Las mujeres del conflicto armado: Juana Guardado, defensora del derecho a la propiedad de la tierra en Suchitoto

Su historia se resume en la participación activa de las mujeres en la organización comunitaria, el retorno y la defensa del territorio en la posguerra salvadoreña. 

Mujer rural, mamá, refugiada y lideresa comunitaria. Juana Guardado es una de las mujeres que, desde el desplazamiento forzado durante el conflicto armado hasta la repoblación, desempeñó un papel importante en la asignación de la tierra y la reconstrucción del tejido social en Suchitoto.

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Foto por Lourdes Kalusha-Aguirre

Juana tiene 73 años y vive en la comunidad El Papaturro, un lugar que no solo habita, sino que también ayudó a fundar y defender. Antes del conflicto armado residía en la comunidad Santa Marta, donde pasaba sus días dedicada al trabajo doméstico y al cuidado de su familia. 

Con el avance del conflicto armado, la organización comunitaria comenzó a darse de forma clandestina y en pequeños grupos. Las reuniones se realizaban en secreto debido al riesgo permanente de persecución militar, bombardeos y ataques armados. 

La población civil, incluso Juana y su familia, vivió el miedo constante de los disparos, hasta que las comunidades recibieron la orientación de desalojar la zona. Las invasiones avanzaban y quienes permanecían en sus viviendas corrían el riesgo de ser asesinados.; muchas casas fueron incendiadas. Ante esta situación, Juana y su comunidad huyeron de manera colectiva hacia Honduras, manteniéndose unidos en medio del desplazamiento forzado.

El recorrido del exilio fue largo. Primero se asentaron en un caserío fronterizo, luego en La Virtud y posteriormente en los campamentos de Mesa Grande, en San Marcos de Ocotepeque, donde fueron coordinados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). 

Aunque gran parte del período de guerra Juana lo pasó en Honduras, su experiencia estuvo marcada por idas y venidas constantes hacia Chalatenango. En medio de invasiones militares y operativos aéreos, caminaban de noche, se refugiaban durante el día en quebradas y avanzaban lentamente para sobrevivir. La presencia de niños, mujeres y personas adultas mayores limitaba los avances armados de la guerrilla, lo que derivó en la decisión de concentrarlos en los campamentos de refugio. 

Durante el refugio, Juana se integró activamente a la organización comunitaria. Como mamá y refugiada, formó parte del grupo conocido como “Las Madres”, desde donde se impulsaron acciones colectivas para exigir los Acuerdos de Paz, el respeto a los derechos humanos y el retorno al país. Dichas acciones fueron importantes para que los mismos refugiados gestionaran su retorno a El Salvador. 

En asambleas multitudinarias realizadas en los campamentos, Juana fue una de las voces que defendió el derecho a volver, pese a que ACNUR les advirtió sobre la inseguridad en el país. Regresaron caminando, cansados de la escasez de alimentos, la falta de tierras para la producción agrícola y las restricciones en el acceso al agua. 

Juana regresó a El Salvador tras cinco años de estar refugiada, llegando primero a Santa Marta en 1987, donde permaneció por tres años más, hasta que en 1990 se incorporó al proceso de repoblación que daría origen a la comunidad El Papaturro. La decisión de trasladarse nuevamente respondió a la falta de tierras y agua, así como la necesidad de encontrar un lugar donde las familias pudieran reconstruir sus vidas. 

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Foto por Carolina Mena

En este proceso, Juana fue una de las primeras en explorar el territorio. Junto a un pequeño grupo, recorrió distintas zonas, pasando por lugares como Copapayo, Pepeshtenango y La Bermuda, hasta conocer las tierras que posteriormente serían repobladas.

El Papaturro era entonces una finca abandonada, con restos de cafetales y cañales, propiedad de antiguos terratenientes que habían dejado la tierra. Juana participó activamente en las gestiones para localizar a los propietarios y negociar la compra del terreno, articulando esfuerzos con organizaciones como CRIPDES, CORDES, PROGRESO, así como el Arzobispado y la Iglesia Luterana. Estas coordinaciones permitieron avanzar en un proceso colectivo de legalización de la a través del Banco de Tierras, enfrentando los precios elevados, las negociaciones complejas y los trámites prolongados. 

En este contexto, Juana emergió como una de las principales defensoras del derecho de las mujeres a la propiedad de la tierra. Ella cuestionó por qué solo los hombres serían beneficiarios y defendió la capacidad de las mujeres para trabajar, pagar y sostener la tierra. Argumentó que muchas mujeres habían quedado viudas durante la guerra y eran responsables de sus hijos e hijas. Juana sostuvo que la tierra debía garantizarse también a las mujeres como una medida de justicia. 

Juana asumió roles de liderazgo comunitario y coordinó procesos organizativos en El Papaturro. Fue vocera en reuniones, asambleas y foros nacionales, y se encargó de informar de manera constante a la comunidad sobre los avances y decisiones relacionadas con la tierra. 

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Foto por Lourdes Kalusha-Aguirre

Gracias a los procesos de incidencia, las mujeres lograron acceder legalmente a la tierra, marcando un hito histórico en la lucha comunitaria. Para Juana, la fundación de El Papaturro significó rescatar un territorio marcado por la violencia y el abandono. Considera que repoblar fue un acto necesario, no solo para asegurar la calidad de vida de las familias, sino para honrar a quienes murieron durante el conflicto armado. 

Juana considera que la resistencia se construye en el camino, especialmente cuando la lucha es por la tierra y la organización comunitaria. Las mujeres del conflicto armado no solo resistieron al desplazamiento y la violencia provocada por la Guerra Civil, sino que lideraron procesos de retorno, repoblación, organización y defensa del territorio. 

Por Carolina Mena

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