¿Conoces la violencia vicaría? Una reflexión necesaria desde Suchitoto

 

Hay violencias que llegan tarde a nuestro vocabulario. Otras se nombran demasiado suave. Pero están las otras, las que sencillamente, sin importar su nombre: simplemente se normalizan.

 

En Suchitoto —como en todo el país— abundan historias que se cuentan en voz baja, casi en susurro, porque tapan heridas que aún no cicatrizan. Una de ellas es la violencia vicaría*, esa que no deja moretones en la piel, pero desgarra la vida emocional de madres, hijos e hijas. Una violencia que sucede en las casas, en los pasillos de los juzgados, en las decisiones silenciosas de quienes prefieren no “meterse”, y en las frases que se repiten como sentencia. Esa frase que pesa como una gran piedra: “es que vos, no elegiste bien.”

En esa frase se condensa un mandato cultural profundamente arraigado: la idea de que las mujeres son las responsables y que deben preverlo todo, como anticipar la conducta futura de un hombre, adivinar sus violencias latentes, su responsabilidades emocionales, su capacidad de ser padre, incluso cinco, diez o veinte años después.

 

Como si las mujeres fueran oráculos, la cultura general siempre responsabiliza a la mujer. Como si los hombres no fueran los responsables de sus propias decisiones.

 

Este mito opera a diario en Suchitoto, en El Salvador y en América Latina. Atraviesa familias, juzgados, escuelas e instituciones. Y es una de las armas culturales más efectivas para invisibilizar la violencia masculina: es culpar a la mujer por las acciones del agresor. “Ella tuvo la culpa”, “no lo atiende” “A saber que hizo.”  frases tan comunes que descargan toda responsabilidad en la mujer.

 

En nuestras comunidades, como en todo el país, a las madres se les exige un nivel de omnipresencia emocional y moral imposible de cumplir. Si cuidan “demasiado”, exageran. Si cuidan “poco”, fallan. Si ponen límites, “son exageradas”. Si les pasa algo a los hijos, “no los cuidan bien”. La maternidad es el único rol social donde la sociedad espera perfección sin derecho al error.

 

Y en ningún lugar se ve tan claro como en los casos de violencia vicaría: cuando el padre usa a los hijos o hijas para castigar a la madre.

 

Aquí, muchas mujeres conocen ese guion: cuando las parejas con hijos se separan, o simplemente el padre abandona el hogar, hay acuerdos que no se cumplen, abandonos prolongados, visitas canceladas sin aviso, rutinas escolares que se interrumpen, manipulación emocional, descuidos que “no parecen intencionales”, palabras que siembran dudas, silencios que crean culpa, riesgos que parecen pequeños, pero pesan grande en la vida de los hijos e hijas.

Son heridas que no dejan marca visible, en los hijos e hijas, pero que alteran la vida mental y emocional de niñas y niños. Todas estas son formas de violencia. Aunque nadie quiera nombrarlas así.

 

 

En Suchitoto, basta recorrer barrios, colonias y caseríos para escuchar comentarios conocidos, que justifican la conducta de los hombres: “Por lo menos viene a ver al niño una vez al mes.” “Le ayuda con lo que puede.”  “Por lo menos ya no los golpea” “Al menos no la abandonó del todo” “Están mejor con la mamá, aunque el hombre no los ayude” Son tantas formas de justificar la conducta de los hombres y con esta cargar toda la responsabilidad del cuido a la madre.

¿Qué mensaje enviamos cuando la masculinidad se evalúa con estándares tan bajos? Este tipo de comentarios refleja, la manera en que se normaliza la irresponsabilidad, el abandono afectivo, la inestabilidad emocional y las decisiones impulsivas que afectan directamente a niñas y niños.

Y cuando un padre falla de manera grave, la pregunta no se dirige a él. Se dirige a ella: “¿es que usted,  para qué se metió con él?” Una inversión moral perfecta que siempre ha funcionado para proteger al hombre agresor.

 

Violencia vicaría: dañar a los hijos para dañar a la madre

La violencia vicaría sigue siendo un concepto poco mencionado en Suchitoto, pero su práctica es más frecuente de lo que se pueda admitir. Ocurre cuando el padre, en lugar de golpear directamente a la madre, utiliza a los hijos o hijas como arma emocional.

 

Este tipo de violencia se expresa a veces al: exponer a los hijos a riesgos innecesarios, incumplir acuerdos, manipular su afecto, sembrar dudas sobre la madre en los hijos, interferir en su educación, usar el tiempo con ellos como castigo, descuidar su seguridad, alterar sus rutinas para generar desgaste, y tantas otras formas sutiles de violencia que se han normalizado.

 

Esta violencia es silenciosa, difícil de probar y casi siempre opera al margen de la ley. En Suchitoto, muchas mujeres saben que, si denuncian, escucharán la frase burocrática más cruel: “¿A habido violencia física? Hay que esperar a que pase algo para poder actuar.” Ese “algo” suele ser un daño irreparable.

 

 

En la cotidianidad hay una realidad frecuente que muchas veces pasa: cuando una relación termina, muchos hombres rehacen su vida con rapidez. Nuevas parejas, nuevos hijos, nuevas rutinas. Y el pasado se vuelve un territorio que no quieren visitar.

 

Pero mientras ellos avanzan y siguen con sus vidas, muchas niñas y niños quedan atrapados en un limbo emocional: promesas incumplidas, visitas que nuca llegan, afecto condicionando, comparaciones injustas, desprecio y la sensación de no sentirse amados y ser prioridad en la vida de los padres. Eso también es violencia. Es fraude emocional. Es daño moral.

 

Y sus efectos se arrastran desde la infancia hasta la adultez. Pero pocas veces se nombra como lo que es: un patrón de violencia estructural.

 

 

Aunque El Salvador cuenta con leyes de protección a la niñez y legislación contra la violencia hacia las mujeres, la violencia vicaría sigue sin ser reconocida explícitamente. En Suchitoto, madres que buscan apoyo en las instituciones públicas lo saben: deben demostrar daños que no dejan huella física, enfrentar procesos lentos, y escuchar consejos cargados de muchos prejuicios.

 

Proteger la infancia es también proteger a sus madres, que en la mayoría de los casos junto a los hijos son víctimas de este tipo de violencia. Se deben evitar juzgar a las madres. Es un mecanismo cultural para mantener a las mujeres culpables, vigiladas y en silencio.

 

Esas frases de “es que vos no elegiste bien a tu pareja” sirve para justificar la negligencia masculina, para ocultar la violencia, mantener la impunidad, y exonerar de toda culpa como siempre al agresor.

Por supuesto que, también este tipo de violencia es ejercida a veces por mujeres, que utilizan a sus hijos o hijas para causar daños a los padres.

 

Romper estas prácticas también implica algo profundamente transformador: Nombrar las violencias que la cultura oculta. Exigir responsabilidad real a los hombres. Reconocer el daño emocional como violencia. Y devolver a las mujeres la certeza que siempre debieron tener: ellas no son responsables de toda la violencia que otros ejercen.

 

Porque cuando una madre protege, no exagera. Y cuando una mujer denuncia, no destruye a una familia: está intentando salvar la vida emocional de ella y sus hijos o hijas.

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