Sin O₂: la crisis silenciosa del lago Suchitlán

Algunas acotaciones sobre la mortandad de peces denunciada por las comunidades ribereñas del lago Suchitlán.

En los últimos días, en redes sociales muchos habitantes de comunidades ribereñas han empezado a mostrar preocupación por la aparición de centenares de peces muertos en las riberas del lago, entre las imágenes publicadas se muestra como los peces huyen del lago corriente arriba, buscando las bocas de los ríos, como si intentaran escapar de algo que les amenaza y no se ve, pero que se siente: el lago se está quedando sin oxígeno (O₂). Pese a que muchos se preguntan qué está pasando, lo que está ocurriendo en el Suchitlán no es del todo un misterio, sino el reflejo de una silenciosa crisis ambiental que tiene múltiples causas y un mismo origen: la contaminación e indiferencia humana.

Desde julio de 2025, el lago comenzó a cubrirse de una capa densa de lechuga acuática. La invasión fue tan grande que llegó a cubrir casi el 70 % del espejo de agua. Si bien para muchos, ya puede parecer un fenómeno natural, en realidad es un signo de alarma ante la consecuencia de años de contaminación y falta de atención.

La lechuga de agua (producto de la eutrofización) prospera en ambientes cargados de nutrientes, esos mismos que día con día llegan al lago arrastrados por los ríos y quebradas con aguas residuales sin tratamiento, fertilizantes agrícolas, químicos industriales, basura, detergentes y desechos urbanos. El lago se ha convertido en una gran sopa de materia orgánica que alimenta el crecimiento descontrolado de estas plantas invasoras.

Tal como se ha descrito en otros artículos en este medio, cuando las densas mansas de Pistia (lechuga de agua) cubren la superficie, estas bloquean el intercambio de aire-agua, reduciendo la entrada de luz, y cuando toda esta biomasa muere y se descompone, el consumo microbiano de oxígeno provoca déficit del mismo (hipoxia/anoxia). Es ante esto que los peces, sensibles al O₂ disuelto, se mueven hacia zonas con mayor oxígeno (habitualmente afluentes y corrientes entrantes) o suben a la superficie; pero si la hipoxia es severa hay mortandades en las orillas debido a las grandes cantidades de las plantas muertas en descomposición.

El resultado genera una condición de supervivencia del más fuerte, donde los peces se ahogan lentamente o se ven obligados a escapar hacia aguas menos turbias y con mayor concentración de oxígeno.

A pesar de que algunos pescadores dicen que es algo normal, y esto ya ha ocurrido, el movimiento de los peces hacia los ríos no es un simple comportamiento biológico o normal, sino una reacción de supervivencia. Los peces buscan zonas con agua en movimiento, más oxigenada y libre de contaminación. La lógica de la supervivencia: donde el agua fluye, hay vida; donde se estanca y es turbia hay muerte.

El Suchitlán, creado como embalse del río Lempa, depende de la regulación de la presa Cerrón Grande. Las variaciones en el nivel del agua, producto de las operaciones hidroeléctricas, pueden contribuir el estrés del ecosistema. Esta condición se agrava también debido a las altas temperatura y la acidez (PH), del agua que suelen tener variaciones drásticas por las lluvias. Cambios súbitos de caudal, sumados a la prolonga proliferación vegetal, crean un escenario de desequilibrio donde los peces pierden su hábitat y sus rutas naturales.

El precio de la contaminación silenciosa

Durante años, el lago ha recibido sin control los desechos de las comunidades ribereñas y los vertidos agrícolas de los municipios cercanos. Lo que hoy se manifiesta como mortandad de peces puede ser el resultado acumulado de una contaminación silenciosa.

La eutrofización —el exceso de nutrientes en el agua— ha convertido al Suchitlán en un lago enfermo. Y la lechuga de agua, más que la causa inicial, es la evidencia visible de un sistema colapsado.

Lo que la mayoría ve como un simple manto verde, que con cada año va y viene, en realidad es una señal que oculta una crisis, la pérdida de biodiversidad y la amenaza a la vida en el humedal. Los pescadores se muestran preocupados frente a la falta de información clara por las autoridades competentes que con su indiferencia minimizan el problema y las comunidades que antes vivían del lago ahora lo miran con cierta incertidumbre e impotencia.

Si bien, la mortandad de peces necesita un estudio técnico para explicar científicamente este fenómeno, no hay duda de que la indiferencia y falta de atención revela una falla en la gestión ambiental del embalse. Aunque el Lago Suchitlán está reconocido como humedal de importancia internacional (Sitio Ramsar), no existe un plan integral de manejo que prevenga la contaminación, regule los vertidos o controle las especies invasoras. Las acciones, cuando las hay, son siempre reactivas: se limpia un área, se retira la planta, se toman fotos y luego se vuelve al silencio.

El problema no es solo ecológico, sino político y cultural. Falta una visión sostenida, coordinación interinstitucional y voluntad para entender que la salud del lago es la salud del territorio. Mientras las instituciones se reparten responsabilidades, los habitantes en las riberas del lago siguen respirando la crisis.

Un espejo que nos refleja

El Suchitlán fue concebido como fuente de energía hidroeléctrica, pero terminó siendo espejo de nuestra relación con la naturaleza: extraemos, contaminamos y olvidamos. Los peces que mueren o huyen no son solo víctimas del agua sin oxígeno, sino de un país sin conciencia ambiental.

Cada pez muerto en la orilla es un aviso. Cada corriente que desciende desde los ríos con aguas turbias es una llamada de atención. El lago nos está devolviendo el reflejo de lo que somos: un territorio que no ha aprendido a cuidar la vida que le sostiene.

Recuperar el Suchitlán no será fácil, pero aún es posible. Requiere determinación para limpiar las fuentes de contaminación, sanear las cuencas, controlar la expansión de la lechuga acuática y establecer un sistema permanente de monitoreo ambiental. Pero, sobre todo, exige una decisión colectiva: exigir mayor atención por parte de las autoridades y asumir el cuidado del lago como una responsabilidad compartida.

*Este articulo no pretende ser una respuesta a la situación del embalse Cerrón Grande, pero si una búsqueda de posibles explicaciones ante la ausencia de información de las autoridades competentes.

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