Cerramos el año 2025 con muchas incertidumbres, con preguntas abiertas y con una certeza que se vuelve cada vez más clara: hacer periodismo comunitario hoy ya no es un acto cómodo ni seguro, pero sí profundamente necesario. Porque cuando el silencio se normaliza, la palabra se convierte en una forma de resistencia.
Ha sido un año difícil. Un año de voces contenidas, de verdades maquilladas, de realidades que intentan decirse en voz baja. Un año en el que hemos visto cómo se vuelve costumbre aceptar sin preguntar, callar sin comprender, mirar sin cuestionar. Un tiempo donde la ausencia de diálogo se disfraza de calma y la opacidad comienza a parecer paisaje. En medio de ese escenario, desde Gaceta Suchitoto decidimos no callar: seguir preguntando, reflexionando, haciendo memoria y sosteniendo la palabra como acto colectivo.
Informar desde el territorio es un ejercicio de memoria viva. Es negarse a olvidar lo que duele, lo que falta, lo que se oculta. Es escribir desde la comunidad, desde sus pasos, sus silencios y sus luchas cotidianas. Es preguntarse por qué pasan las cosas, a quién benefician y a quién dejan fuera. Es, también, una forma de cuidar.
Durante este 2025 miramos de frente las grietas del presente: el debilitamiento de la participación ciudadana, la pérdida de espacios de encuentro y cultura, la distancia entre quienes deciden y quienes habitan el territorio, la falta de diálogo y la opacidad institucional que se instala cuando nadie pregunta. Lo hicimos con respeto, pero sin renunciar a la palabra crítica, porque callar también es una forma de consentir.
Sabemos que no siempre es cómodo leernos. Y está bien. El periodismo no nace para complacer, sino para incomodar, para cuestionar, para abrir conversaciones necesarias, para poner en palabras aquello que muchas personas sienten pero no siempre logran nombrar.
Este año también nos recordó que un medio comunitario no se sostiene en soledad. Vive del abrazo colectivo, de la confianza compartida, de quienes entienden que la información es un derecho y no un privilegio. Sin esa complicidad amorosa, no hay memoria posible ni futuro que se sostenga.
El 2026 se asoma con desafíos profundos. El país atraviesa tiempos complejos y eso nos obliga a repensarnos, a cuidarnos y a reinventarnos. Vendrán cambios, ajustes y decisiones difíciles para el periódico. Pero también vendrá la convicción —esa que no se compra ni se decreta— de seguir contando la historia desde abajo, desde la dignidad y desde la esperanza.
A quienes nos colaboran, nos leen, nos cuestionan y nos acompañan: gracias, muchas gracias. Su presencia es la raíz que nos sostiene y anima a seguir.
Cerramos este año sabiendo que mientras exista una comunidad dispuesta a escuchar, a preguntar y a pensarse a sí misma, habrán palabras que valgan la pena escribir.
En el 2026 seguiremos aquí. Enarbolando la palabra. Alzando la voz. Resistiendo, narrando, cuidando la memoria, con la esperanza de que el miedo no nos venza ni el desánimo y el silencio nos apaguen. Porque somos y seguiremos siendo un espacio para hacer valer tu voz, nuestra voz.





