Haciendita II: Una comunidad de Suchitoto que guarda muchas historias

A través de los ojos de Julio Efigenio, descubrimos una tierra que ha resistido la guerra para florecer en una comunidad unida, soñadora y siempre lista para levantarse. Esta es la historia de Haciendita II.

Por Julio César Efigenio Clavel

Estudiante del Complejo Educativo Caserío Los Almendros y ganador del segundo lugar del concurso estudiantil «A mi Suchitoto 2025».

Kilómetro 11, carretera que, de Suchitoto baja hacia Aguilares, ahí donde los mangos maduran con el viento y las piedras guardan las memorias que se encuentra mi tierra: Haciendita II, una comunidad que no nació entre comodidades, sino entre esperanza y valentía.

Mi historia no la cuento por casualidad, vengo de una familia numerosa, de líderes con la frente en alto y los pies en el surco. Mi abuela, sí, mi abuela, fue de las primeras en poblar, cuando esta tierra era puro monte, sin calles, sin luz, sin agua, pero con un sueño grande, vivir con dignidad.

Allá por los años noventa, con la guerra todavía temblando en la piel del país, llegaron con lo que tenían: gallinas, ollas, niños, semillas y fe. La tierra era buena —¡Bendita sea! —, y pronto el maíz, el maicillo y la caña comenzaron a contar el tiempo con sus cosechas. Las vacas y los cerdos compartían los patios con los niños, y los sueños crecían como milpa bajo lluvia mansa.

De unas cuantas familias, ahora somos más de trescientas, una comunidad larga, como la calle que va al río El Talpetate, ese río que en su nombre parece fuerte, pero al llegar aquí se vuelve manso, como si entendiera el dolor y la ternura de nuestra gente.

Otra ruta nos lleva a una presa, vecina del río Agua Tibia y del nacimiento de Agua Dulce, que ha calmado tantas sedes, que ha refrescado a tantos trabajadores del campo, que ha bañado a tantos niños en veranos sin piscina.

No todo ha sido historia alegre. Hubo años oscuros —yo no los olvido— cuando la sombra de las pandillas se metió entre nosotros. La muerte se escondía en los callejones, en las casas, en la presa. Días de miedo, de funerales, de no saber si saldrías y volverías. Por eso, algunos dicen que las almas en pena todavía lloran por las noches cerca de la presa, como si el dolor no hubiera encontrado su paz.

Y están los cadejos, sí, aún se habla de ellos. Señores juran —con el café en mano y la voz temblona— que un perro blanco enorme le salió en el desvío, una madrugada de tragos, y que lo escoltó sin ladrar hasta su casa. ¿Sería el cadejo…? ¿O las visiones de un hombre contento de más? ¡Quién sabe!

Pero a pesar de todo, mi comunidad se levanta cada día con fuerza, con fe, con organización. Hombres y mujeres, de iglesias católicas y evangélicas, todos se rebuscan, se apoyan,

hacen rifas, proponen proyectos, arreglan juntos lo que nadie más quiere arreglar.

Soñamos con algo sencillo, un camino vecinal digno, sin polvo que se te meta en los ojos, sin piedras que rompan los zapatos, una calle lisa por donde los sueños rueden sin tropezar.

Yo, Julio César Efigenio Clavel, con quince años y un corazón lleno de orgullo, les digo que esta tierra no solo me vio crecer, esta tierra me enseña todos los días a resistir, a soñar y a construir.

Porque Haciendita II no es un punto en el mapa, es un verso largo de lucha, una calle ancha de historia, un hogar de gente que no se rinde, una comunidad viva que no olvida su pasado, pero camina al futuro con el alma firme y los brazos unidos.

Scroll al inicio