El pasado 20 de junio del 2026, Carlos Numa Beltrán falleció en la comunidad de Copapayo, Suchitoto. Más allá de las dificultades que marcaron su vida, “Numa” -como era conocido- supo convertir la sencillez, la generosidad y la alegría en el legado que hoy guardan quienes lo conocieron. Compartimos una colaboración con unas pequeñas líneas en homenaje a su vida, que reconstruye la historia de un hombre que hizo del cariño su mayor riqueza y que permanece vivo en la memoria de Copapayo, Suchitoto y de todos aquellos que alguna vez recibieron una sonrisa, un dibujo o una conversación entrañable con Numa.

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A la memoria de «Numa»
Hay personas que llegan al mundo para hacerse notar por su riqueza, por sus títulos o por el lugar que ocupan en la sociedad. Y hay otras que dejan una huella mucho más profunda: la que permanece en el corazón de quienes tuvieron la dicha de conocerlas.
Así fue Carlos Numa Beltrán. Para muchos era simplemente Numa. Un hombre de sonrisa sincera, de carcajadas inolvidables, de bromas espontáneas y de una capacidad única para hacer amigos dondequiera que llegara. Su nombre era conocido no solo en Copapayo, sino también en Cinquera, Pepeishtenango, Agua Caliente, Suchitoto y muchas comunidades cercanas.
Era uno de esos personajes que parecían pertenecer a todos, porque en cada lugar había alguien que tenía una historia que contar sobre él.
Su vida comenzó marcada por circunstancias difíciles. Desde muy pequeño enfrentó situaciones familiares complejas que hicieron de su infancia un camino lleno de obstáculos.
Fue criado por su abuela, quien se convirtió en el refugio y el cariño que necesitaba. Tras la pérdida de ella, continuó creciendo en medio de nuevas dificultades y también conoció el dolor del rechazo por parte de algunos miembros de su familia paterna.
Sin embargo, esa historia nunca definió la persona en la que se convirtió. A pesar de todo, logró culminar sus estudios de bachillerato, demostrando que tenía deseos de salir adelante. Más adelante emprendió un camino distinto, recorriendo diferentes lugares hasta llegar a Copapayo, comunidad que con el tiempo se convertiría en su hogar de corazón.
Fue entonces cuando comenzó una historia que duraría décadas. Desde muy joven empezó a llegar a la casa de la familia Funes. Allí encontró personas que siempre le abrieron las puertas, compartieron un plato de comida, una conversación y un lugar donde descansar.
No fue la única familia que marcó su vida. Siempre hablaba con profundo agradecimiento de doña Flor Galdámez y de doña Bety Galdámez, personas que nunca dejaron de brindarle apoyo y afecto. Él mismo solía decir que ellas habían estado entre quienes más lo ayudaron a lo largo de los años.
Pero si algo hacía especial a Numa era que jamás se quedó únicamente recibiendo. Siempre encontraba una manera de devolver el cariño. Tenía un talento extraordinario para el dibujo y la pintura. Quienes lo conocieron recuerdan la facilidad con la que transformaba una hoja en blanco en una obra llena de vida.
Muchos niños acudían a él cuando necesitaban ayuda con un dibujo para la escuela porque sabían que lo haría con paciencia y dedicación. Su talento también quedó plasmado en la comunidad con un mural de Monseñor Óscar Arnulfo Romero pintado sobre un tanque de agua en Copapayo. Aunque con el paso del tiempo esa obra desapareció, permanece en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de admirarla y de conocer el talento que Numa llevaba en sus manos.

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Pero sus habilidades no terminaban ahí. Había vivido durante un tiempo en México y en Estados Unidos, experiencia que le permitió aprender inglés con gran fluidez. Esa capacidad sorprendía a muchas personas. Era común verlo conversando naturalmente con turistas extranjeros que visitaban Suchitoto y sus alrededores, convirtiéndose casi sin proponérselo en un puente entre distintas culturas.
También sabía lustrar zapatos, un oficio que realizaba con mucha dedicación y habilidad. Quienes tuvieron la oportunidad de verlo trabajar recuerdan el esmero con el que dejaba cada par impecable, reflejando que incluso en las tareas más sencillas ponía empeño y orgullo por hacer las cosas bien.
También decía practicar karate y, de vez en cuando, sorprendía a quienes estaban cerca demostrando algunos movimientos que despertaban la admiración y, muchas veces, la risa de quienes lo rodeaban.

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Porque Numa tenía un don muy especial. Sabía hacer feliz a la gente. Le encantaba contar historias, hacer bromas y reír con esa carcajada tan característica que quienes lo conocieron jamás olvidarán.
Su alegría era contagiosa. Bastaban unos minutos con él para terminar sonriendo. Esa autenticidad hizo que se convirtiera en un personaje muy querido dentro de la zona. Fue entrevistado en diferentes ocasiones e incluso apareció en un video junto al reconocido personaje salvadoreño La Tenchis Céliber, reflejo de lo conocido y apreciado que era entre la gente.
Pero ninguna de esas cosas era lo que más lo definía. Su mayor talento era su corazón. Aunque vivía con muy poco y muchas veces dependía de la solidaridad de otras personas, nunca dejó que la escasez le robara la generosidad.
Cuando alguien le regalaba un poco de dinero, muchos le aconsejaban que lo utilizara para sí mismo, para cubrir sus propias necesidades. Él hacía algo diferente. Iba a comprar frutas, dulces o cualquier pequeño detalle para regalárselo a los niños. Parecía encontrar más felicidad viendo sonreír a otros que pensando en él mismo. Y eso explica por qué tantas personas lo recuerdan con tanto cariño.
Porque hay quienes poseen mucho y comparten poco. Y hay quienes, como Numa, teniendo casi nada, eran capaces de darlo todo. Muchos niños crecieron esperando verlo llegar. Sabían que, si aparecía Numa, seguramente traería una historia divertida, una broma, una fruta o simplemente una plática llena de sinceridad.
Con el paso de los años dejó de ser únicamente un habitante conocido de Copapayo. Se convirtió en parte de la memoria colectiva de toda una comunidad. Hablar de Numa es hablar del hombre que siempre saludaba.
Del artista que encontraba belleza donde otros solo veían paredes. Del amigo que nunca dejaba pasar la oportunidad de hacer reír. Del hombre que conversaba con turistas en inglés y luego se sentaba a compartir con la misma sencillez con cualquier vecino. Del ser humano que nunca permitió que las heridas de su pasado destruyeran la bondad de su presente.

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Su legado no está escrito en monumentos. Está escrito en los recuerdos de quienes compartieron una comida con él. En los niños a quienes les regaló una fruta. En quienes todavía sonríen al recordar alguna de sus ocurrencias. En quienes recibieron uno de sus dibujos.
Y en todas las personas que un día descubrieron que la verdadera riqueza no siempre se guarda en una cuenta bancaria. A veces vive en un corazón dispuesto a compartir.
Hoy su ausencia deja un vacío difícil de llenar. Pero su historia seguirá caminando por las calles de Copapayo, de Suchitoto y de cada comunidad donde alguna vez alguien escuchó su risa. Porque las personas verdaderamente buenas nunca desaparecen del todo.
Permanecen viviendo en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de llamarlas amigo. Descansa en paz, Carlos Numa Beltrán. Tu mayor obra nunca fue un mural. Fue el cariño que sembraste en la vida de tantas personas.
Texto y fotografías: Comunidad Copapayo.
*Carlos Numa Beltrán Pérez. (Cojutepeque 31 de enero 1980 – Suchitoto 20 de junio 2026).





