Por Elmer Martínez.
Entrar a los cementerios nos recuerdan que de algo que nadie escapa es de la muerte, independientemente del concepto que se tenga de ella o las creencias personales.
El Día de Finados, tiene una particularidad: tristeza y alegría. Se recuerda a las personas que han fallecido elevando oraciones o canticos por su memoria, y a la vez, entre risas y nostalgia se funden abrazos de reencuentros con familiares y amistades que en ocasiones solo se ven en esa fecha y en el mismo lugar; sitio en que lo escrito en una cruz, un epitafio en una lápida o hasta una canción recuerda a quienes descansan ahí, y que con flores, velas, suspiros y miradas al cielo se les honra con amor cada dos de noviembre.


En Suchitoto como es costumbre, semanas antes del día de los difuntos se realiza una jornada de desalojo de desechos en el camposanto al tiempo que un enjambre laborioso de mujeres y hombres de diferentes edades, se hacen presente ofreciendo sus servicios de limpieza, pintura y restauración de las tumbas, cruces y lapidas, en ocasiones tarea realizada también por los familiares, todo con el fin que el «Dos de Finados» luzcan bonitas y como homenaje a quienes ya trascendieron el plano terrenal.


Enflorar a nuestros muertos es una bonita costumbre que pasa de generación a generación y seguramente mientas exista la vida, esta tradición no morirá, ya que está unida por el amor, agradecimiento y nostalgia por los deudos.

Paralelo a ellos en otros lugares mujeres artesanas elaboran artísticas flores parafinadas, así como creativas coronas y ramos de diferentes colores que son comercializadas en dicha conmemoración, junto a las empinadas y hojuelas cuyo aroma se mezcla con el del ciprés, mirto y de otras flores que con entusiasmo ofrecen a la entrada del cementerio.


Algunas personas preparan muchas cosas y ritos para esta fecha, y pocas para cuando toque ese tránsito, tal como dice un verso del poeta suchitotense Rodman Sanabria: “Durante la vida hacemos tantos trayectos, dibujamos tantos planes, soñamos futuros interminables, pero casi nunca pensamos en ese viaje final que llega cuando menos lo esperamos, como un ladrón silencioso que nos traslada a otro umbral”

En Suchitoto, hay otros lugares donde reposan familiares y amistades como el cantón Milingo y comunidades en las que hay tumbas colectivas producto del conflicto armado, así como murales, donde se llega a rendirle homenaje a esos seres que han trascendido.


También hay familias que por esa historia del país no tienen donde poner una flor, derramar una lagrima, rezar un padre nuestro o un Ave María; por eso es muy significativo que este día en la capilla del Centro Arte para la Paz haya un altar como un espacio y abrazo colectivo para honrar y recordar a esos seres que ya partieron y hoy son memorias que iluminan.



Al igual que R. Sanabria, en esta fecha se puede reflexionar que hay que saldar cuentas con la vida, pedir perdón, soltar amarras, dejar ir los pesos que atan al ayer; para cuando llegue ese último viaje, irse sin miedo, sin culpas, con el corazón ligero, el alma agradecida recitando a Amado Nervo “Vida nada te debo, vida estamos en paz”

Que nuestros fieles difuntos descansen en paz, así sea.
Texto y fotografías: Elmer Martinez.





