(Anécdota)
Era la misma rutina de todos los días: los niños a la escuela, a morder lapiceros; los mayores, a buscar el trabajo para poder mantener a nuestras familias, que en su mayoría eran numerosas.
Mientras tanto, en aquellos hogares humildes se vivía con un halo de tranquilidad. A pesar de que no contábamos con energía eléctrica ni agua potable, eso no afectaba nuestras vidas. Lo único que a veces nos cuestionábamos era cómo, estando tan cerca de nuestro pueblo Suchitoto, no teníamos servicios tan vitales.
Ya nos habíamos acostumbrado todos a tratarnos y respetarnos como éramos, y por lo general las familias fuimos solidarias hasta donde se podía. Nunca voy a olvidar a los vecinos con quienes siempre compartimos nuestra felicidad y, claro, las penas que nunca faltan.
El Sinacanapa, como río de invierno, nos regalaba sus aguas. Venía gente del pueblo a lavar ajeno y siempre recuerdo su retumbar cuando hacía llena y rugía con todo. Nosotros, como vivíamos en el paredón, solo veíamos pasar de todo ahí en la repunta, en pleno invierno, porque en verano se secaba por completo.
Solo seguía un hilito de agua de las pilitas, a las que caía agua de la cañería que mis patrones regalaban al caserío, del Ojo de Agua de la finca. Esa finca en la que crecí, jugué y viví muchos momentos inolvidables.
Todo esto era una vida de paz que nunca se volverá a ver. Hoy el paisaje es muy distinto: el puente viejo fue dañado, todos tuvimos que emigrar, y no sé si aún viven mis amigos. Solo a algunos he vuelto a ver en Facebook, y siempre, en la distancia, deseo que esos apellidos: Gil, Mena, Melgar, Leiva, Ramos, Tobar, Hernández, Landaverde, y los que no recuerdo, estén bien y que nunca olviden esa vivencia que tuvimos allá en el Sinacanapa.

Escrito por Moisés Garcia Ramos





