En los pueblos de El Salvador, muchas veces alejados del bullicio y las luces de las grandes ciudades, nacen y crecen hombres y mujeres que, con su entrega silenciosa, sostienen la memoria, las tradiciones y el alma cultural de sus comunidades. Son seres que alguna vez nos tocaron y empujaron con su aura de luz. Tuve la fortuna de conocer uno de estos seres: Miguel Tomás Murillo, oriundo de San Esteban Catarina, un hermoso y pequeño pueblo, cuna de grandes músicos en San Vicente. El maestro Murillo fue todo un ejemplo de compromiso, creatividad y fe en el poder transformador de las artes.
Miguel no fue un artista de escaparates, galerías ni de reconocimientos ruidosos. Fue, ante todo, un promotor cultural nato, un hombre de fe en las artes, convencido de que la música, la pintura y la literatura podían abrir horizontes y dar esperanza a las nuevas generaciones. Su vida entera estuvo marcada por una entrega profunda a la enseñanza y a la creación, convencido de que el arte podía ser la herramienta más poderosa contra la indiferencia, la ignorancia y el olvido.
Su legado está sembrado en cada espacio que ayudó a fundar: la Escuela de Música “Cecilio Orellana” en 1989, el Museo de la Música “Domingo Santos” en 1992, fundador de la Fundación para las Artes FUNDEARTES y más tarde, junto al contrabajista Francisco Navarrete, el Taller de las Artes Xacatital, en Zacatecoluca, donde decenas de niños y niñas tuvieron la oportunidad de aprender, soñar y crecer rodeados de melodías y pinceles. Sin olvidar la fundación de la Escuela de Música Miguel Tomas Murillo que honra su nombre, y su pequeño taller en su casa desde donde dibujamos muchos sueños. A ello se suma sus publicaciones de literatura local con la publicación de varios libros de poesía, cuento y memoria, que siguen siendo testimonio vivo de su sensibilidad.
En Miguel existían el maestro y el soñador. En sus clases lo recuerdo como alguien que no solo enseñaba a usar el lápiz y el pincel, sino alguien que te empujaba a volar y soñar en las artes. No se limitaba a transmitir técnicas, sino que transmitía inspiración y amor por las artes y la cultura. Hoy comprendo lo que hacía: enseñar a tocar un instrumento, dibujar, pintar o leer un poema era un acto de resistencia y libertad, una manera de dignificar la vida en un país lleno de violencia donde tantas veces la cultura era/es relegada a lo secundario.
«Miguel ya no está aquí»
Hay personas que no se van nunca, aunque la vida biológica se apague. Permanecen en los recuerdos, en la inocencia de las primeras experiencias compartidas, en las huellas que dejan en quienes los conocimos y tuvimos la fortuna de caminar a su lado. Así fue Miguel Tomás Murillo, maestro, amigo, el sembrador de arte y cultura en la histórica ciudad de San Esteban Catarina.
Quienes fuimos parte de su historia sabemos que con él aprendimos mucho más que a dibujar o a pintar. Con el maestro Murillo descubrimos que el arte no era algo lejano ni reservado para unos pocos; el arte estaba ahí, en nuestras manos, en los trazos inseguros que él nos animaba a transformar en confianza, en los sonidos que poco a poco se volvían melodía.
Fue él quien nos enseñó a soñar con valentía, a creer que la música y la pintura podían abrir caminos donde parecía que no los había. A su lado, muchos dimos nuestros primeros pasos en las artes y en la vida. Yo recuerdo con enorme gratitud cuando me regaló la experiencia de abrir el libro más maravilloso que he leído, un libro narrado en primera persona del maestro Leonardo Da Vinci, como si me entregara una llave hacia otro mundo. Ese gesto sencillo, pero tan profundo, fue también una lección de vida: el arte como puerta, como revelación, como acto de confianza y trasformación.
El maestro Murillo nos mostró que crear es resistir, que enseñar es sembrar futuro y que cada niño que aprende a tocar un instrumento, a dibujar o a leer un poema lleva consigo una semilla de libertad. Sus palabras, su paciencia y su pasión nos motivaron siempre a creer en nosotros mismos y en la fuerza transformadora de las artes y la cultura.
Los caminos nos juntan y nos desjuntan. Tarde como siempre, hasta hoy me entero de su partida: «Miguel ya no está aquí». Quienes lo conocimos sabemos que su presencia no se fue con él. Permanece en las notas que aún resuenan en las guitarras de sus alumnos, en los dibujos y pinturas que nacieron bajo su guía, en las páginas de los libros que escribió y que nos siguen hablando.
Recordar al maestro Murillo no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de gratitud. Es reconocer que tuvimos la dicha de aprender de un hombre -de los muy pocos que todavía existen- que creyó de verdad en la cultura como fuerza de transformación. Es aceptar la responsabilidad de mantener vivo su ejemplo, de seguir compartiendo, enseñando, soñando y creando como él lo hizo siempre, hasta sus últimos días.
Hoy, al girar la vista atrás, veo al maestro Murillo, presto a poner su mano en el hombro y decir sigan adelante, no lo vemos como alguien ausente, sino como esa voz interna que nos recuerda: “cree en el arte, cree en ti, porque allí habita la verdadera libertad”. “No se trata de ser grandes sino de hacer cosas significativamente grandes”
Sus lecciones de arte viven en nuestra memoria. Sus sueños siguen caminando con nosotros. Y su vida, dedicada por completo a la enseñanza y a la creación, nos dejó la certeza de que el arte no muere nunca: se queda latiendo en cada persona a la que alguna vez tocó su luz.

El 22 de noviembre de 2022 lo sorprendió la muerte, hoy descansa en su natal San Esteban Catarina, el mismo pueblo que lo vio nacer en 1959 y que fue su escenario de vida y entrega. Su partida fue sentida por quienes lo conocieron y compartieron con él la pasión por la música, las artes visuales y la literatura. Sin embargo, como suele suceder con quienes dedican su vida a sembrar cultura, su muerte no significó ausencia, sino semilla.
Hoy, recordarlo no es solo rendir homenaje a un hombre que entregó todo por su comunidad, sino también reflexionar sobre la importancia de valorar en vida a esas personas locales que, sin más recursos que su talento y voluntad, sostienen el espíritu de nuestros pueblos. Miguel creyó en la música y en las artes como una fuerza capaz de transformar realidades; creyó que enseñar a un niño a tocar una guitarra o a dibujar un paisaje era darle una herramienta para soñar, para crear y para resistir.
En tiempos donde la cultura suele ser relegada por las urgencias políticas y económicas, hombres como Miguel Tomás Murillo nos recuerdan que no hay desarrollo verdadero sin cultura, y que el verdadero patrimonio de un pueblo no está solo en sus calles, en sus iglesias o en sus paisajes, sino en aquellos seres humanos que siembran día a día el amor por el arte.
San Esteban Catarina (cuna de grandes músicos) perdió a su hijo más ilustre con gratitud, pero también con la responsabilidad de continuar su legado. Porque Miguel nos enseñó, con su vida, que la cultura no es un lujo ni un adorno, sino un acto de resistencia, dignidad y esperanza.
A la memoria del maestro Miguel Tomás Murillo.
Perdón por llegar como siempre tarde, a su despedida y última clase maestro. (milton doño).





