En la primera parte de esta entrevista conocimos al hombre detrás del gestor: sus raíces, su infancia entre cafetales y lecturas, su formación espiritual y el descubrimiento del arte como una manera de servir. Pero comprender a Elmer Martínez es también entender su mirada sobre Suchitoto —un pueblo en transformación, un territorio donde la memoria lucha por no ser silenciada y donde el arte se convierte en refugio y resistencia, un personaje que se esfuerza por construir y ser un artesano de la paz.
“El arte y la cultura son el pan espiritual del pueblo”, suele repetir con la serenidad de quien ha vivido la historia y la ha sentido en carne propia. Esa convicción lo ha llevado a convertirse en una de las voces críticas de la gestión cultural en Suchitoto, una voz que no teme decir lo que otros callan: que, sin participación, sin identidad y sin conciencia del patrimonio, el futuro cultural de la ciudad puede desvanecerse entre los espejismos del turismo y la indiferencia.



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La cultura de paz como una siembra permanente
Recientemente, Elmer Martínez fue reconocido por la Academia Unidos por el Arte – Filial El Salvador, parte de la Academia Nacional e Internacional de Poesía de México, por su aporte a la cultura de paz. Al preguntar sobre este galardón, su tono se vuelve humilde:
“Lo recibí a nombre de los hombres y mujeres que, desde el anonimato, contribuyen grandemente a una sociedad más incluyente, justa y esperanzadora”.
Para él, la paz no es una palabra abstracta ni una postal de reconciliación. “La paz no es solo callar los fusiles —dice—, ni un cese de fuego firmado en un papel. Es construir una convivencia fraterna, con mejor acceso a la educación, la salud, la cultura, el deporte y la empatía entre familias y comunidades”.

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Elmer entiende la paz como un proceso cotidiano, tejido con manos colectivas. Como el trabajo de un artesano, que con paciencia y entrega va construyendo. La ve en el arte que sensibiliza, en la palabra que une, en la juventud que se organiza. Por eso insiste: “El arte genera pensamiento crítico, y eso ayuda a cohesionar positivamente a una comunidad”.

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Cuando se le pregunta por los proyectos que han contribuido a ese espíritu en Suchitoto, su respuesta es amplia, casi coral. Habla del Festival Internacional Permanente de Arte y Cultura, fundado por Alejandro Cotto en 1991, que permitió “reunir a la población diezmada por la guerra y devolverle la alegría de estar juntos”. Menciona el Centro Arte para la Paz, y el legado de la hermana Peggy, “que sigue sanando almas y formando generaciones”; la Parroquia Santa Lucía, con su papel espiritual y su capacidad de unir lo rural y lo urbano; y la Casa Clementina, con su enjambre de niños, cine, formación y esperanza.

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También reconoce el trabajo de las organizaciones y colectivos de mujeres, que han logrado hacer grandes contribuciones en la defensa de los derechos humanos y el medio ambiente, así como en el impulso de la agroecología y la economía local en Suchitoto y sus comunidades. Elmer también reconoce el aporte de la Casa del Adulto Mayor, de los maestros en centros educativos que promueven actividades culturales, y de las organizaciones ambientales que defienden el lago Suchitlán y el derecho al agua. “Todos esos esfuerzos —afirma— son parte de la cultura de paz. No porque hablen de ella estrictamente, sino porque en su labor la construyen cada día desde el respeto, la empatía y el trabajo comunitario”.

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La transformación de un pueblo y sus silencios
Elmer ha sido testigo de las transformaciones sociales, culturales y urbanas que ha vivido Suchitoto. Su análisis es agudo, sin perder la ternura del amor que lo sostiene. “Toda sociedad cambia, pero hay que ser responsables con los cambios”, advierte. Y enseguida matiza: “El progreso, el desarrollo y el arte deben ir de la mano. No puede haber progreso si se destruye lo que nos da identidad”.
Con tono preocupado, señala uno de los temas que más lo inquietan: la preservación del patrimonio edificado. “Ni las autoridades locales ni las centrales prestan importancia a las intervenciones que se están haciendo en el centro histórico —dice—. Se han realizado obras sin mayor estudio, sin escuchar a la población que reclama con justo derecho el respeto a las ordenanzas y leyes que protegen nuestro patrimonio”.
Habla con firmeza, y dentro de sus reflexiones hace una fuerte crítica: “La prepotencia y la indiferencia están a flor de piel en muchos funcionarios —lamenta—. Son aves de paso que no tienen cariño por la ciudad ni por su historia, y están dejando un daño que la memoria recordará”.
Sin embargo, no todo es desánimo. Reconoce los avances sociales, especialmente en la organización comunitaria, y reconoce el protagonismo de las mujeres y las nuevas generaciones que luchan por el medio ambiente. “Veo esperanza en los grupos juveniles, en las comunidades que limpian el lago, que luchan por el agua, que se unen para prevenir incendios forestales. Ellos están retomando el sentido de que esta es la Casa de Todos”.

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Turismo, cultura e identidad: una balanza en desequilibrio
Suchitoto ha sido reconocida por décadas como la “capital cultural de El Salvador”, pero hoy, Elmer teme que ese título se vuelva más decorativo que real. “Sí, el arte y la cultura siguen siendo la marca de Suchitoto —admite—, pero corremos el riesgo de perder la esencia si el turismo y la cultura no se complementan”.
Con tono reflexivo, analiza esa relación: “Por el momento, el turismo, la cultura y la identidad caminan cada uno por su lado. No están peleados, pero tampoco se acompañan. Falta un liderazgo que los anime a andar juntos, que piense en el beneficio común y deje de lado los intereses personales”.
Su crítica apunta a algo más profundo: el peligro de la sustitución de lo propio por lo ajeno. Cita un ejemplo: “Se organizan grandes celebraciones del Día de Muertos al estilo mexicano, con recursos y promoción, mientras nuestras tradiciones, como el Día de la Cruz, se invisibilizan. Como decía mi abuela: candil de la calle, oscuridad de la casa”.
Para Elmer, el problema no es la apertura a otras culturas, sino el abandono de lo propio. “No todo lo que viene de fuera es malo —reconoce—, lo incorrecto es promover el desprecio por nuestras costumbres en nombre de modas ajenas”. Su visión busca impulsar un equilibrio: defender lo local pero sin miedo a dialogar con el mundo.

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Gestión cultural: entre la fe y la crítica
Elmer se define como “una voz motivadora, pero también crítica”. Cree que la gestión cultural no debe limitarse a organizar eventos, sino a despertar conciencia. Por eso valora el trabajo de los colectivos locales, de los artistas independientes, de las organizaciones culturales y de la propia ciudadanía. “Todos los actores, desde las iglesias hasta los empresarios, desde las ONG hasta las comunidades, debemos sumarnos a un proyecto de unidad por un mejor Suchitoto”, dice con esperanza.
Habla también de la diáspora suchitotense, ese tejido disperso que, según él, puede jugar un papel clave en el futuro. “Hay que motivarlos a involucrarse, a aportar ideas, a sentirse parte de este territorio aunque estén lejos”. Su mirada trasciende las fronteras: lo importante, dice, es mantener el hilo invisible que une la identidad con la memoria.



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Entre sus proyectos más recientes está “Un café con Elmer Martínez”, un espacio audiovisual de entrevistas transmitido por GacetaTV, que pronto llegará a 50 ediciones. “Es una maravillosa oportunidad —afirma— para compartir con la audiencia el orgullo de nuestra gente, de las mujeres y hombres que engrandecen al distrito del pájaro y la flor con su trabajo diario”.
El programa, agrega, se ha convertido en “una escuela donde aprendo de los invitados, de la tecnología, de los productores y de mí mismo”. Más que entrevistas, son encuentros donde la voz local se reconoce, se dignifica y se multiplica.



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Legado, esperanza y futuro
A lo largo de la conversación, Elmer repite una palabra que parece resumir su filosofía: servir. Servir a su comunidad, a la cultura, a la memoria. “Mi legado aún no lo dejo, lo estoy construyendo —dice con humildad—. Como escribió San Juan de la Cruz: al atardecer de nuestra vida seremos recordados por el bien que hayamos hecho”.
Su mirada hacia el futuro es esperanzadora. Sueña con que el Festival de Altares de la Cruz continúe fortaleciéndose, con que el legado de Alejandro Cotto siga iluminando el camino cultural del distrito, y con que su programa “Un café con Elmer Martínez” llegue a más plataformas y audiencias. “El futuro lo veo esperanzador, porque en la medida de nuestro esfuerzo y optimismo, salimos adelante”.
Al hablar de las nuevas generaciones, su tono se vuelve pedagógico y animador. “Esta es una aventura que no necesariamente da prestigio individual —dice—, pero sí trae satisfacciones colectivas. El arte y la cultura salvan a los pueblos, y quien elige ese camino debe andarlo sin retroceder: ni un paso atrás, ni para tomar fuerza”.
Y cuando se le pregunta cómo quisiera ser recordado, sonríe y responde con sencillez:
“Como un aprendiz de ser humano que quiso a Suchitoto y al país con sus virtudes, sus retos y su historia”.
En un tiempo donde las luces del espectáculo a menudo opacan la esencia del arte, la figura de Elmer Martínez recuerda que la cultura es, ante todo, un acto de servicio. Su palabra no busca protagonismo, sino continuidad. Su voz no impone, convoca. Su mirada no critica para dividir, sino para sanar.
“Esta es una aventura que no necesariamente da prestigio individual, pero sí trae satisfacciones colectivas. El arte y la cultura salvan a los pueblos, y quien elige ese camino debe andarlo sin retroceder: ni un paso atrás, ni para tomar fuerza» -Elmer Martínez
Elmer Martínez pertenece a esa generación de guardianes invisibles de la cultura, los que con constancia y sin ruido sostienen la memoria de un pueblo con gestos, palabras y acciones. Su voz es testimonio y advertencia, pero también consuelo y esperanza.
Suchitoto no es solo un lugar en el mapa, sino una casa espiritual donde el arte es semilla y la paz es cosecha. Y mientras su esfuerzo siga caminando y habitando las calles, las plazas y los corazones, el alma de la ciudad seguirá latiendo con fuerza, recordándonos que la cultura no es un lujo: es la manera más profunda de permanecer humanos y que esta es responsabilidad de todas y todos.
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Elmer Martínez (Suchitoto, Cuscatlán) es gestor cultural, comunicador y promotor del arte comunitario. Fundador del Festival de Altares de la Cruz, colaborador del Festival Permanente de Arte y Cultura, parte del Equipo del periódico digital Gaceta Suchitoto y conductor del programa “Un café con Elmer Martínez”. En 2025 recibe la Medalla al Mérito Artístico por la Cultura de Paz, otorgada por la Academia Unidos por el Arte – Filial El Salvador.





