Mujeres entre letras: “ciencia y tecnología con alma creativa”

 

En el marco del conversatorio “Ciencia y tecnología con alma creativa”, realizado en la Universidad Don Bosco y la biblioteca Rafael Meza Ayau, como parte de las actividades conmemorativas del Día Internacional de la Mujer, se abrió un espacio para reflexionar sobre el vínculo entre el pensamiento científico y la creatividad.

Este encuentro, que forma parte de una serie de eventos que la universidad organiza cada año para destacar el papel de la mujer en distintos ámbitos del conocimiento, sirvió también como punto de inspiración para reflexionar sobre cómo la ciencia, la tecnología y la sensibilidad humana pueden encontrarse en un mismo camino.

 

A partir de las ideas compartidas en este espacio, surge una pregunta interesante: ¿puede la ciencia convivir con la creatividad y la sensibilidad humana?

 

Entre algoritmos y poesía: habitar dos mundos que parecen opuestos

 

Durante mucho tiempo se ha pensado que la informática pertenece a un territorio frío: el de los algoritmos, las redes, los servidores y las bases de datos. Un mundo gobernado por la lógica, la precisión y las estructuras invisibles que sostienen la tecnología que usamos cada día.

Pero quienes vivimos dentro de ese universo sabemos que no es tan simple.

La informática es un espacio complejo donde convergen múltiples lenguajes: el de la programación que da vida a los sistemas, el de las bases de datos que resguardan la memoria digital de las organizaciones, el de las redes que permiten que la información viaje entre ciudades y continentes, y el de las interfaces que hacen posible que las personas dialoguen con la tecnología.

 

Mi vida profesional transcurre precisamente en ese territorio.

Un día puede comenzar revisando configuraciones del sistema, gestionando accesos o comprendiendo cómo interactúan distintas aplicaciones dentro de una infraestructura tecnológica.

En otros momentos el trabajo se mueve entre analistas, especialistas y equipos técnicos para entender dónde se origina un problema dentro de ese entramado digital que sostiene gran parte de la vida cotidiana de una organización. A veces se trata de una aplicación que no responde como debería.

Otras veces de una base de datos que requiere análisis, de una impresora que deja de comunicarse con el sistema, de una línea telefónica que falla o de algún dispositivo móvil que pierde sincronización.

Son pequeños incidentes que revelan la complejidad invisible de la tecnología.

Detrás de cada uno hay sistemas que dialogan entre sí, información que viaja por redes que no vemos y personas que esperan que todo vuelva a funcionar.

 

Entre reportes, métricas, sistemas, accesos y plataformas transcurren gran parte de mis días.

Sin embargo, cuando el ritmo del trabajo termina y el silencio vuelve a ocupar su lugar, aparece otro universo.

Uno que no se mide en métricas ni se almacena en bases de datos.

A veces siento que caminamos por la vida con una mente llena de pensamientos que buscan salida. Ideas que nos acompañan como voces interiores que hablan, insisten y reclaman ser escuchadas. Es como si lleváramos dentro una gran cabeza llena de palabras que aún no han encontrado su forma.

Entonces aparece la escritura.

La poesía surge como un espacio donde esos pensamientos pueden finalmente respirar. Un lugar donde lo que no cabe en un informe ni en una gráfica encuentra su lenguaje.

Mientras la tecnología exige orden, estructura y lógica, la escritura abre la puerta a lo intangible: la nostalgia, las preguntas, la memoria, la emoción.

Lejos de contradecirse, ambos mundos terminan dialogando.

La disciplina que se aprende en el trabajo fortalece la constancia necesaria para escribir. Y la sensibilidad que habita en la escritura recuerda algo fundamental: que detrás de cada sistema, cada usuario y cada red tecnológica, siempre hay personas.

 

Quizá por eso hoy entiendo que la informática no tiene por qué ser un mundo sin alma.

Incluso entre servidores, aplicaciones, bases de datos y redes invisibles que conectan el mundo, también puede habitar la imaginación.

Porque la misma mente que analiza sistemas puede detenerse a contemplar el peso de una palabra.

Y en esa convivencia entre lógica y emoción, descubrimos algo inesperado:

que la ciencia puede construir estructuras…

pero el corazón siempre buscará escribir historias.

Por Claudia Clavel.

 

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