Cuando hablamos de Suchitoto, siempre la destacamos como una ciudad histórica y cultural, con un importante legado patrimonial reconocido en declaratorias como sitio de interés cultural para el país. Pero pocas veces hablamos y destacamos a aquellas personas que a lo largo de la historia se han dedicado a proteger, resguardar e investigar ese pasado. Porque hay quienes dedican su vida a escuchar esas voces e impedir que el tiempo las borre. Son los cronistas del tiempo. Uno de ellos es el ingeniero Mario Ernesto Rodríguez Sosa, suchitotense de nacimiento, investigador por convicción y uno de los guardianes silenciosos de la memoria histórica de Suchitoto.
Su trabajo no nace de la academia formal, ni de financiamientos institucionales o universitarios. Surge, más bien, de una inquietud profunda: entender el pasado para sostener la identidad de un pueblo que, como muchos otros, enfrenta el riesgo constante de la desmemoria y el olvido.

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Los primeros recuerdos: una infancia entre relatos y leyendas
“Nací en Suchitoto el 18 de junio de 1948…”, nos comienza relatando don Mario, ubicando su origen en una casa frente al mercado, en el corazón mismo de la ciudad. Aunque su vida lo ha llevado fuera por muchos años, Suchitoto nunca dejó de habitarlo.
Sus recuerdos de infancia no son solo personales, son también colectivos: una memoria viva de un pueblo que se narraba a sí mismo a través de la convivencia y tradición oral.
“Eran épocas donde las costumbres y tradiciones formaban parte del acervo cultural”, recuerda. Y enumera escenas que hoy parecen pertenecer a otro tiempo: las ventas dominicales en la plaza, los melones y sandías traídos desde las orillas del río Lempa, las funciones de cine de don Foncho Coto, o las historias que se contaban entre susurros: “las apariciones del cura sin cabeza… la aparición del cadejo en el zanjón”.
En ese universo de relatos, su abuela materna jugó un papel fundamental: “la transmisión oral de la familia… ella se ocupaba del papel preponderante”. Ahí, sin saberlo, hoy reconoce que sin duda comenzaba a formarse el vínculo entre memoria, identidad y pertenencia.
De la ingeniería a la antropología: el despertar de una vocación tardía
Su camino profesional no comenzó en la historia. Fue la ingeniería la que marcó su formación académica, de la cual dedicaremos otros artículos aparte para hablar sobre sus proyectos. Sin embargo, el interés por el pasado emergió años más adelante, casi como una necesidad vital.
“Este interés… está relacionado con el ocaso de mi vida profesional y la transición a ser de tercera edad”, explica con honestidad. Lejos de significar retiro, ese momento se convirtió en un nuevo comienzo. En 2005 decidió estudiar Antropología Cultural en la Universidad de El Salvador, comprendiendo que para investigar la historia de un pueblo era necesario entender sus procesos culturales.
Pero su motivación iba más allá de lo académico. Había una incomodidad con las formas tradicionales de contar la historia: “Para los investigadores solo es importante los grandes acontecimientos y se invisibiliza muchos hechos de menor importancia”.
Ahí nace su apuesta: rescatar lo que no se cuenta, lo que queda al margen, lo cotidiano, lo aparentemente pequeño, pero profundamente significativo.

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El archivo como territorio de descubrimiento
La labor de don Mario lo ha llevado a sumergirse en archivos, documentos antiguos, registros eclesiásticos y publicaciones oficiales. Su trabajo es paciente, silencioso, minucioso y muchas veces solitario.
Entre los documentos que más lo han marcado menciona uno en particular: “Testimonio del expediente de medidas de las tierras… de 1742”.
Pero su investigación no se detiene en un solo hallazgo. Ha recorrido el Diario Oficial desde 1847, el Archivo General de la Nación, el Centro Nacional de Registros y los libros parroquiales de bautismos, matrimonios y defunciones de la Iglesia de Santa Lucía.
Para él, los archivos son mucho más que papeles antiguos: “Nos permiten adentrarnos más en la historia de los pueblos, sus habitantes, sus obras… la cosmovisión de esas sociedades con el paso del tiempo”.
En ese recorrido ha logrado reconstruir fragmentos importantes de la historia local: la ubicación del primer cementerio, datos sobre la antigua Iglesia de Santa Lucía, e incluso referencias a personajes históricos nacidos en Suchitoto.

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Lo visible y lo invisible en la historia
Uno de los aportes más importantes de su trabajo es la insistencia en mirar lo que ha sido ignorado.
“Consideré conveniente buscar lugares o personajes y resaltar a esos sujetos invisibilizados”, afirma.
Su visión rompe con la historia tradicional centrada en grandes figuras o eventos, para dar paso a una historia más humana, más cercana, más compleja.
Incluso se adentra en hipótesis que aún esperan confirmación, como la posibilidad de que el primer asentamiento de la Villa de San Salvador haya estado en el valle de los Almendros, o la existencia de un antiguo juego de pelota en la zona.
Es en esa frontera entre lo documentado y lo por descubrir donde su trabajo cobra mayor relevancia.
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Suchitoto: identidad, transformación y resistencia
Para don Mario, Suchitoto es un espacio de confluencias culturales.
“Se nutrió de la emigración tanto de los españoles, indígenas foráneos y mulatos”, explica, destacando su carácter diverso desde sus orígenes.
A pesar de los cambios, considera que la ciudad ha logrado preservar su identidad, aunque no sin tensiones: “Los avances tecnológicos provocan algunos cambios culturales… lo importante es que esos cambios sean graduales”.
Recuerda cómo prácticas que antes eran centrales han desaparecido: peregrinaciones, cofradías, dinámicas comunitarias. Y señala transformaciones más recientes, como el cambio de la plaza de mercado a espacio turístico.
Sin embargo, reconoce una constante: la vocación cultural del pueblo.
“Siempre en ese mismo siglo Suchitoto era considerado como una ciudad poetisa… esto denota que es un pueblo vivo”.

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La amenaza del olvido
A pesar de los esfuerzos individuales, don Mario advierte sobre un problema estructural: la falta de interés por preservar los archivos históricos.
“En todas partes existe poco interés… en nuestro país no es la excepción”, señala.
Su postura frente al papel del Estado es clara y directa: “Esperar apoyo institucional es perder el tiempo”.
Para él, la responsabilidad recae principalmente en la ciudadanía. Son las personas quienes deben exigir, proteger y construir la memoria colectiva.
Porque lo que está en juego no es menor: “Se vuelven pueblos sin historia”.
Y un pueblo sin historia, advierte, está condenado a repetir sus errores.
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El valor del tiempo y el sentido del legado
Lejos de buscar reconocimiento, don Mario asume su trabajo con humildad.
“Siempre lo he considerado como un complemento… un descanso de la rutina diaria”, dice.
Sin embargo, detrás de esa modestia hay una profunda ética del conocimiento: investigar sin esperar nada a cambio, aportar desde lo posible, dejar huella sin imponerla.
“No es importante considerar si su investigación es comprendida o valorada… eso lo dejo que con el tiempo se considere”.
Su mayor reto ha sido escribir, organizar, dar forma a todo lo encontrado. Su mayor satisfacción, en cambio, sigue siendo el descubrimiento: “Cuando se ha encontrado algún tema… se constituye un reto”.
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El futuro de la memoria: entre la urgencia y la esperanza
A pesar de las dificultades, don Mario mantiene una mirada esperanzadora.
Reconoce el potencial de las nuevas generaciones y de las tecnologías digitales para preservar la memoria más reciente. Pero también advierte sobre tareas urgentes: digitalizar archivos, crear bases de datos, abrir espacios de investigación.
“Se debe establecer una base de datos… pueden ser de tipo física o digital”, propone.
Y destaca el papel de la juventud: “Suchitoto cuenta con varios jóvenes prometedores… es bueno incentivarlos”.

Suchitoto como raíz y recuerdo
Al final, cuando se le pregunta qué significa Suchitoto para él, la respuesta deja de ser histórica y se vuelve profundamente personal: “El lugar donde nacimos mi hermano y yo… un lugar de mis recuerdos infantiles”.
En esa frase se condensa todo: la historia como memoria viva, como vínculo afectivo, como territorio íntimo.
La labor de Mario Ernesto Rodríguez Sosa nos recuerda que la historia no vive únicamente en los libros, sino en la voluntad de quienes deciden preservarla.
En tiempos donde lo inmediato parece imponerse sobre lo permanente, su trabajo es un acto de resistencia: rescatar lo olvidado, documentar lo invisible, y recordarnos que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro.
Porque, como él mismo lo afirma con claridad: “Fomentar la memoria histórica es la clave de la identidad”.
Imagenes cortesía: Mario Ernesto Rodríguez Sosa





