Las calles empedradas de Suchitoto siguen siendo una icónica y atractiva postal que atrae a centenares. Su silencio tiene historia, su aire sabe a memoria, y su gente —quienes aún resisten en el corazón del pueblo— guarda la dignidad de generaciones que sembraron en estas tierras el alma de una ciudad que hoy lucha por no perderse entre los brillos del turismo y la sombra de la gentrificación.
Desde hace algunos años, el crecimiento turístico ha puesto a Suchitoto en el mapa nacional e internacional. Sus atractivos culturales, naturales e históricos han cautivado a miles. Pero el turismo, cuando crece sin planificación ni justicia, no solo transforma los paisajes; transforma, desplaza y a veces borra a las personas que dieron origen a esos mismos paisajes. Y eso es lo que hoy hace que muchos ciudadanos cuestionen el rumbo y se pregunten con honestidad: ¿en nombre de qué progreso está creciendo la ciudad? ¿Y a costa de quiénes?
Lo bueno. El rostro amable del turismo: oportunidades, empleo y dinamismo
Es cierto. El turismo ha traído consigo fuentes de trabajo, dinamismo económico, más circulación de dinero, nuevas opciones de emprendimiento y una constante visibilidad para proyectos culturales, artísticos y gastronómicos. Jóvenes que antes migraban por falta de oportunidades han encontrado espacios para guiar, cocinar, crear arte o vender productos hechos a mano. Las calles están vivas los fines de semana, hoteles y negocios florecen con la llegada constante de visitantes.
Además, el interés turístico ha ayudado a llamar la atención para restaurar y preservar parte del patrimonio arquitectónico, ha estimulado iniciativas culturales como festivales, ferias y recorridos históricos. En este sentido, el turismo ha sido una palanca importante para revitalizar el espíritu creativo y productivo del pueblo.
Lo malo. Lo que no se ve: el desequilibrio, la exclusión y la pérdida del derecho a habitar
Sin embargo, bajo esa superficie luminosa se esconden realidades dolorosas que no todos quieren ver. Porque el turismo, sin controles ni políticas públicas claras, se convierte en una fuerza que arrasa, excluye y despoja lentamente a quienes menos tienen. Hoy, muchas familias originarias de Suchitoto ya no pueden mantener el local del negocio familiar o pagar el alquiler de una vivienda en el centro. Ni hablar de comprar. Los precios se han disparado con la llegada de nuevos inversionistas, que compran propiedades para convertirlas en hoteles, hostales o casas de descanso.
El centro histórico —símbolo de nuestra identidad— se ha vuelto inaccesible para sus propios hijos e hijas. Jóvenes que crecieron en estas calles, que fueron a la escuela aquí, que jugaron en estas esquinas, hoy ven cómo se cierran las puertas de su propio pueblo. Ya no pueden pagar rentas de locales carísimos de pequeños negocios familiares o vivir donde nacieron. No porque no lo amen o quieran seguir, sino porque no lo pueden pagar. Y eso no es progreso: eso se llama desplazamiento silencioso, gentrificación disfrazada de desarrollo.
Lo feo. La periferia: nuevo margen de una ciudad sin justicia urbana
Muchas familias han sido empujadas hacia los bordes de la ciudad, a la periferia o comunidades aledañas donde los costos de la vivienda sean más accesibles. Muchos han cerrado sus pequeños emprendimientos. La ciudad se vuelve escaparate para el visitante, mientras los habitantes originarios son relegados y orillados al fondo, a la sombra, a la periferia. Mucho ojo porque mientras se construye una imagen de postal, y nuevos grandes negocios abren, sigilosamente se va fracturando el tejido de la comunidad. El turista ve belleza; las autoridades lo llaman progreso, pero el poblador ve cómo se le escapa el suelo bajo los pies y poco a poco va siendo marginado de su propia ciudad que lo vio ncer y crecer.
Y mientras tanto, las autoridades locales siguen sin responder con un plan de ordenamiento territorial justo, sin una política clara de vivienda digna, sin regulación del uso del suelo y sin espacios de participación ciudadana real, donde se puedan discutir y dialogar abiertamente sobre esta situación que atañe al distrito. Pareciera que el modelo de turismo adoptado sólo privilegia la inversión privada por encima del derecho colectivo a habitar y permanecer.
¿Qué es la gentrificación? La gentrificación es un proceso de transformación urbana en el que la llegada de inversiones y de residentes con mayor poder adquisitivo a un barrio o ciudad popular, conduce a un aumento en los precios de la vivienda y de alquiler, así como a un cambio en el carácter y la cultura del área. Trayendo experiencias negativas para los residentes originales, quienes a menudo se ven desplazados debido a su incapacidad para afrontar los crecientes costos de vida.
El riesgo de perder lo más valioso: la identidad y el sentido de comunidad
Suchitoto no es solo su arquitectura, sus paisajes o sus negocios bonitos. Suchitoto es, ante todo, su gente. Son sus historias, sus luchas, sus memorias, sus oficios, sus acentos, su cultura viva. Y ponga atención, porque el problema no es recibir turistas o el turismo. El problema es convertir a Suchitoto en un escenario vacío donde ya no haya familias y personas originarias y negocios familiares, porque el desarrollo y los altos costos de locales y vivienda las han desplazado.
¿Qué pasará cuando el centro se vuelva un lugar de puros negocios, pero sin vecinos? ¿Cuándo las calles se llenen de carros y los niños ya no jueguen en las aceras, cuando el mercado sea reemplazado por supermercados, restaurantes caros, y todo gire alrededor del visitante? ¿Seguiremos llamando a eso desarrollo?
En tal sentido es urgente dialogar sobre estas preocupaciones, y como comunidad exigir un modelo de desarrollo turístico con justicia social, con participación ciudadana y con visión a largo plazo. Un modelo que ponga en el centro a la gente, no solo al visitante y el comercio. Que proteja la vivienda digna para las familias locales. Que regule el uso del suelo para evitar la especulación inmobiliaria. Que priorice lo comunitario frente al desarrollo comercial.
Por eso es de vital importancia la organización, para defender el derecho a habitar el territorio con justicia y dignidad. Es imperativo exigir a las autoridades que presenten una política de turismo sostenible, participativa y transparente. Y sobre todo, es importante recordar que la ciudad es de sus habitantes.
Suchitoto aún puede ser un ejemplo de cómo el turismo puede convivir con la identidad, con la memoria, con el arraigo. Pero para eso, hay que actuar con responsabilidad hoy. Porque si no cuidamos el alma del pueblo, de nada servirá que sus calles sigan bonitas, cuando la belleza de la ciudad no tiene raíces y esté vacía de su verdadera identidad.
La comunidad tiene el poder de dirigir la transformación de su ciudad. No se trata de decir no al turismo. Se trata de respetar el derecho de sus habitantes, de poner límites y crear condiciones favorables para todos. De exigir respeto. De soñar con un modelo distinto. Porque Suchitoto no puede ser solo un lugar bonito para visitar. Tiene que seguir siendo, ante todo, un lugar digno para vivir.





