Crónica de un regreso: Suchitoto, una herida que canta

 

Volver es un verbo que pesa. Lo aprendí al descender del bus y pisar, por primera vez en veinte años, los empedrados de Suchitoto. El viento me golpeó la cara con la fuerza tibia de los recuerdos y la nostalgia, y cada piedra parecía susurrar mi nombre, como si el pueblo, callado durante tanto tiempo, me reconociera por el eco de mis pasos.

Nada me preparó para el vértigo de volver. Ni el tiempo, ni la distancia, ni los miles de días vividos fuera, ni la nostalgia en una ciudad lejana y fría que nunca sentí mía. Volver no fue una alegría. Fue una herida que se abrió lentamente, como una flor en ruinas. Recordar a veces duele y estruja el alma.

Caminé por la calle donde estuvo mi infancia. Las casas de adobe seguían ahí, o al menos eso creí en un primer parpadeo. Pero ya no olían igual. Ya no salía humo por los techos de las casas, ni se escuchaban los pianos desafinados de las radios viejas, ni el maíz palpitando en los comales de la madrugada, ni el olor a café de la abuela. Todo era más limpio, más urbano, más… extraño. Me sentí como un intruso en un pueblo que conocía solo en los sueños. Y es que la nostalgia tiene esa crueldad: te promete un regreso, pero no te advierte del desencanto.

Me detuve frente a la casa de mi abuela. La reconocí por el árbol de almendro, el mismo que trepé tantas veces con las rodillas rasguñadas. Pero el portón era otro, la pintura había cambiado, y la risa que alguna vez llenó ese patio ahora era solo un hueco. Toqué la reja como quien toca una tumba, con respeto y pudor. Quise llamarla, quise escucharla decir mi nombre, como lo hacía en los inviernos, cuando el café colaba memorias y los cuentos eran más largos que las noches. Pero no hubo respuesta. Solo el silencio de los que ya no están. De los que siempre fueron. Baje la cabeza frente a una niña de cabellos dorados, que con acento extraño pregunto si buscaba a alguien. No fui capaz de preguntar por mi niñez y mis juegos en su patio.

Fui hasta las pozas. Recordaba el camino: la vereda entre las milpas, el olor a tierra mojada, las cigarras cantando su eternidad. Pero el sendero estaba cercado, con avisos y basura, y una serie de alambres torcidos custodiaban el paso. Aun así, caminé, descalzo como entonces. Y cuando llegué, el agua ya no era clara, ni tan fresca, ni tan salvaje. Me senté a la orilla y lloré. Lloré por el niño que fui, por los niños que fuimos, por los amigos que no sobrevivieron la guerra, por mi hermano que se fue sin saber que volveríamos. Lloré por todo lo que ya no está y ya no es.

En el pueblo, la plaza lucía distinta. Más colorida, más viva, con cafés nuevos y turistas rubios buscando alguna postal perfecta. Pero entre la multitud, yo buscaba otras cosas: el sorbetero que silbaba canciones de Gardel, la anciana que vendía dulces en hojas de huerta, el grupo de muchachos que hacían sonar las guitarras hasta que la luna se cansaba. Mi abuela, mis tías. Nada de eso quedaba. Solo murmullos y voces lejanas, atrapadas en los muros del tiempo.

Fui a ver el lago. Suchitlán, el mar de mi niñez. Me senté frente a él por horas. Lo miré como se mira a un viejo amigo al que ya no se le encuentra la mirada. El agua seguía allí, imperturbable, hermosa, inmensa. Pero algo había cambiado. Tal vez era yo. Tal vez era el tiempo. O tal vez era que ya no tenía con quién compartir la magia de un paisaje hermoso.

Recordé a Mariana. Como olvidarla. Sus ojos, su promesa de esperarme. Su carta nunca enviada. Sus besos a escondidas entre los corredores de la escuela vieja del grupo. La busqué en la sombra de las calles, en los lugares secretos, en los nombres del cementerio, en los rostros ajenos. Pero como todo en Suchitoto, Mariana también se había ido. Tal vez sigue aquí, con otra dirección, bajo otro nombre, con otro rostro. O tal vez se convirtió en canción y vive en los jardines sagrados de aquella casa infinita cómplice de nuestros besos. Tras el altar usurpándole silencios al olvido. Mariana, sus recuerdos y sus besos no están y no volverán.

El atardecer tiñó el pueblo de azul añil. Llego el crepúsculo. Y fue entonces cuando lo entendí: no era que Suchitoto hubiera cambiado. Era que yo ya no era el mismo que se fue. El exilio no solo me arrancó del suelo. Rompió las raíces. Me convirtió en otro. En un hombre que regresa a su infancia como quien visita un museo: sabiendo que todo lo que ve es pasado, testimonio, reliquia. Que se puede mirar y recordar pero nunca volver a tocar.

Volver a Suchitoto fue como entrar a un sueño que no era mío. Todo estaba allí, pero ya no estaba. Todo era igual pero diferente. Cada esquina era una herida abierta, un poema sin rima, un suspiro colgado de la más infinita nostalgia.

Llego la noche. Y sin embargo, agradezco haber vuelto. Porque en medio del desencanto, encontré belleza. En la mirada de un niño que corría tras una pelota de trapo. En la campana de la iglesia marcando las seis, como antes. Enel susurro de una canción nueva que salió de una voz joven: “Susurran en el viento, los recuerdos de mi niñez. Las casas de adobe y tejas guardan cosas que no olvidaré” Y tuve que detenerme a respirar, porque sentí que en algún rincón de mi alma mi infancia volvía a cantar.

Hoy me voy de nuevo. Y no sé si volveré. Pero llevo conmigo algo más que nostalgia. Llevo el peso sagrado de haber sido niño aquí. De haber amado, reído, perdido y llorado. De saber que Suchitoto vive, aunque ya no me pertenezca de la forma en que lo ame. Porque, a veces, los pueblos también nos exilian. No por crueldad, sino porque el tiempo, el implacable no espera nunca a nadie.

Suchitoto me dolió. Y en ese dolor encontré la verdad más honda: que hay cosas que nunca volverán, y otras que, aunque se hayan ido, seguirán latiendo en lo más profundo del corazón como una canción suave que no se olvida, pero sigue tan llena de recuerdos y olvidos. Es media noche. Hora de apagar la luna y encender la esperanza.

 

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