Navidad: el espectáculo de la alegría y el olvido

 

Una vez más, como siempre, en esta época llegan los cohetes, las luces, las fiestas, los juguetes. Llegan envueltos en colores, música y sonrisas forzadas, y por un instante logran lo que mejor saben hacer: distraernos. Estas actividades empujan a una alegría colectiva que, aunque necesaria, también funciona como un velo. Un velo que cubre lo esencial, que apaga las dudas y preguntas incómodas, que invitan a olvidar.

 

Porque en el fondo, seamos honestos, todos queremos olvidar. Nadie quiere mirar de frente las ausencias, lo que falta en la mesa, los nombres que ya no están, las oportunidades que nos fueron negadas. Los derechos perdidos. Nadie quiere recordar que la pobreza sigue viviendo en los hogares, que la desigualdad no se fue de vacaciones, que la precariedad no entiende de fechas festivas. Regalar un poco de alegría siempre funciona: anestesia, consuela, distrae, nos aleja por un momento de la realidad, de una medicina amarga que siempre es aplicada a los que tienen menos y se conforman con lo que hay.

 

Y entonces la comunidad responde y se reúne alrededor de lo comunitario. Celebran juntos, rien juntos, comparten un sorbete, un dulce, un juguete. No porque todo esté bien, sino porque necesitan sentir que, al menos por un instante, no están solos. Esa alegría compartida no es falsa: es humana. Pero también es frágil, porque se sostiene sobre la carencia, sobre la necesidad urgente de sonreír, de creer que algo bueno todavía es posible.

 

Lo más duro de aceptar es que nada de lo que “dan” es realmente un regalo. Todo es de ellos. Sale de lo público, de lo colectivo, del esfuerzo de todos. Sin embargo, el poder insiste en presentarlo como dádiva, como un gran gesto de bondad y compasión, como un favor concedido, del cual las comunidades tienen que estar agradecidas. Siempre el poder reparte dulces, piñatas y juguetes. Y siempre la necesidad los abraza con gratitud, porque cuando falta casi todo, cualquier cosa que traiga un poco de alegría se vuelve esperanza sobre todo en esta época.

 

Un juguete puede devolverle la sonrisa a un niño. Un show puede arrancar aplausos. Una fiesta puede hacer olvidar, aunque sea por horas, la dureza del día a día. Y entonces la comunidad dice “gracias”, como quien recibe todo, como si la vida les hubiera sido devuelta en un simple regalo. Mientras tanto, los hogares siguen sumergidos en la pobreza, y los gobernantes, como siempre, gozan de las dádivas del poder, de los privilegios que no conocen de medicina amarga.

 

Regalan juguetes, cohetes, dulces, luces, fiestas, espectáculos. Porque todo se ha convertido en show. Ayer como hoy. Bajo la retórica de que “ahora es diferente”, entregan lo mismo de siempre. Y con la misma necesidad de siempre, las comunidades abrazan lo mismo de siempre. No porque no sepan, sino porque duele demasiado saber, aceptar y no poder cambiar la triste realidad.

 

Al final, parece que vale más un trozo de alegría que aceptar la realidad amarga. Vale más la ilusión momentánea que la confrontación con una verdad incómoda: que sigue necesitando justicia, dignidad, condiciones de vida reales en las comunidades y no solo la algarabía de dulces y piñatas. Pero quizá es en el fondo esa misma alegría, pequeña y breve, -que se le permite a los niños- también sea una forma de resistencia. Quizá sea una forma de sobre llevar el peso del olvido, el abandono y la marginación.   Y tal vez ese sea el mayor desafío: aprender a cuidar la alegría sin permitir que se roben la memoria, ni la capacidad de distinguir entre festejo, responsabilidad y realidades. Mientras la alegria dura un instante, la realidad para muchos parece una triste eternidad. Feliz navidad.

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