo. Quizá el horario no le resulta conveniente. Puede que desconozca al artista, no comprenda de qué trata la actividad o no encuentre razones para dedicarle parte de su tiempo. Tal vez nunca ha asistido a una presentación literaria y no sabe qué encontrará allí. Quizá siente que ciertos espacios o el evento no están pensados para personas como ella.

También puede ocurrir que las actividades no estén conectando con las inquietudes o gustos de determinados grupos, que se repiten los mismos formatos sin explorar nuevas y diversas expresiones o maneras de convocar o que la comunicación no pase más allá de siempre a los mismos círculos.

Todas estas son hipótesis. Necesitamos contrastarlas con la experiencia de la gente. Porque el público no se construye únicamente anunciando actividades y compartiendo un afiche en redes sociales. Se construye mediante relaciones, experiencias, educación, confianza, comunicación, diálogo y continuidad.

Hay personas que comienzan a leer porque alguien les recomendó un libro. Otras descubren la música porque un maestro las llevó a un concierto. Algunas entran por primera vez a un museo acompañadas por un amigo. Muchas se acercan al arte cuando dejan de sentir que es algo distante y descubren que también tiene que ver con sus vidas. Y no todo se trata de conciertos de música clásica, el público también quiere escuchar y ver otras expresiones.

  • ¿Estamos haciendo ese trabajo de acercamiento en Suchitoto?
  • ¿Estamos preguntando a quienes no asisten qué les impide hacerlo?
  • ¿Estamos buscando nuevas formas de encontrarnos con ellos?

Y aquí aparece una verdad dolorosa. No podemos exigir que la gente llegue a espacios que todavía no siente como propios. Así tengan 10, 20 o 30 años. Antes de reclamar la ausencia del público, deberíamos examinar nuestra capacidad para convocarlo, recibirlo y hacer que quiera regresar.

 

Cuando cada organización trabaja por su cuenta

Otro asunto que merece una reflexión -aunque sus directivos nos odien por señalar siempre esto- es la relación entre quienes sostienen la vida cultural de la ciudad.

Suchitoto cuenta con artistas, talleres, organizaciones, espacios culturales, iniciativas comunitarias y personas que dedican una parte importante de su vida a promover el arte. Muchos de estos esfuerzos se realizan con recursos limitados y requieren una perseverancia que pocas veces reconocemos.

Pero ¿qué sucede cuando cada organización concentra casi toda su energía en sus propias actividades y proyectos? Una prepara su festival, otra desarrolla sus talleres, otra inaugura una exposición, otra presenta un libro. Cada una anuncia lo suyo y procura convocar a su público. Después, la actividad termina y comienza la preparación de la siguiente, sin mirar y dialogar con las demás sobre las experiencias y el trabajo cultural en la ciudad.

No hay nada malo en que cada organización tenga sus objetivos, su identidad y sus prioridades. Lo hemos dicho. El problema aparece cuando los esfuerzos no se encuentran, cuando incluso entre si se ven como rivales y no se comunican, no hay un mínimo de esfuerzo por construir colectividad y por ende la suma de estas iniciativas no consigue construir una vida cultural compartida.

¿Las organizaciones conocen y promueven las actividades de las demás? ¿se sientan y comparten sus calendarios? ¿Se apoyan mutuamente cuando un artista local presenta una obra? ¿Existe una agenda cultural construida en conjunto? ¿Existe solidaridad y apoyo entre si, o cada quien seguirá jalando por su lado?

No deberíamos dar por hecho que la respuesta es negativa. Hay experiencias de cooperación que merecen reconocerse. Pero tampoco podemos asumir que tener varias organizaciones culturales significa, automáticamente, contar con una red articulada. Una ciudad necesita más que dos o tres organizaciones que produzcan actividades. Necesita relaciones y cooperación entre ellas.

Un concierto puede ser una oportunidad para los estudiantes de música de distintos talleres. Una presentación literaria puede convertirse en una experiencia para escuelas y grupos de lectura. Una exposición puede propiciar encuentros entre artistas, docentes y jóvenes. Una organización puede ayudar a gestionar divulgar la actividad de otra sin que eso signifique renunciar a su propia identidad.

La cooperación no tiene que ser complicada ni costosa. A veces comienza con algo tan sencillo como compartir una invitación, coordinar una visita o recomendar públicamente el trabajo de otro artista. Pero a veces los protagonismos e individualismos nos comen vivos.

Si queremos una comunidad cultural más fuerte, necesitamos superar la idea de que cada quien debe resolver su propios asuntos y convocatoria. Sépanlo trabajadores de la cultura en Suchitoto, la cultura no se fortalece cuando cada organización consigue llenar su propio espacio, sino cuando los espacios comienzan a conectarse en colectividad y la comunidad encuentra más razones para participar.

 

El artista que crea y la ciudad que no se detiene a mirar

En todo esto, hay algo particularmente doloroso en el trabajo artístico: muchas veces no vemos el tiempo que existe de un artista detrás de una obra. Un libro puede representar años de investigación, escritura, correcciones y sacrificios. Una exposición puede requerir meses de trabajo. Un concierto supone ensayos, preparación, gastos y una inversión emocional que el público desconoce. Se hacen enormes sacrificios de tiempo, esfuerzo aprendizajes, ensayos, gastos para llegar a una presentación final.

Y cuando llega el día de presentar el resultado, el artista ilusionado se expone a la mirada de los demás. Y si la asistencia es escasa, la experiencia puede ser totalmente desalentadora.

 

¿Una ciudad cultural para quién?

Suchitoto ha construido una imagen cultural asociada a su patrimonio, sus calles, sus festivales y su atractivo turístico. Esa imagen tiene valor y puede generar oportunidades económicas para muchas personas. Pero debemos tener cuidado de no confundir la promoción turística con la vida cultural de la población. Que lleguen visitantes los fines de semana no significa necesariamente que los habitantes participen de manera activa en la cultura que se produce en la ciudad. Una plaza llena de turistas viendo un show y un teatro cerrado quizá pueden coexistir sin contradicción.

El problema aparece cuando interpretamos la llegada de visitantes como prueba suficiente de que nuestra vida cultural goza de buena salud. Una ciudad cultural no puede existir solamente para ser observada desde fuera. También debe ofrecer posibilidades para que quienes viven en ella se reconozcan como parte de su historia y participen en la construcción de su futuro.

Si la cultura se convierte principalmente en una herramienta para atraer visitantes, corremos el riesgo de cuidar más la imagen que la vida que debería sostenerla. Podemos tener una fotografía hermosa de Suchitoto y, al mismo tiempo, desconocer qué leen sus jóvenes, qué música escuchan, qué artistas admiran, qué espacios necesitan o qué barreras les impiden participar.

La imagen mostrará lo que queremos enseñar. Sin embargo, en el fondo existe la posibilidad que no haya conexión con nuestra realidad cultural. Hemos perdido espacios, pero también podemos perder oportunidades de encuentro, continuidad y formación.

 

¿Qué hemos dejado de hacer?

Quizá no exista una sola respuesta. Quizá hemos dejado de hacer varias cosas, poco a poco, hasta que sus consecuencias comenzaron a hacerse visibles.

Tal vez hemos dedicado más energía a organizar actividades que a conocer y entender al público. Hemos confiado demasiado en la difusión digital y poco en la invitación directa. Hemos celebrado la existencia de talleres sin preguntarnos suficientemente qué relación construyen sus estudiantes con la vida cultural de la ciudad. Hemos permitido que la educación, las organizaciones, los artistas y los espacios culturales trabajen sin todas las conexiones que podrían fortalecerlos.

Quizá hemos medido el éxito por la actividad realizada y no por las relaciones que esa actividad consiguió construir. Quizá medimos el éxito erróneamente por las fotos bonitas, pero sin la conexión con nuestra gente. Y quizá hemos esperado que la comunidad responda por iniciativa propia, sin preguntarnos cuánto hemos hecho para despertar su curiosidad, facilitar su participación y hacerle sentir que también pertenece a esos espacios. Quizás nos creemos sabedores erróneamente del gusto de la gente y seguimos creyéndonos cultos o intelectuales por presentar obras clásicas o rebuscadas.

No podemos afirmar todo esto, pero algo de todo hay o puede haber. Lo cierto es que son preguntas que merecen convertirse en una reflexión colectiva y obligada para las organizaciones o colectivos que dirgen la vida cultural de Suchitoto.

Necesitamos conocer la asistencia real a las actividades, saber quiénes llegan y de dónde vienen. Escuchar a quienes asisten, pero también a quienes no lo hacen. Preguntar a los jóvenes qué les interesa, a los docentes qué obstáculos encuentran, a los artistas qué apoyo necesitan y a las organizaciones qué posibilidades de cooperación existen.

Necesitamos dejar de hablar del público como si fuera un grupo ajeno al que debemos convencer y comenzar a reconocerlo como parte fundamental del proceso cultural. Y necesitamos aceptar que una actividad con poca asistencia no siempre es un fracaso, pero una ciudad que nunca se pregunta por qué sus actividades no consiguen convocar sí corre el riesgo de quedarse estancada.

No, no se confunda, no necesitamos buscar culpables. Necesitamos asumir responsabilidades. El desafío no consiste en reclamar a los jóvenes que no asisten, a los docentes que no los llevan, a las organizaciones que no comparten o a los artistas que no consiguen convocar.

El gran desafío consiste en comprender que la vida cultural es una responsabilidad compartida, aunque las obligaciones de cada actor sean diferentes. Imaginar una ciudad cultural no significa esperar que todas las personas asistan a todos los eventos. Eso sería imposible y tampoco es necesario. Las personas tienen distintos intereses, obligaciones, gustos y posibilidades.

El objetivo no debería ser llenar todos los eventos culturales a cualquier precio, sino ampliar las oportunidades para que más habitantes puedan descubrir, disfrutar, crear y participar en la cultura. Escuchar a quienes no están participando y preguntar por qué.

No podemos construir una ciudad cultural únicamente desde una oficina, una organización o un festival. Tampoco basta con que cada quien haga bien su propio trabajo si no conseguimos encontrarnos alrededor de un propósito común.

Quizá el primer paso sea sencillo, aunque no por eso menos exigente: sentarnos a conversar a dialogar entre artistas, jóvenes, docentes, organizaciones, instituciones y habitantes para reconocer lo que funciona, lo que falta y lo que podemos hacer juntas y juntos.

Después, medir. Investigar. Compartir calendarios. Acercar escuelas a los espacios culturales. Conectar talleres con conciertos y exposiciones. Recuperar lugares de encuentro. Crear programas de lectura y visitas artísticas. Escuchar a quienes nunca llegan, conocer sus gustos. Evaluar los resultados y volver a intentarlo.

No necesitamos esperar a tener más recursos para comenzar a colaborar. Pero sí necesitamos voluntad para reconocer que el esfuerzo individual, por valioso que sea, no siempre basta. Porque una ciudad cultural no es solamente la que muestra lo que tiene. Es la que consigue que sus habitantes descubran, valoren, transformen y hagan suyo ese patrimonio vivo. Recuerde, no basta con llamarnos ciudad cultural. Tenemos que construir las relaciones que hagan verdadera esta afirmación. Y ¿usted que opina?

Si usted llego hasta el final de este artículo, gracias. Este es el mejor de los signos de que el cambio es posible. 

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