Las amenazas silenciosas del patrimonio en Suchitoto

Día Internacional del Patrimonio Mundial. Cuando una ciudad deja de valorar y defender lo que la hace única, termina pareciéndose a cualquier otra.

Cada 16 de noviembre, desde 1972, el mundo celebra el Día Internacional del Patrimonio Mundial, una fecha impulsada por la UNESCO para recordar la importancia de los sitios patrimoniales y la necesidad de cooperar internacionalmente para protegerlos y conservarlos. Es una fecha que invita a mirar hacia las grandes riquezas culturales y naturales del planeta, pero también a volver la mirada hacia adentro, hacia aquello que está en nuestras manos cuidar… o permitir que desaparezca.

En el caso de Suchitoto, esta conmemoración adquiere un peso aún mayor. No solo porque somos una ciudad reconocida cultural y patrimonialmente, sino porque, aunque solemos repetir con orgullo esos títulos, hoy nos encontramos frente a una amenaza silenciosa y persistente: el avance de una modernidad que, en nombre del “progreso”, pone en riesgo la memoria que define nuestra identidad.

Pocas ciudades en El Salvador pueden afirmar, como Suchitoto, que guardan en sus calles la memoria de la primera fundación española del país en 1525. Su casco urbano, con su arquitectura de estilo colonial y republicana, ha sobrevivido siglos de historia: terremotos, guerras, abandonos y cambios políticos. Sin embargo, esa memoria arquitectónica que con tanto esfuerzo ha resistido, enfrenta desafíos distintos: una modernización voraz, desmedida y poco reflexionada que llega desde arriba.

Este modernismo, disfrazado de revitalización urbana, puede amenazar sigilosamente los últimos vestigios que aún conservamos. Estos proyectos de revitalización se están convirtiendo cada día en símbolos de una narrativa que pretende sustituir la historia real con una “nueva historia”, una estética pulida y homogénea que borra el carácter propio de los espacios y pone en su lugar la retórica del espectáculo: luces Led, cemento uniforme, estructuras que imitan una falsa modernidad carente de alma, corazón e identidad.

Mientras tanto, una parte de la sociedad observa en silencio. Un silencio que duele. Un silencio que avala. Un silencio que va permitiendo, que frente a nuestros propios ojos, la arquitectura que simboliza la memoria de nuestros ancestros sea desgastada, minimizada, reemplazada o simplemente borrada.

La peligrosa narrativa de borrar la historia y «construir una nueva historia”

Desde algunas esferas de poder, se intenta impulsa la idea de que defender el patrimonio es un acto de atraso. Que quienes defienden un empedrado, una fachada antigua, un edificio histórico o un símbolo comunitario son “atrasados”, “enemigos del desarrollo”, “contrarios al progreso”. Pero olvidan que es más atrasado destruir lo que nos hace únicos, y más enemigo del progreso el que arrasa con la memoria para instalar un espectáculo de luces que nada tiene que ver con nuestra identidad.

El discurso de la modernidad actual nos intenta convencer de que todo lo que “huele a pasado” debe ser reemplazado por algo nuevo, brillante y rentable. Pero lo nuevo no siempre significa mejor. Y lo brillante, muchas veces, solo es una capa que oculta el vacío de una ciudad sin raíces ni identidad.

Mientras la modernidad de luces Led avanza, la memoria se borra. Y se borra también la conciencia ciudadana de lo que estamos perdiendo.

Porque cuando una ciudad deja de valorar lo que la hace única, termina pareciéndose a cualquier otra. Y en ese proceso, quienes viven del día a día, los pequeños negocios, los hogares humildes, serán los primeros expulsados. La gentrificación no es un rumor: es el futuro inevitable de una ciudad que no defiende su patrimonio.

La historia ya dio su advertencia… solo falta que la escuchemos. El Gran San Salvador es el ejemplo más próximo y doloroso: cuadras enteras desaparecieron, los negocios pequeños de siempre fueron sustituidos por nuevos negocios lujosos y modernos, y los residentes simplemente fueron expulsados, empujados a las orillas.

El patrimonio no es romanticismo: es poder comunitario. Defender el patrimonio no es nostalgia. Es identidad, economía, dignidad, memoria y, sobre todo, futuro. Una comunidad que defiende su patrimonio es una comunidad que se organiza, que cuestiona, que participa y que se niega y resiste a ser decorativa en la agenda de nadie.

Quienes ridiculizan la defensa del pasado como atraso, saben exactamente lo que hacen: quieren ciudades dóciles, no comunidades críticas. Quieren modernidad sin historia porque una ciudad sin memoria e identidad se controla más fácil.

Suchitoto podría terminar, como tantas otras ciudades, como el Gran San Salvador, atrapada en un proceso acelerado de gentrificación, con un centro histórico convertido en un parque temático con recursos para turistas, donde ya no caben sus propios habitantes.

Eso es, precisamente, lo que debemos evitar.

Pero el patrimonio no se conserva solo: exige firmeza, determinación y una comunidad que lo defienda. Defender el patrimonio no es un acto romántico ni nostálgico; es un acto político, social y comunitario. Es una responsabilidad colectiva que requiere firmeza, claridad, determinación y persistencia.

¿De qué sirve subir fotos bonitas de la ciudad sino somos capaces de defender aquello que presumimos en redes sociales? Suchitoto necesita una ciudadanía que no se deje distraer con fotos bonitas, luces Led ni discursos vacíos. En el contexto de esta celebración internacional del patrimonio mundial, queremos recordar que Suchitoto necesita una comunidad que defienda y cuide su patrimonio, arquitectura, su memoria y su identidad con firmeza. Necesita habitantes conscientes de un riesgo real que nadie quiere ver: el riesgo de perder el alma de la ciudad.

Fuentes referenciadas y consultadas:

Patrimonio mundial | UNESCO

Gentrificación y turistificación: qué son y cuáles son sus impactos en el Centro Histórico de San Salvador – Maestría en Desarrollo Territorial

Conozca el caso del gran San Salvador…

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