San Isidro es un distrito del departamento de Cabañas con una población de 7,333 habitantes, según el Censo de Población y Vivienda 2024. Su extensión territorial es de 78,33 kilómetros cuadrados y está conformado por 7 cantones y 22 caseríos. La zona urbana cuenta con los servicios básicos de agua potable, energía eléctrica y recolección de desechos sólidos. La economía local se sostiene a través de la agricultura, la ganadería y la crianza de aves de corral.

Sin embargo, detrás de esta aparente normalidad, las mujeres enfrentan otra realidad, sobre todo aquellas de la zona rural. Muchas de ellas se dedican a las labores domésticas y de cuidado de forma no remunerada, sin acceso a ingresos propios ni a oportunidades de desarrollo.
A esta situación se suman problemáticas estructurales como la violencia de género, la violencia sexual y los embarazos en adolescentes. La falta de servicios especializados, educación sexual integral y espacios seguros limita las posibilidades de romper el ciclo de pobreza y violencia, obligando a muchas a resistir en silencio.
Por mucho tiempo, las mujeres han enfrentado situaciones que les han impedido acceder a derechos fundamentales. Algunas no tuvieron la oportunidad de aprender a leer y escribir, debido a la pobreza extrema en sus hogares o al hecho de que tuvieron que trabajar desde niñas.
Otras deben caminar largas distancias hasta el río para abastecerse de agua, esto en las zonas rurales donde el servicio de agua domiciliar no llega. El limitado acceso al transporte público también es un obstáculo diario, lo que obliga a muchas mujeres a desplazarse a pie desde el centro de la ciudad hasta sus hogares. Estas condiciones refuerzan la carga desigual que enfrentan en su vida cotidiana.
La participación de las mujeres en organizaciones comunales ha sido constante, pese a las múltiples limitaciones que enfrentan. El estudio “Retos para el desarrollo territorial del Oriente de Cabañas: Una mirada desde las aspiraciones de sus habitantes”, realizado en el 2013, ya señalaba la presencia de las mujeres en espacios organizativos, pero también evidenciaba la resistencia cultural que muchas encontraban dentro de sus propias comunidades.
Algunas personas, incluidos hombres y mujeres, consideraban inapropiado que una mujer salga de su casa para participar en reuniones. A ello se sumaban las barreras económicas: muchas mujeres carecían de ingresos propios y no encontraban trabajo remunerado de acuerdo a sus habilidades. Además, la violencia doméstica era un problema profundamente arraigado. Según ese mismo estudio, el 80% de los hombres que habitan en el departamento de Cabañas han golpeado a su esposa o compañera de vida. Estas condiciones limitaban la autonomía de las mujeres.
A pesar de que ha pasado más de una década desde la publicación de ese diagnóstico, no se ha realizado otro estudio integral que actualice la situación de las mujeres en esta zona del oriente de Cabañas.
Las aspiraciones recogidas entonces siguen vigentes: más oportunidades de empleo, acceso a la educación, formación técnica y, sobre todo, garantías para el respeto de sus derechos humanos. Entre las propuestas planteadas por las propias mujeres en los talleres de estudio destacan la necesidad de generar conciencia sobre la desigualdad de género.
En la actualidad, aunque se percibe una actitud más crítica frente a la violencia basada en género, los desafíos estructurales y culturales siguen limitando la participación de las mujeres en espacios públicos y de toma de decisiones. La falta de datos actualizados sobre su situación refleja una deuda institucional con esta población.
En el 2024, en el contexto previo a las elecciones municipales y la reestructuración territorial, un grupo de mujeres lideresas de los departamentos de Cuscatlán y Cabañas presentó una plataforma de demandas dirigidas a las candidaturas a gobiernos locales, incluyendo el nuevo municipio de Cabañas Este, al cual pertenece San Isidro.
La plataforma fue elaborada de forma colectiva y puso énfasis a cinco ejes: derechos sexuales, derechos reproductivos, derechos económicos, derecho a una vida libre de violencia y no discriminación, y derechos ambientales. El objetivo era ofrecer a los futuros tomadores de decisiones herramientas para la formulación de políticas públicas y planes de acción con enfoque de género, que respondan a las necesidades reales de las mujeres en sus territorios.
Hasta la fecha, no existe información pública que confirme que las demandas planteadas están siendo incorporadas en los planes de gobierno o políticas públicas locales. La ausencia de transparencia y mecanismo de seguimiento dificulta evaluar si las propuestas han sido tomadas en cuenta por las autoridades municipales.
“Lo que nos hace falta son oportunidades”: La lucha silenciosa de Elizabeth Vázquez
Elizabeth ha vivido toda su vida en San Isidro. “Aquí se mantiene mucho la cultura desde tiempos pasados”, cuenta. Aunque ya hubo algunos avances en infraestructura, el territorio conserva sus tradiciones y desafíos que impactan directamente la vida de sus habitantes, especialmente de las mujeres.

En el distrito, muchas mujeres se dedican principalmente al cuidado del hogar y al trabajo informal. “Emprendemos desde nuestras casas porque no hay un mercado donde se pueda ir a vender ahí, ya que el distrito es muy pequeño y no hay opciones para poder comercializar”, explica Elizabeth. Los emprendimientos van desde la venta de ropa americana, comida típica, tortillas, bisutería, hasta servicios de cosmetología.
Según Elizabeth, las mujeres participan activamente en grupos comunitarios y espacios religiosos. “La organización de las mujeres es bastante fuerte, bastante solidaria… Creo que todas estamos enfocadas en lo mismo: en progresar como mujeres”, agrega.
Aun así, las barreras estructurales están presentes en la vida de las mujeres. La falta de acceso a educación de calidad y a oportunidades laborales impide que muchas puedan tener autonomía económica. “La mayoría de mujeres somos dependientes económicamente. No tenemos esa independencia, ya que no hay fuentes de trabajo”, dice. A esto se suma un bajo nivel educativo en muchas mujeres del distrito. “Muchas compañeras ya mayores no saben leer ni escribir”, lamenta.
Elizabeth forma parte de la Asociación de Mujeres Lideresas Apoyando al Desarrollo de San Isidro (AMLADSI), una organización que surgió en marzo del 2019. “Estamos tratando de adquirir nuevas habilidades, tanto en conocimiento como también para poder tener nuestro propio dinero y ser autónomas”. En este espacio, las mujeres lideresas reciben formación en derechos humanos, prevención de violencia y fortalecimiento de sus capacidades organizativas.
En un primer momento, la organización surgió como una red de apoyo a la Unidad Municipal de la Mujer de San Isidro, con el propósito de trabajar en la prevención de la violencia contra las mujeres. En 2023, formalizaron una directiva para avanzar en el proceso de legalización y constituirse como una Asociación de Mujeres. Actualmente, cuenta con 50 mujeres asociadas, de las cuales alrededor de 30 participan activamente en los procesos.
AMLADSI nació de la necesidad de ampliar su alcance hacia más mujeres del distrito, con el respaldo de lideresas comunitarias identificadas en cantones y caseríos. La organización promueve el empoderamiento femenino mediante procesos de formación y diversas iniciativas orientadas a la prevención de la violencia y la defensa de los derechos de las mujeres.

Aunque reconoce que en San Isidro no se vive una situación de violencia extrema como en otros distritos, Elizabeth dice que vivir dignamente implica mucho más. “Lo que le hace falta a San Isidro son oportunidades… crear fuentes de empleo, poder tener también acceso a la educación. El aprendizaje es muy importante para que podamos desarrollarnos”.
Elizabeth representa la lucha silenciosa de muchas mujeres de San Isidro que, entre cuidados, emprendimientos y formación, construyen día a día caminos hacia la dignidad y autonomía.
“Yo le decía a mi mamá que quería estudiar, pero ella me decía ‘mejor vaya a vender’”, la historia Nora Nolasco
Nora Nolasco tiene 50 años y vive en el caserío El Tablón, de San Isidro. Es ama de casa y se dedica a las labores de cuidado remunerado. Cuida a una mujer de 88 años y comparte con su hija la crianza de sus dos nietos.

Toda su vida ha transcurrido en la zona rural, donde las oportunidades para las mujeres han sido limitadas, especialmente para aquellas que, como ella, no tuvieron acceso a la educación. Difícilmente cursó hasta segundo grado. Su historia de vida está marcada por el trabajo desde temprana edad.
Hija de una mamá soltera, Dora comenzó a trabajar a los 14 años. Su infancia la vivió entre la venta de quesos y los oficios domésticos. “Mi mamá decía que estudiar no daba de comer, así que me mandaba a vender. Nunca aprendí a leer ni a escribir bien”, cuenta.
Según el Censo de Población y Vivienda 2024, 489,262 personas mayores de 10 años no saben leer ni escribir en El Salvador. De esa cantidad, las mujeres representan el 10.8% (299,902), mientras que los hombres constituyen el 7.7%.
Las causas del analfabetismo entre las mujeres están arraigadas en factores sociales, económicos y culturales. Muchas mujeres no tuvieron la oportunidad de asistir o completar la escuela debido a responsabilidades domésticas desde temprana edad.
El analfabetismo prevalece en las zonas rurales y entre personas mayores. Además, el 40% de las personas mayores de 85 años son analfabetas, y el 35.8% de aquellos entre 80 y 84 también carecen de habilidades de lectura y escritura.
No haber tenido el derecho a la educación es una de sus mayores limitantes ahora que ya es adulta. “Siento que me hace mucha falta. Cuando tengo que firmar algo, solo pongo unas letras. Leer, apenas puedo, voy silabeando”.
La falta de educación limitó sus oportunidades laborales. “Si tuviera la oportunidad, yo participaría en un proceso de alfabetización. Me hace falta aprender a leer y escribir bien”, afirma. Dora ha dedicado gran parte de su vida a realizar labores domésticas y de cuidado, como muchas mujeres de su comunidad, aunque con la diferencia que ella sí recibe un pago mensual por su trabajo.
Que las mujeres no puedan acceder a un empleo formal es una situación frecuente en San Isidro. Muchas no tienen autonomía económica, sino que son dependientes de familiares o parejas. Tampoco cuentan con acceso pleno a derechos básicos como la educación o la salud, pero mantienen una actitud propositiva y un profundo deseo de aprender y salir adelante.

Para Dora, es una necesidad que las autoridades locales brinden un capital semilla para que las mujeres puedan emprender con pequeños negocios. Su sueño es tener una venta de ropa. “Aquí hay muchas mujeres que necesitan trabajar, pero no saben leer, no tienen estudios, y no hay oportunidades. Nos hace falta formación y ayuda para comenzar”.
Desde hace tres meses, Dora participa en un proceso organizativo impulsado por la Unidad Municipal de la Mujer del Distrito San Isidro. Fue una amiga quien la invitó a asistir, y desde entonces no ha faltado a ninguna reunión. “Me gusta porque aquí me relajo, dejo los quehaceres de la casa, aprendo y conozco gente”, cuenta alegre.
Aunque es la primera vez que participa en un grupo de mujeres, asegura que ha aprendido mucho en poco tiempo, sobre todo en temas relacionados con sus derechos. También, asistió a un proceso de formación para mujeres lideresas comunitarias, impulsado por la Colectiva Feminista en coordinación con la Unidad Municipal de la Mujer.
Para ella, estos espacios significan un primer paso hacia el reconocimiento y la dignificación de las mujeres rurales que, como ella, han sostenido históricamente a sus familias y comunidades.
Emprender, cuidar y luchar en el territorio: la historia de Lorena Alvarado
Su nombre es Lorena Alvarado, tiene 41 años y vive en el barrio El Centro, distrito de San Isidro. Es una mujer emprendedora y mamá de tres hijas.

“Yo soy sobreviviente de violencia”, cuenta Lorena. Durante años sufrió violencia física y verbal propiciada por su expareja. Sin embargo, la violencia no terminó cuando se separó del papá de sus hijas, sino continuó cuando se negó a darles la pensión alimenticia.
Desde hace 17 años, Lorena ha sacado adelante a su familia con la venta de alimentos típicos que ofrece en una esquina del centro de la ciudad. Su puesto de venta está en una acera, sin techo ni agua potable. Trabaja desde las dos de la tarde hasta las siete de la noche. En el mes de diciembre también instala una venta de pólvora. “Mis hijas han crecido a la par mía en el negocio”.
San Isidro ha cambiado con el tiempo; sin embargo, persiste una deuda profunda con las mujeres: la falta de espacios dedicados al cuido de las niñas y niños. “Aquí hay muchos niños y se nos complica bastante trabajar porque no tenemos quién los cuide”.
La falta de una guardería limita las oportunidades de las mujeres en el acceso a empleos formales, formación técnica, organización comunitaria o procesos de participación ciudadana. Lorena afirma que esta situación obliga a las mujeres a abandonar sus sueños.
Por otro lado, el embarazo temprano es un problema que limita el desarrollo de las niñas y adolescentes de San Isidro, forzadas a asumir esta responsabilidad desde los 12 años. Esta experiencia la vivió Lorena con su hija mayor, quien tuvo que afrontar una maternidad a sus 15 años.
Según el reporte de casos de inscripciones prenatales, violencia sexual y cobertura educativa en niñas y adolescentes a nivel municipal del UNFPA, en el año 2022 se registraron 21.6 casos de niñas y adolescentes, entre los 10 y 19 años, que fueron víctimas de violencia sexual y estupro, quedando embarazadas como consecuencia directa de estas agresiones. Estos casos ocurrieron en el departamento de Cabañas.

“Ella pensó que ya no iba a estudiar, pero yo le dije que la iba a apoyar, aunque me costara”, cuenta. Ante la falta de servicios de cuidado infantil, Lorena asumió la responsabilidad de cuidar a su nieto para que su hija pudiera continuar con sus estudios. Actualmente, su hija mayor cursa una licenciatura en veterinaria, la segunda se está formando como enfermera y la más pequeña está en el kínder.
En El Salvador, las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, según información del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, de la Naciones Unidas. Esta carga limita la participación de las mujeres en espacios de formación.
Lorena vive con sus tres hijas y su nieto en un cuarto en alquiler, por el que paga 40 dólares mensuales. Aunque el lugar es muy pequeño, tiene luz y agua potable, lo que para ella representa una gran ventaja. “Con mis hijas, nos hemos propuesto que, mientras ellas logran profesionalizarse, vamos a rentar un lugar pequeño. Porque si una se enfoca en vivir cómoda, no logra otras metas”.
El costo del alquiler de una vivienda en San Isidro es de aproximadamente 150.00 dólares mensuales, aunque este monto puede variar según la ubicación y las condiciones de la casa. “Una mamá soltera como yo, si paga $150.00 por una casa y además tiene que pagar la cuota de la universidad a sus hijos, tiene que decir: ‘O pago la casa o la universidad’. Y una se aprieta para cumplir las metas”. Aunque la posibilidad de comprar una casa es lejana, sueña con tener una vivienda propia.

Lorena se reconoce como una lideresa del territorio. Al igual que Elizabeth y Dora, está organizada en la Asociación de Mujeres Lideresas Apoyando al Desarrollo de San Isidro. A los procesos de formación asiste acompañada de su hija menor y su nieto. Mientras ella aprende, los niños juegan y comparten con los hijos de otras, a quienes también les atraviesa la carga de los cuidados.

Pero también tiene claro lo que las mujeres de San Isidro necesitan avanzar: alfabetización, formación en derecho humanos, acompañamiento legal, atención psicológica y, sobre todo, la creación de una guardería municipal.
“Muchas no saben leer ni escribir, y eso las hace sentirse menos. Muchas no denuncian la violencia porque no conocen sus derechos. Una guardería sería de gran ayuda para que podamos trabajar, estudiar y salir adelante”.
La historia de Lorena es también la de muchas mujeres en San Isidro: cuidadoras, sobrevivientes de violencia y emprendedoras. Las mujeres siguen construyendo futuro desde las aceras, los puestos improvisados, el trabajo en el territorio para tener vidas libres de violencia y la fuerza de su propia resiliencia.
¿Qué tienen en común las mujeres de San Isidro?
Elizabeth, Dora y Lorena comparten más que el lugar donde habitan: las une la experiencia de haber enfrentado barreras estructurales como la pobreza, el limitado acceso a la educación y la sobrecarga de los cuidados. Pero también una decisión: organizarse, formarse y luchar por transformar su realidad y la de otras mujeres de San Isidro.

Sus luchas son una apuesta por una vida digna para las mujeres. Ellas han elegido tejer redes, y levantar la voz ante las violencias y las desigualdades estructurales. Son mujeres que se acompañan entre sí, no se rinden y están demostrando que es posible construir un futuro mejor cuando se apuesta por la organización, la sororidad y la justicia social.






