El Lago Suchitlán está pidiendo auxilio. No en metáforas, no en informes técnicos, no en discursos institucionales: está pidiendo auxilio en el único lenguaje con el que puede expresarse, con la cruda realidad. Lo dice las inmensas masas de basura que flotan en sus riberas como una piel enferma sobre sus aguas. Lo dice la lechuga acuática que meses atrás lo asfixió hasta cubrirlo casi por completo. Lo dicen los peces muertos que aparecieron en silencio, sin que nadie quisiera reconocer a tiempo lo que ya era evidente.
Hoy basta con acercarse a la orilla para entenderlo: el lago más grande de El Salvador está colapsando, y estamos dejando que muera ante nuestros ojos.
No se necesita ser experto ni técnico en humedales para notarlo. Se necesita, más bien, algo que nos está faltando como país: CONCIENCIA AMBIENTAL y la voluntad de ver lo que tenemos frente a los ojos.

Desde hace meses hemos visto a numerosas cuadrillas con uniformes del Ministerio de Obras Públicas liberando una lucha incansable por retirar la lechuga y hoy la basura de las riberas del Suchitlán. Recogen botellas, bolsas, envases y otra infinidad de cosas. Se esfuerzan. Luchan a mano abierta. En un mano a mano con la basura. Se toma la fotografía oficial. Se publica un post, -no un comunicado, no un informe técnico-, un post, un par de líneas y todo está “controlado”. La vida continua.

Mientras se lucha por retirar la basura de las riberas, nadie explica por qué está ocurriendo esto. Las instituciones responsables no han emitido ningún comunicado oficial sobre la situación del embalse y guardan silencio sobre sus propios hallazgos técnicos, pese a que este embalse es categoría Ramsar y clave para la generación hidroeléctrica. Las municipalidades indiferentes guardan silencio, y repiten el argumento más fácil: “la gente tira basura”. Y muchas organizaciones ambientales observan la crisis con una resignación que duele.

El Suchitlán es un sitio Ramsar, un humedal de importancia internacional. Pero lo estamos tratando —y asumiendo— como un charco cualquiera.
Luego, vienen los señalamientos. La narrativa más fácil: culpar al que menos puede defenderse. La culpa es de las comunidades ribereñas, que “no tienen conciencia ambiental”, “la gente tira basura a las quebradas” y que “las comunidades deben responsabilizarse del lago”. Cargarles la culpa a las familias ribereñas es un relato fácil, rápido y conveniente, pero injusto y técnicamente incorrecto.

Los estudios del propio MARN lo han dicho por años: la mayor parte de la contaminación viene de arriba, mucho más arriba. Río Lempa abajo viajan vertidos industriales, aguas negras sin tratamiento, descargas municipales, pesticidas agrícolas, sedimentos contaminados, basura —lo que el país entero arrastra y esconde bajo el discurso de la modernidad.
Culpar a una familia que vive en un cantón por la crisis de un embalse gigantesco es, una forma conveniente de encubrir la verdadera responsabilidad institucional.

Mientras se habla de progreso, modernidad y futuro el espejo de agua agoniza. La distancia entre narrativa y realidad es también simbólica: uno habla del futuro; el otro agoniza en el presente.
Mientras se firman compromisos y se anuncian proyectos, los recursos más urgentes del país para el río Lempa se orientan hacia otras zonas estratégicas: los drenajes que desembocan en Surf City, los corredores turísticos, los polos de inversión.

Y la pregunta cae por su propio peso: ¿Por qué los humedales que sostienen vida no reciben la atención que sí reciben las playas?

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La otra contaminación: la indiferencia
Pero hay otra contaminación que se extiende. Es más densa, más sutil, más contagiosa: la indiferencia.
La indiferencia institucional que reemplaza soluciones por fotos y post.
La indiferencia técnica que normaliza la tragedia.
La indiferencia ciudadana que observa el paisaje herido y dice: “qué lástima”, y se da la vuelta.
La indiferencia que convierte una crisis ecológica en narrativa.
El deterioro del Suchitlán no es solo un problema ambiental. Es un retrato social. Un espejo roto donde aparece la forma en que decidimos —o dejamos de decidir— sobre nuestro territorio.

Recordemos un humedal no muere por casualidad. Un lago no se llena de basura por azar. Un ecosistema no colapsa sin dar evidencias y que alguien lo vea venir.
Esto no ocurre desde ayer, sucede cuando, año tras año, preferimos callar incómodos. Sucede cuando culpamos a quienes menos tienen. Sucede cuando actuamos solo para la foto. Sucede cuando la política ambiental se convierte en propaganda, no en protección.

El embalse Cerrón Grande o lago Suchitlán fue creado por el gobierno, y nació en los años ´70 como una promesa de desarrollo, energía y prosperidad. Hoy, en sus aguas turbias, refleja algo distinto: un país que habla de progreso, pero que no cuida el medio ambiente; un país que prefiere fotos a acciones; un país que todavía no comprende que un lago vivo es una garantía de futuro. Y que un sitio Ramsar es un reservorio, refugio y ecosistema de vida natural.

¿Hasta cuándo?
Quizás esta sea la pregunta más honesta que podemos hacernos.
¿Hasta cuándo se seguirá reduciendo la crisis a operativos de limpieza?
¿Hasta cuándo vamos a permitir que un sitio Ramsar se ahogue sin que nadie asuma responsabilidad real?

El Lago Suchitlán necesita saneamiento verdadero, inversión sostenida, monitoreo científico, decisiones valientes. Y necesita, sobre todo, que dejemos de ser espectadores de su deterioro. La responsabilidad es colectiva. De las instituciones, de las organizaciones, de los gobiernos municipales, de los actores que toman decisiones y también de una ciudadanía que debe exigir con claridad.

La pregunta final, entonces, es inevitable:
¿Seguiremos dejando que el Suchitlán se asfixie en silencio, o comenzaremos por fin a defender lo que nos pertenece como territorio?
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Fotos cortesía Ministerio de Obras Públicas





