Septiembre es el mes cívico, el mes en el que se nos invita a reflexionar sobre «la patria», los valores, la identidad y el futuro que estamos construyendo como sociedad. Mucho de qué hablar. Pero en medio de los desfiles, las banderas y los discursos oficiales de patriotismo, vale la pena preguntar: ¿hacia dónde va la educación de nuestros hijos e hijas en Suchitoto y en el país entero?

Lejos de mejorar las condiciones del sistema educativo, hoy se imponen nuevas —o viejas— normas, reglamentos y modelos de disciplina escolar. Se habla de “orden, obediencia y control” como si esas fueran las llaves mágicas para resolver los problemas de la educación. Pero, ¿acaso esta puede reducirse a un manual de reglas? ¿O debemos empezar a verla como lo que realmente es: un proceso humano, lleno de realidades particulares, historias invisibles y circunstancias que pesan tanto en estudiantes como en docentes?

Cada pupitre tiene una historia

Todas y todos los maestros saben que cada vez que entran a un aula, cada pupitre ocupado guarda una historia particular que casi nunca se ve y conoce. Hay niñas y niños que llegan con el corazón roto porque sus padres se separaron, o porque han crecido con sus abuelos ante la ausencia forzada de una madre o un padre que migró. Otros no desayunaron, cargan con la vergüenza de un uniforme remendado que usan desde hace años o enfrentan el peso de responsabilidades que no deberían llevar a su edad: cuidar a un hermano menor, trabajar en las tardes para ayudar en casa, o simplemente sobrevivir en un hogar marcado por la violencia, la escasez y la pobreza. Hay tantas realidades, circunstancias y condiciones tan difíciles y particulares por considerar antes de cualquier juicio o exigencia impositiva en las aulas.

Frente a estas realidades, imponer reglas rígidas sin empatía es como exigirle a un árbol que dé frutos cuando apenas tiene raíces. La disciplina sin comprensión se convierte en castigo. El orden sin amor se vuelve represión. Y en un país donde las desigualdades son tan profundas, pretender que todos los estudiantes aprendan bajo un régimen idéntico de exigencias es ignorar el contexto de quienes llegan a clase cargando con más peso del que podemos imaginar.

Detrás del silencio, un grito de ayuda

Es fácil perderlo de vista entre el ruido del día a día y los mensajes simplistas de quienes creen que todo se reduce a obediencia. Pero conviene recordarlo: detrás de una mala conducta, de un silencio prolongado o de una mirada perdida, muchas veces se esconde un grito de ayuda.

. Un gesto amable, una palabra de aliento o simplemente escucharlos puede marcar la diferencia entre un alumno que se siente invisible y otro que se sabe y siente valorado. El respeto, la humanidad y la amabilidad nunca sobran y van más allá de repetir buenos días, por favor o gracias. El respeto, la humanidad y la empatía nunca sobran. A veces, un pequeño acto de bondad basta para que un niño o una niña se sientan vistos, comprendidos y reconocidos en medio de una vida que los ha golpeado más de lo que deberían soportar.

También los docentes son humanos

Pero no solo los estudiantes cargan con realidades difíciles. Los docentes también son seres humanos. Muchos acaban de perder a un familiar, atraviesan un divorcio, luchan contra una enfermedad o sobreviven con salarios insuficientes trabajando dobles turnos. Algunos no han dormido porque cuidaban a un pariente enfermo, otros llegaron tarde porque el transporte público los dejo, etc.,

Hay tantas realidad, circunstancias y condiciones que reducirlo todo a reglas y obediencia carece de empatía y humanidad. Sin embargo, desde las nuevas órdenes educativas se espera que cada maestro y maestra cumpla como autómata con el modelo rígido de disciplina y obediencia, como si fueran máquinas que deben ejecutar instrucciones dictadas desde arriba. ¿Dónde queda la comprensión hacia quienes sostienen el sistema educativo con esfuerzo, paciencia y vocación?

El problema de fondo

Nuestro sistema educativo ha ignorado la importancia de generar condiciones favorables y, en cambio, se empeña en exigir más disciplina en lugar de ofrecer más humanidad. Las órdenes que bajan desde escritorios lejanos a la realidad de las aulas olvidan que tanto estudiantes como maestros viven en carne propia las crisis económicas, sociales y familiares del país.

Un sistema nunca será justo cuando impone reglas y castigos a los más pobres, mientras a los hijos de familias con privilegios no se les exige nada y se les permite transitar la educación con comodidad, recursos y oportunidades que contrastan con la enorme desigualdad.

La educación que necesitamos

En este mes cívico, mientras se izan banderas y se repiten himnos, debemos preguntarnos si queremos seguir construyendo un sistema educativo basado en la obediencia y el control, o uno que abrace la empatía, la comprensión y la humanidad.

La educación no se trata únicamente de cumplir reglas (que, por supuesto, son necesarias), sino de formar seres humanos íntegros, conscientes de sus realidades y capaces de transformar su entorno. Esa transformación comienza cuando entendemos que cada estudiante y cada maestro son personas con historias, dolores y sueños que merecen ser reconocidos y respetados.

No subestimemos el poder de un gesto amable. No minimicemos nunca el impacto de la empatía. Tal vez no podamos cambiar todo el sistema de un día para otro, pero sí podemos decidir cómo tratamos a quienes tenemos frente a nosotros en el aula. La disciplina es buena cuando se da con amor, no cuando se impone como obediencia y castigo.

Ese es, quizá, el acto más cívico y patriótico que podemos ofrecer en septiembre a nuestro país.

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Foto portada: cortesía Jorge Bustamante.

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