Irma Romero: La niña que asumió la enseñanza de la comunidad El Papaturro tras la Guerra Civil

Con apenas 12 años, Irma comenzó a enseñar en El Papaturro, una comunidad repoblada tras el conflicto armado. Su historia es parte de la memoria colectiva de un lugar que se levantó gracias al compromiso de las mujeres jóvenes que sostuvieron el derecho a aprender de la niñez rural.

Irma Esperanza Romero tiene 47 años y 35 de ellos los ha vivido en la comunidad El Papaturro, de Suchitoto. En 1992, cuando la comunidad recién se organizaba tras haber sido repoblada, la educación era una necesidad urgente. En ese contexto, siendo aún una adolescente, fue llamada por los liderazgos comunitarios para que, junto a otras niñas, asumiera la enseñanza de la niñez, una responsabilidad que marcaría su vida y la de varias generaciones de la comunidad. 

La educación en El Papaturro inició sin aulas ni recursos. Las primeras clases las impartieron bajo la sombra de los árboles y sobre las piedras. Posteriormente, gracias al esfuerzo comunitario, se construyó un aula provisional donde se atendía a parvularia por la mañana y primer grado por la tarde. Entre seis adolescentes educadoras atendían a una numerosa población infantil. 

En las horas del recreo jugaban y yo me metía a jugar con ellos; al final, yo también era una niña. Mientras enseñaba, sentía esas ganas de jugar y compartir. No era una metodología, era algo que me nacía. Al final del año escolar íbamos a la poza, hacíamos comida y vivíamos momentos felices, propios de la infancia”, recuerda Romero.

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Foto por Lourdes Kalusha-Aguirre

Estas niñas y adolescentes educadoras no sólo enseñaban, también estudiaban. Irma daba clases por la mañana y asistía a la escuela por la tarde. Primero se formó dentro de la misma comunidad, con el acompañamiento de una de sus compañeras que se desempeñaba como maestra, y más adelante tuvo que trasladarse hacia otra comunidad para continuar con sus estudios.

La educación comunitaria fue posible gracias a una red de apoyos. El Arzobispado de San Salvador brindó acompañamiento y capacitación, mientras que la directiva de la comunidad asumió la organización y el sostenimiento del proyecto educativo. De las seis educadoras, con el paso de los años solo dos permanecieron de manera constante, sosteniendo la escuela desde la vocación y el compromiso.

En el 2003 se construyó la actual escuela de El Papaturro. Ese momento coincidió con la graduación de Irma como docente, lo que le permitió acceder a una plaza oficial y garantizar la continuidad del proceso educativo.

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Foto por Lourdes Kalusha-Aguirre

Para Irma, la escuela de El Papaturro representa mucho más que un espacio de aprendizaje académico. Es una oportunidad para que niñas, niños y adolescentes se formen en valores, fortalezcan su identidad comunitaria y amplíen sus posibilidades de futuro, sin perder el vínculo con la comunidad.  

La memoria cultural también está ligada con la educación. Las pastorelas navideñas, organizadas desde los años noventa, se convirtieron en una práctica comunitaria que fortaleció la identidad de El Papaturro. Durante varios días, jóvenes, niños y niñas ensayaban cantos y poesías para recorrer las casas el 24 de diciembre. Esta tradición, coordinada por mujeres jóvenes como Irma, reforzó la organización comunitaria y el sentido de pertenencia. 

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Foto por Lourdes Kalusha-Aguirre

Hoy, 35 años después, Irma continúa trabajando por la educación de la niñez de la comunidad. Su historia, y la de las otras niñas educadoras, forma parte de la memoria histórica de una comunidad que reconstruyó su tejido social desde el cuidado, la educación y el liderazgo de las mujeres. Su experiencia muestra cómo las mujeres han sido importantes para garantizar derechos humanos y sostener la vida comunitaria. 

Por Carolina Mena

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