En Suchitoto existen procesos formativos que no siempre ocupan el centro del escenario público, son procesos silenciosos, pero que sostienen y contribuyen en la construcción del tejido social. Uno de esos procesos es la labor silenciosa del maestro Edwyn Guzmán y la enseñanza de las artes marciales, comprendidas no como una práctica de confrontación, sino como una escuela de vida, carácter y autocontrol.
Desde hace más de cuatro décadas, el profesor Edwyn Guzmán ha dedicado su vida a formar personas a través del Karate Do, Okinawa Te y Kobudo, disciplinas que ha puesto al servicio de la comunidad, particularmente de niñas, niños y jóvenes de Suchitoto. Su labor, desarrollada en los últimos años desde el Centro Arte para la Paz, representa una apuesta valiente y constante por la cultura de paz, la formación ética y la transformación personal desde el arte y la disciplina.

Un origen marcado por la violencia y transformado por el aprendizaje
El camino del profesor Guzmán en las artes marciales no inició desde la comodidad ni el privilegio, sino desde una experiencia de violencia escolar que marcó su infancia. “El deseo de aprender a defenderme nació por los niños que me golpeaban sin causa justificada; hoy se le llama bullying escolar”, relata.
Esa experiencia temprana se convirtió en el punto de partida de un proceso que transformó la violencia sufrida en una herramienta de autoconocimiento y superación. A lo largo de su formación de años, encontró maestros que no solo le enseñaron técnicas, sino una filosofía de vida basada en el respeto, el honor y el servicio. Entre sus maestros él recuerda a Gerber Chicas, Oswaldo Mata, Samuel Alvarenga y a su maestro de Okinawa Te, Frank Flamenco, figuras claves en su desarrollo como practicante de las artes marciales y educador.



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Más allá del combate: una filosofía para la vida cotidiana
Para el profesor Edwyn Guzmán, las artes marciales no pueden reducirse a un entrenamiento físico o competitivo. Son, ante todo, una forma de comprender la vida. “Es un estilo de vida filosófica que nos enseña a servir y a vivir en paz con los demás, bajo un código de honor y respeto”, afirma.
En sus clases, el énfasis no está puesto en la fuerza, sino en la formación integral de la persona. Principios como el desarrollo del carácter, el espíritu de esfuerzo, la justicia, el autoconocimiento, la contención de la violencia, la tolerancia y el diálogo forman parte del aprendizaje diario dentro del dojo. Valores que, según explica, permiten resolver conflictos de manera pacífica y consciente, dentro y fuera del espacio de entrenamiento.
Esta filosofía ha marcado también su vida personal. La disciplina adquirida le permitió organizar su tiempo, establecer metas claras, mantener hábitos saludables y asumir el compromiso de compartir su conocimiento de manera desinteresada. “Hereda uno lo que sus senseis le heredaron; esa es la tradición del arte marcial”, resume.


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La enseñanza en Suchitoto
La decisión de enseñar en Suchitoto no responde a una coyuntura reciente, sino a un proyecto de vida gestado desde su adolescencia. “Mi sueño siempre fue enseñar en mi pueblo, especialmente a quienes tienen menos recursos económicos, bajo un estilo de vida basado en la cultura de paz”, explica.
Su vínculo con el Centro Arte para la Paz se consolidó gracias a la invitación de la Hermana Peggy O’Neill, quien reconoció en las artes marciales un camino legítimo de formación humana y convivencia pacífica. Desde entonces, este espacio se convirtió en un punto de encuentro donde el arte, la cultura y los valores dialogan con la vida cotidiana de la comunidad.
El profesor Guzmán recuerda que desde los años ochenta comenzó a enseñar casi de manera intuitiva, en una época donde no existían libros ni recursos audiovisuales accesibles. “Descubrí que enseñando se aprende y no se olvida”, afirma, destacando la importancia de la transmisión directa del conocimiento como forma de preservación cultural.

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El trabajo sostenido con niñas, niños, jóvenes y personas adultas le ha permitido conocer de cerca el potencial humano de Suchitoto. “Hay un gran potencial artístico, deportivo y académico en la niñez y juventud del pueblo; solo necesitan una oportunidad y alguien que les guíe”, sostiene.
Los talleres de artes marciales que imparte el profesor, están organizados en niveles básico, intermedio y avanzado, y reciben estudiantes desde los 6 años de edad, demostrando que las artes marciales pueden adaptarse a cualquier etapa de la vida cuando se cuenta con una metodología adecuada. Entre los logros más significativos, el profesor Guzmán destaca la práctica cotidiana de los principios del Dojo Kun en los hogares, centros educativos y espacios comunitarios.
Más allá de los grados, cinturones, o exhibiciones el impacto se refleja en la conducta, la disciplina y la capacidad de los estudiantes para construir un proyecto de vida. “Se vuelven personas responsables, trabajadores ejemplares y ciudadanos conscientes”, afirma.


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¿Cómo funciona eso de aprender a pelear para construir cultura de paz?
Una de las preguntas recurrentes es cómo se articulan las artes marciales dentro de un espacio que promueve explícitamente la paz. Para el profesor Guzmán, la respuesta es clara: el karate enseña que la violencia tiene consecuencias y que la mejor opción es siempre el autocontrol.
“El karate es un arte de violencia controlada. Enseña a razonar antes de actuar, a dominar el temperamento y a canalizar las emociones”, explica. En ese sentido, niños y jóvenes con conductas agresivas encuentran en esta práctica una vía para transformar su energía y aprender a convivir pacíficamente sin necesidad de pelear.
Con estos talleres impartidos por el profesor, el Centro Arte para la Paz se consolida, así como un espacio de formación integral, donde el arte humaniza, ordena los pensamientos y orienta a las personas hacia decisiones más conscientes en su vida diaria.

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Retos y desafíos
Entre los principales retos que enfrenta hoy este trabajo está el impacto del uso excesivo de la tecnología. El profesor Edwyn advierte que la adicción a celulares y tabletas ha generado pasividad física y mental en muchos niños y jóvenes, afectando valores fundamentales como la constancia y la disciplina. La tecnología los aleja del juego, el deporte y socializar a través del aprendizaje en espacios únicos como el CAP.
“El arte marcial exige movimiento, esfuerzo y contacto con el propio cuerpo; eso se pierde cuando todo se reduce a una pantalla”, señala, subrayando la importancia urgente de recuperar hábitos que favorezcan una vida social, saludable y equilibrada.


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El futuro de las artes marciales en Suchitoto
Pensando en el futuro, Edwyn Guzmán sueña con que sus estudiantes más avanzados continúen enseñando y multiplicando este legado en Suchitoto. Su mayor aspiración es que las artes marciales se conviertan en parte de la identidad cultural del pueblo, accesibles para todas las personas sin necesidad de salir de la ciudad ni asumir altos costos de su aprendizaje.
“Antes era imposible aprender karate en Suchitoto; había que viajar y gastar dinero. Hoy, la meta es que este arte sea nuestro, del pueblo”, afirma con orgullo y satisfacción de quien ha mantenido talleres durante muchos años.


La labor del profesor Edwyn Guzmán es un ejemplo de cómo el compromiso por las artes, cuando se vive con coherencia y vocación, puede transformar realidades de manera silenciosa pero profunda. El trabajo realizado por años del profesor Edwyn Guzmán no busca aplausos ni protagonismo, sino formar seres humanos más conscientes, disciplinados y pacíficos.

En tiempos de fragmentación social y deshumanización, y esa búsqueda desmedida de protagonismo, su enseñanza recuerda que la paz también se construye cuerpo a cuerpo, día a día, en un dojo, en una clase, en una conversación, en la práctica constante. Y que compartir y educar desde el respeto y el autocontrol es, quizá, una de las formas más honestas de amar y cuidar que nos ha regalado por años el profesor Edwyn Guzmán, nuestro sensei de Suchitoto.

- Fotos cortesía: Yaneth Vanegas, Centro Arte para la Paz y Edwyn Guzmán.





