En Suchitoto, ciudad que durante décadas construyó su nombre alrededor de la cultura, se está gestando una paradoja inquietante: mientras cada fin de semana la plaza se llena de luces, amplificadores y artistas invitados, uno de los proyectos culturales más importantes de su historia desaparece en medio del silencio, la indiferencia y la falta de voluntad colectiva para defenderlo.
No se trata de cuestionar el arte, ni de condenar la música y presentaciones artísticas, ni de oponerse a que la plaza sea un espacio vivo. El arte es, por naturaleza, celebración. El problema no es que alguien venga a cantar. El problema es el mensaje que se transmite cuando el espectáculo sustituye a la identidad, cuando lo efímero desplaza a lo esencial, cuando lo improvisado recibe financiamiento mientras lo trascendente muere por abandono.
Durante más de tres décadas, el Teatro Alejandro Cotto y el Festival Internacional de Arte y Cultura fundado por Alejandro Cotto no fue solo un evento cultural. Fue el corazón simbólico de la ciudad. Fue el espacio donde Suchitoto dialogó con el mundo, donde artistas, cineastas, músicos y pensadores encontraron un lugar común para el encuentro, la reflexión y la creación. Fue, sobre todo, el proyecto que dio sentido a la identidad cultural que hoy todavía se invoca con orgullo.
Ese festival no nació de la improvisación ni del capricho. Fue el resultado de una visión clara: construir una ciudad que no solo habitara su territorio, sino que habitara su memoria a través del arte y la cultura.
Hoy, sin embargo, ese legado -tristemente- parece no tener quien lo defienda.
Mientras tanto, cada fin de semana, alguien decide que canción tocar, simplemente porque paga el mariachi. Pero nadie sabe quién. No existe claridad sobre si los fondos provienen del gobierno central, de la municipalidad o de alguna otra fuente. La opacidad no es un detalle menor: es el síntoma de una forma de gobernar donde el espectáculo es visible, pero las decisiones permanecen ocultas.
La pregunta es inevitable: ¿por qué hay recursos para sostener presentaciones aisladas, sin una visión cultural articulada, y no para preservar el festival que dio prestigio internacional a la ciudad?
Evidentemente, al parecer no es un problema de dinero. Es un problema de prioridades.
Cuando en una ciudad se invierte en espectáculos sin invertir en sus instituciones culturales, no se está promoviendo la cultura: se está promoviendo el entretenimiento como sustituto de la cultura.
Y en esto, la diferencia es clara y profunda.
El entretenimiento distrae.
La cultura construye.
El entretenimiento es pasajero.
La cultura es memoria.
El entretenimiento llena una plaza.
La cultura construye generaciones.
Lo que está en juego no es solamente la tradición de un festival. Es el modelo de ciudad que se está consolidando.
Una ciudad que renuncia a sus proyectos culturales más significativos pierde algo más que eventos: pierde su narrativa, su singularidad, su razón de ser, su norte. Se vuelve intercambiable, genérica, disponible para cualquier forma de transformación que el mercado o el poder decidan imponerle.
Porque cuando desaparece la cultura, cuando nadie defiende la ciudad, lo que sigue es casi predecible: centros comerciales, cadenas de negocios, inversiones inmobiliarias que transforman el territorio, no en función de la comunidad que lo habita, sino del capital que lo adquiere y tiene la capacidad de pagar.
Y mientras eso ocurre, el silencio se vuelve cómplice. El silencio de quienes saben lo que está pasando y callan o lo comentan en privado, pero no en público. El silencio de quienes observan, pero no cuestionan. El silencio de quienes prefieren la neutralidad antes que la defensa de lo que da identidad.
Ese silencio también construye ciudad. Pero construye una ciudad sin memoria.
Las acciones y las omisiones ciudadanas reflejan el tipo de futuro que estamos permitiendo. No basta con aplaudir o no aplaudir en la plaza si al mismo tiempo se permite que desaparezcan los proyectos que dieron sentido a ese mismo espacio.
No se trata de que la presentación en la plaza, enterrar cables y poner luces LED, sea malo.
Se trata de memoria.
Se trata de identidad.
Se trata de cultura.
Porque una ciudad no se define por sus escenarios, sino por su nivel de conciencia, identidad, cultura y memoria.
Suchitoto no puede convertirse en un escenario sin historia, en una postal vacía donde el espectáculo sustituya al significado. La cultura que le dio nombre no fue producto del azar. Fue el resultado de una ciudadanía que lucho y creyó en sí misma.
En tal sentido hoy, la pregunta es más urgente que nunca:
¿Seguiremos siendo espectadores de la desaparición de nuestra identidad, o seremos ciudadanos capaces de defenderla?
Porque en el silencio también se decide el futuro. Y todavía estamos a tiempo de elegir.





