Mario Ernesto Rodríguez Sosa: custodio de la memoria de Suchitoto

 

Cuando hablamos de Suchitoto, siempre la destacamos como una ciudad histórica y cultural, con un importante legado patrimonial reconocido en declaratorias como sitio de interés cultural para el país. Pero pocas veces hablamos y destacamos a aquellas personas que a lo largo de la historia se han dedicado a proteger, resguardar e investigar ese pasado. Porque hay quienes dedican su vida a escuchar esas voces e impedir que el tiempo las borre. Son los cronistas del tiempo. Uno de ellos es el ingeniero Mario Ernesto Rodríguez Sosa, suchitotense de nacimiento, investigador por convicción y uno de los guardianes silenciosos de la memoria histórica de Suchitoto.

Su trabajo no nace de la academia formal, ni de financiamientos institucionales o universitarios. Surge, más bien, de una inquietud profunda: entender el pasado para sostener la identidad de un pueblo que, como muchos otros, enfrenta el riesgo constante de la desmemoria y el olvido.

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Los primeros recuerdos: una infancia entre relatos y leyendas

“Nací en Suchitoto el 18 de junio de 1948, en la casa de esquina frente al mercado al costado sur-oriente…”, nos comienza relatando don Mario, ubicando su origen en una casa frente al mercado, en el corazón mismo de la ciudad. Aunque su vida lo ha llevado fuera por muchos años, Suchitoto nunca dejó de habitarlo. «Mis padres eran maestros y me contaron que a los tres meses de nacido los trasladaron. Luego en 1956 volvimos, mi padre fue director de la Escuela Normal de Suchitoto por dos años, por lo que mi hermano (ya fallecido) y yo estuvimos estudiando en la Escuela Isaac Ruíz Araujo. Luego en 1958 asistimos a la celebración del primer centenario de la ciudad de Suchitoto».

Sus recuerdos de infancia no son solo personales, son también colectivos: una memoria viva de un pueblo que se narraba a sí mismo a través de la convivencia y tradición oral.

“Eran épocas donde las costumbres y tradiciones formaban parte del acervo cultural”, recuerda. Y enumera escenas que hoy parecen pertenecer a otro tiempo: las ventas dominicales en la plaza, los melones y sandías traídos desde las orillas del río Lempa, las funciones de cine, o las historias que se contaban entre susurros: «Por ejemplo: recuerdo las conversaciones del señor Elías Reyes Córdova (que trabajaba como ordenanza en la Normal), las apariciones del cura sin cabeza en el nacimiento de agua de San Juan, la aparición del cadejo en el zanjón hoy calle de la alcaldía hacia el poniente; los domingos las ventas en la Plaza Central con sus velachos donde vendían sandías grandes y redondas de color verde, los melones grandes y todos ellos producidos a las orillas del río Lempa; Los días sábados las funciones del cine de don Foncho Coto; esos sábados en la tarde las clases de catecismo y el regalo por asistir y la sorpresa, etc.»

En ese universo de relatos, su abuela materna jugó un papel fundamental: “la transmisión oral de la familia… ella se ocupaba del papel preponderante”. Ahí, sin saberlo, hoy reconoce que sin duda comenzaba a formarse el vínculo entre memoria, identidad y pertenencia.

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De la ingeniería a la antropología: el despertar de una vocación tardía

Su camino profesional no comenzó en la historia. Fue la ingeniería la que marcó su formación académica, de la cual dedicaremos otros artículos aparte para hablar sobre sus proyectos. Sin embargo, el interés por el pasado emergió años más adelante, casi como una necesidad vital.

“Este interés… está relacionado con el ocaso de mi vida profesional y la transición a ser de la tercera edad”, explica con honestidad. Lejos de significar retiro, ese momento se convirtió en un nuevo comienzo. En 2005 decidió estudiar Antropología Cultural en la Universidad de El Salvador, comprendiendo que para investigar la historia de un pueblo era necesario entender sus procesos culturales.

Pero su motivación iba más allá de lo académico. Había una incomodidad con las formas tradicionales de contar la historia: “Para los investigadores solo es importante los grandes acontecimientos y se invisibiliza muchos hechos de menor importancia”.

Ahí nace su apuesta: rescatar lo que no se cuenta, lo que queda al margen, lo cotidiano, lo aparentemente pequeño, pero profundamente significativo.

 

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El archivo como territorio de descubrimiento

La labor de don Mario lo ha llevado a sumergirse en archivos, documentos antiguos, registros eclesiásticos y publicaciones oficiales. Su trabajo es paciente, silencioso, minucioso y muchas veces solitario.

Entre los documentos que más lo han marcado menciona uno en particular: “Testimonio del expediente de medidas de las tierras que por ejidos goza el pueblo de Santa Lucía Suchitoto”, elaborada la medición el siete de noviembre de 1742 (este documento se encuentra en los Archivos de la Nación).

Pero su investigación no se detiene en un solo hallazgo. Ha recorrido el Diario Oficial desde 1847, el Archivo General de la Nación, el Centro Nacional de Registros y los libros parroquiales de bautismos, matrimonios y defunciones de la Iglesia de Santa Lucía, entre otros.

«En lo referente a las investigaciones de Suchitoto: lo primero fue la búsqueda de investigaciones realizadas de sucesos de dicho lugar (no es mucha); viendo las citas de esos autores me propuse dar el siguiente paso que era en la Gaceta o Diario Oficial que comenzó en 1847; acudí al Archivo de la Nación en el Catálogo de Fondo de Tierras donde solo encontré los ejidos de Suchitoto y la Hacienda San de Palaus; aunque no he terminado de investigar (hasta el año 1927), en el Centro Nacional del Registro de la propiedad; por razones de movilidad estoy transcribiendo los Libros Eclesiásticos de Bautismo, Casamientos y Entierros de la parroquia de Santa Lucía Suchitoto (me encuentro por los años de 1825).»

Para él, los archivos son mucho más que papeles antiguos: “Nos permiten adentrarnos más en la historia de los pueblos, sus habitantes, sus obras… la cosmovisión de esas sociedades con el paso del tiempo”.

En ese recorrido ha logrado reconstruir fragmentos importantes de la historia local: la ubicación del primer cementerio, datos sobre la antigua Iglesia de Santa Lucía, genealogías, e incluso referencias a personajes históricos nacidos en Suchitoto.

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Lo visible y lo invisible en la historia

Uno de los aportes más importantes de su trabajo es la insistencia en mirar lo que ha sido ignorado.

“Consideré conveniente buscar lugares o personajes y resaltar a esos sujetos invisibilizados”, afirma.

Su visión rompe con la historia tradicional centrada en grandes figuras o eventos, para dar paso a una historia más humana, más cercana, más compleja.

Incluso se adentra en hipótesis que aún esperan confirmación, como la posibilidad de que el primer asentamiento de la Villa de San Salvador haya estado en el valle de los Almendros, o la existencia de un antiguo juego de pelota en la zona.

Es en esa frontera entre lo documentado y lo que está por descubrir, es donde su trabajo -silencioso- cobra mayor relevancia.

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Suchitoto: identidad, transformación y resistencia

Para don Mario, Suchitoto es un espacio de confluencias culturales.

“Se nutrió de la emigración tanto de los españoles, indígenas foráneos y mulatos”, explica, destacando su carácter diverso desde sus orígenes.

A pesar de los cambios, considera que la ciudad ha logrado preservar su identidad, aunque no sin tensiones: “Los avances tecnológicos provocan algunos cambios culturales… lo importante es que esos cambios sean graduales”.

Recuerda cómo prácticas que antes eran centrales han desaparecido: peregrinaciones, cofradías, dinámicas comunitarias. Y señala transformaciones más recientes, como el cambio de la plaza de mercado a espacio turístico.

«Me preocupa mucho con lo que está sucediendo en todo el país y específicamente en Suchitoto, el nuevo cambio de convertir las ciudades, villas o pueblos en una nueva distribución geográfica tal es el caso (que hoy es) llamado un Distrito de Cuscatlán Norte. La historia nos demuestra lo que aconteció con el pueblo de San Luis Aguacayo ahora es un cantón de Suchitoto ¿Qué va a ser Suchitoto en el futuro?»

Sin embargo, reconoce una constante: la vocación cultural del pueblo. «De acuerdo a datos investigados en el siglo XIX había un pintor hijo de la familia Peña Fernández, siempre en ese mismo siglo Suchitoto era considerado como una ciudad poetisa. Ahora encontramos muchas personas destacadas en la pintura, poetas, historiadores, etc. Esto denota que es un pueblo vivo que continúa preservando y construyendo esa identidad cultural”.

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La amenaza del olvido

A pesar de los esfuerzos individuales, don Mario advierte sobre un problema estructural: la falta de interés por preservar los archivos históricos. “En todas partes existe poco interés… en nuestro país no es la excepción”, señala.

Su postura frente al papel del Estado es clara y directa: “Esperar apoyo institucional es perder el tiempo”. Para él, la responsabilidad recae principalmente en la ciudadanía. Son las personas quienes deben exigir, proteger y construir la memoria colectiva. Porque lo que está en juego no es menor: “Se vuelven pueblos sin historia”.

Y un pueblo sin historia, advierte, está condenado a repetir sus errores.

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El valor del tiempo y el sentido del legado

Lejos de buscar reconocimiento, don Mario -pese a sus estudios de antropología- asume su trabajo con humildad. “Siempre lo he considerado como un complemento… un descanso de la rutina diaria”, dice.

Sin embargo, detrás de esa modestia hay una profunda ética del conocimiento: investigar sin esperar nada a cambio, aportar desde lo posible, dejar huella sin imponerla. “No es importante considerar si su investigación es comprendida o valorada… eso lo dejo que con el tiempo se considere”.

Su mayor reto ha sido escribir, organizar, dar forma a todo lo encontrado. Su mayor satisfacción, en cambio, sigue siendo el descubrimiento: “Cuando se ha encontrado algún tema… se constituye un reto”.

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El futuro de la memoria: entre la urgencia y la esperanza

A pesar de las dificultades, don Mario mantiene una mirada esperanzadora. Reconoce el potencial de las nuevas generaciones y de las tecnologías digitales para preservar la memoria más reciente. Pero también advierte sobre tareas urgentes: digitalizar archivos, crear bases de datos, abrir espacios de investigación. “Se debe establecer una base de datos… pueden ser de tipo física o digital”, propone.

Y destaca el papel de la juventud: “Suchitoto cuenta con varios jóvenes prometedores… es bueno incentivarlos”.

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Suchitoto como raíz y recuerdo

Al final, cuando se le pregunta qué significa Suchitoto para él, la respuesta deja de ser histórica y se vuelve profundamente personal: “El lugar donde nacimos mi hermano y yo… un lugar de mis recuerdos infantiles”.

En esa frase se condensa todo: la historia como memoria viva, como vínculo afectivo, como territorio íntimo.

¿Qué riesgos existen en una ciudad sin memoria? «Que los errores se vuelvan a repetir en todo el sentido de la palabra».

La labor del ingeniero y antropólogo Mario Ernesto Rodríguez Sosa nos recuerda que la historia no vive únicamente en los libros, sino en la voluntad de quienes deciden preservarla.

En tiempos donde lo inmediato parece imponerse sobre lo permanente, su trabajo es un acto de resistencia: rescatar lo olvidado, documentar lo invisible, y recordarnos que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. Porque, como él mismo lo afirma con claridad: “Fomentar la memoria histórica es la clave de la identidad”.

Imágenes cortesía:  Mario Ernesto Rodríguez Sosa

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