El grito silencioso de los héroes de Guazapa

 

La casa de Don Tilo está al final de una calle de tierra, donde el polvo se queda suspendido unos segundos después de que pasa una moto. Son las cuatro de la tarde y el calor todavía aprieta. En el corredor hay una hamaca verde zurcida, una silla plástica vencida hacia atrás y una mesa pequeña con un termo de café. Detrás, el maizal se mueve apenas con un viento tímido que baja de las faldas de Guazapa.

Don Tilo —sesenta y tres años, aunque parece mayor cuando se queda callado— camina despacio por una lesión vieja en la rodilla izquierda. Dice que no fue una bala, sino una caída durante una retirada en 1988. Lleva un sombrero viejo, camisa celeste remendada en el hombro y unas manos gruesas, curtidas por la tierra. Habla con ese tono de los campesinos que no necesitan levantar la voz para decir cosas duras.

Antes de encender la grabadora, se queda viendo la montaña. La mira como quien espera reconocer un rostro entre los árboles. Después dice la primera frase de la tarde, sin saludo y sin prólogo:

—Nuestros héroes no han muerto. Nosotros los dejamos morir.

La frase queda colgando en el corredor. No la dice con rabia, sino con una tristeza cansada, como si llevara años repitiéndosela a sí mismo.

—A los muertos los enterramos allá arriba —dice, señalando hacia Guazapa—. Pero la otra muerte vino después. Cuando la gente comenzó a sentir pena de decir quién fue, de dónde vino, por qué peleó. Cuando alguien empieza a burlarse de aquellos ideales y sueños de aquellos hombres. Entonces se vuelven a morir otra vez.

Se sirve café en una taza desportillada. Le pone azúcar.  La sostiene con las dos manos. Tiene una cicatriz que le cruza la muñeca derecha y desaparece bajo la manga.

—La guerra no se acaba cuando firman la paz. Eso lo aprende cualquiera que haya vivido escondido en el monte. Uno vuelve a sembrar, vuelve a dormir bajo techo, tiene hijos, nietos, aprende otra vez a vivir como civil. Pero por dentro sigue caminando con el oído atento. Yo todavía me despierto algunas noches creyendo que escuché un helicóptero.

Hace una pausa larga. En la calle pasa un vendedor de pan francés gritando. Don Tilo espera a que el ruido se aleje.

—Nosotros éramos cipotes. Dieciséis, diecisiete años algunos. Y -mire joven-, no peleábamos pensando en cargos ni en diputados. Peleábamos porque la pobreza era una humillación diaria. Porque el patrón decidía hasta cuándo uno podía hablar. Porque había gente que desaparecía y nadie preguntaba por ella. A nosotros nos tocó escoger entre agachar la cabeza o irnos al monte. Y nos fuimos. No fue una elección. La dignidad y la justicia no son elecciones cuando el poder se ensaña con el pobre.

Cuando habla de los compañeros muertos, baja la vista hacia el piso de cemento y tierra. No menciona nombres al principio. Dice “un compa de Suchi”, “una muchacha enfermera”. Los recuerda por la forma de caminar o por la risa, por un acto o una anécdota, no por el rango.

—Lo que más me duele es ver a compas que arriesgaron la vida con una valentía bárbara y hoy hablan de aquello como si fuera una vergüenza. Hombres que enfrentaron operativos grandes, grandes operativos, que tuvieron la muerte cara a cara, que vieron caer a sus hermanos, y ahora… ahora son mancillados a bajar la voz cuando alguien les pregunta si estuvieron en la guerrilla. Sus hijos y nietos hasta esconden aquel viejo uniforme que un día fue orgullo. ¿Y sabe qué es lo más triste? Que no es culpa de ellos. Es esa narrativa del poder que se burla de su valentía y mancilla sus historias. Triste.

Don Tilo se reclina en la silla y después de un largo silencio suelta una risa breve, seca.

—Estos infelices fueron más listos. Nos ganaron la batalla de la memoria. No con fusiles. Con discursos. Con propaganda. Con esa idea de que todo lo anterior fue oscuridad y que la historia comenzó ayer. Que la historia empieza con ellos. Que el pasado es una vergüenza. Y cuando un pueblo acepta eso, se vuelve fácil de mandar.

Menciona al presidente sin cambiar el tono, como quien habla de una persona conocida y una decepción familiar.

—Muchos confiamos en aquel muchacho. Y eso hay que decirlo, aunque a algunos les incomode. Dentro de la izquierda había gente que lo veía como el relevo generacional. El cambio. Decíamos: “Bueno, aquí viene alguien joven, preparado, que entiende las luchas sociales y que puede hacer las cosas de otra manera”. Había esperanza, mucha esperanza de verdad. No esa esperanza de campaña, sino la esperanza de quien cree que el sacrificio de tantos muertos sirvió para abrirle camino a una generación nueva.

Se queda callado por largos segundos. Aprieta la taza vacía. Su mirada se pierde.

—Por eso duele más. Porque uno puede entender que alguien piense distinto. Lo que cuesta entender es cuando has confiado en alguien y desde el poder se empieza a tratar la historia de quienes lucharon como si fuera un estorbo, como si hubiera que borrarla para construir un relato nuevo. Como si nunca hubiera existido. Yo no tengo palabras para explicar ese sentimiento. Es como si le dijeran a los muertos: “Gracias por abrir la puerta; ahora háganse a un lado y no hablen. No estorben”.

El viento mueve las hojas del maizal. Don Tilo vuelve a mirar hacia la montaña.

—Mire, yo se que me dijo que no quiere hablar de política. Pero no hablo aquí por un partido. Los partidos pasan. Yo hablo desde la conciencia de un hombre que dejó su juventud en el monte creyendo que este país podía ser menos injusto. Y a veces siento que cambiamos la esperanza por promesas de una realidad hecha de espejitos: pantallas, anuncios, discursos bonitos y miedo. Videos bonitos en celulares. Mucho miedo. Porque la gente dice que ya no tiene miedo, pero pregúntele cuántos se atreven a decir en público lo que realmente piensan. La autocensura es el termómetro de un país. Cuando la gente comienza a tragarse las palabras antes de pronunciarlas, algo está pasando.

La tarde empieza a ponerse amarilla sobre los maizales. Don Tilo se acomoda el sombrero y habla más despacio, como si cada frase pesara mucho.

Sonríe, pero es una sonrisa sin alegría.

—Mire, tal vez yo ya soy un viejo desconfiado. Amargado. Puede ser. Los años en la montaña le enseñan a uno a sospechar. Pero hay algo que no he olvidado: los pueblos no pierden la libertad de un solo golpe. La van entregando poquito a poquito, a cambio de sentirse seguros, a cambio de que les den comida, una obra, una promesa, y hasta un enemigo al cual odiar. Y cuando vienen a despertar, el monstruo ya está sentado en medio de la casa y la gente todavía le aplaude porque habla y sonríe bonito en la televisión.

La luz comienza a bajar. Desde algún punto de la comunidad llega el sonido de una radio con música ranchera. Don Tilo guarda silencio por primera vez en varios minutos.

Don Tilo rompe el silencio sin apartar la vista de la montaña.

—¿Ve aquellos cerros?

Yo todavía les debo una conversación a varios que se quedaron allá.

Por eso hablo.

—Yo no quiero volver a la guerra. Nadie que haya visto morir a un amigo quiere eso. Lo único que quiero es que este país no olvide. Porque cuando un pueblo olvida por qué luchó, otros vienen y le cuentan una historia más cómoda y conveniente. Y entonces sí, los héroes terminan muriendo dos veces: primero bajo las balas y después bajo el silencio y el olvido.

Don Tilo se levanta. Sobre el taburete su taza de café frio. La hamaca. La silla. La noche, que con su penumbra oscurece el cantón.

Don Tilo, habla con la   certeza de quien sabe que la memoria, no admite certezas. Que la memoria tiene cuevas donde duermen nombres de seres que entregaron sueños y merecen cuando menos el respeto de sus nombres escritos en el mural de los días que construyen la esperanza. (I parte).

-Entrevista realizada a un ex-combatiente que luchó en el volcán de Guazapa. El nombre Tilo es ficticio. No representa su nombre ni ningún seudónimo de guerra. Se omitieron detalles de la entrevista completa. 

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