Me llamo Ana Martínez. Mi historia es como la de muchas mujeres rurales que vivimos la guerra y el desplazamiento, pero también la organización comunitaria. Cuando la guerra empezó vivíamos en Santa Marta, Cabañas, pero ya no se podía vivir en paz. La Fuerza Armada no nos dejaba tranquilos. Por tanto dolor y tantas muertes, decidimos huir. Nos fuimos a Honduras, al refugio Mesa Grande, donde vivimos por siete años.

Cuando regresamos, primero volvimos a Santa Marta. Ya no había casas. Caminamos cargando nuestras cosas en la espalda. Muchas cosas se nos quedaron tiradas en el camino. Dormimos a la intemperie, luego en champas de nailon. Así empezamos otra vez, desde cero.
Después de un tiempo decidimos venirnos para El Papaturro, en Suchitoto, porque allá no había trabajo y uno del campo lo que quiere es trabajar. Llegamos en 1991, otra vez caminando. Yo venía con mis hijos. Mi esposo fue de los primeros que vino. En el camino, a él lo detuvo la Fuerza Armada. Pasó detenido hasta que unos compañeros de la comunidad (Juana y Rodrigo) llevaron un permiso para que los dejaran pasar. Aquí no había nada, solo monte. Tocó chapear, limpiar, hacer champa otra vez, volver a empezar.

Durante la guerra vivimos momentos muy duros. Hubo invasiones, amenazas y miedo. Los soldados llegaban armados, ponían ametralladoras en el patio y preguntaban por los guerrilleros. Yo siempre daba la cara. Me preguntaban a mí. Yo tenía miedo, pero también tenía que cuidar a mis hijos. Pensaba qué decir, cómo protegerlos.
Como a los quince días vino otra invasión. Para ese tiempo ya estaban en reuniones para los Acuerdos de Paz. Un soldado me dijo que nos íbamos a librar porque ya no tenían permiso para matar civiles, pero aún así nos amenazaron, diciendo que de nos ser por las reuniones, ahí hubiéramos quedado todos. Fue demasiado el sufrimiento que vivimos.
Cuando terminó la guerra, el cambio fue grande. Ya no se oían disparos, ya no llegaban los soldados, ya no vivíamos con ese temor a diario. Aunque a los adultos no se nos olvida lo que sufrimos. Hoy vemos a una comunidad diferente. Una comunidad bonita, reconstruida con el esfuerzo de cada familia.
Como mujer participé mucho en la organización comunitaria. Aquí siempre hemos sido una comunidad organizada. He sido parte de la directiva comunal y también participé varios años en el comité de mujeres. Cuando se llamaba a asamblea de mujeres, llegábamos todas. Todas participábamos.

Hoy veo que tanta lucha valió la pena. Hemos sufrido, hemos caminado, hemos tenido miedo, pero aquí estamos. Hoy vivimos mejor, en comunidad, como hermanos y hermanas, porque todos pasamos por lo mismo. Huimos juntos, regresamos juntos y aquí seguimos, bendito sea Dios.





