La permisividad ciudadana: el verdadero vacío de poder

La permisividad ciudadana: el verdadero vacío de poder

En Suchitoto, mucho se habla del gobierno municipal, de sus decisiones y de su manera de conducir la ciudad. Sin embargo, el verdadero problema no está en la oficina municipal donde se firman los acuerdos, sino en la calle donde la ciudadanía solo observa en silencio. Porque no hay poder sin permiso, ni imposición sin consentimiento. Y la mayor concesión que ha hecho la población en los últimos años ha sido su silencio.

Se ha normalizado la idea de que los gobernantes saben lo que la gente necesita. Que basta confiar, esperar y agradecer. Que todas las decisiones de modernización son buenas sí, porque sí, aunque no se consulte, aunque no se debata, aunque cambie lo que no debía cambiar. Aunque no se respete ni tome en cuenta la opinión, la memoria ni el patrimonio de la ciudad. El resultado es una gestión pública sin contrapesos, una administración que impone y decide desde una oficina todo lo que la ciudadanía no se atrevió a preguntar ni discutir.

¿De qué sirve reclamar a los proyectos en ejecución, cuando nadie exigió -en su momento- ser consultado ni ser tomado en cuenta cuando estos se concibieron?

¿Qué sentido tiene lamentar los resultados si no se participó en el proceso?

¿A quién culpar, si se aplaude cada acción sin preguntar por sus consecuencias?

El verdadero vacío no está en el gobierno: está en la falta de participación y contraloría ciudadana. El que calla: otorga. En la indiferencia con la que se asume que los asuntos públicos no es cosa de los ciudadanos. No culpe al gobierno. Mientras la ciudadanía no se reconozca como parte activa de la gestión municipal, seguirá siendo un espectador de decisiones tomadas en su nombre. En esas circunstancias reclamar tardíamente, resulta ser muy poco responsable.

La permisividad es peligrosa. Es el terreno fértil donde germinan los estilos de gobierno autorreferenciales, cerrados al diálogo, seguros de tener siempre la razón y complacencia ciudadana. Es lo que puede permitir que una ciudad con tanto valor histórico y cultural como Suchitoto sea conducida sin una visión construida desde la colectividad. Porque cuando el pueblo calla, el poder se acomoda; cuando el pueblo no exige, el gobierno tiene el camino abierto para decidir todo y solo.

Con esto no se afirma que los proyectos que se ejecutan sean malos. Hablamos de planificación, consulta ciudadana. No se trata de negar los esfuerzos municipales ni de acusar a quienes gobiernan, sino de asumir y «nombrar con nombre» la responsabilidad ciudadana. Un pueblo que no exige un plan de gobierno, que no pide rendición de cuentas, que no demanda planificación ni transparencia, que no participa ni cuestiona, termina legitimando las decisiones que otros toman por él. La democracia local se debilita no por el abuso del poder, sino por la falta de vigilancia y participación ciudadana.

Y no hablamos de participar en un chat de redes sociales o hacer un post y decir su opinión. Hablamos de organización ciudadana, de comunidades organizadas exigiendo su lugar en las decisiones y transformaciones de la ciudad.

Aplaudir, callar, agradecer. Esa ha sido la norma autoimpuesta por la ciudadanía. Y esa norma es la que permite que un gobierno se vuelva sordo a la voz ciudadana, a la obligación de generar consultas, diálogos y participación. Aunque muchos piensen que mantenerse al margen y en silencio es mostrar neutralidad, en realidad no lo es, porque en estas circunstancias guardar silencio es una forma de aprobación.

En Suchitoto, no se puede hablar de desarrollo local si la ciudadanía no exige planes ni participa en su diseño. No se puede hablar de modernización si no hay diálogo sobre lo que se moderniza. No se puede hablar de progreso cuando se desconoce hacia dónde se va, cuál será el siguiente proyecto, o cual es el rumbo que ha marcado la municipalidad para Suchitoto.

La transformación real de una ciudad no comienza ni termina en la alcaldía, sino en la conciencia de su gente, en la participación y contraloría ciudadana.

Porque mientras la inmensa mayoría siga confundiendo obediencia con civismo, seguirá cosechando gobiernos que deciden sin consultar ni rendir cuentas, y políticas públicas que no responden a las verdaderas necesidades de la población.

Recuerde: el silencio ciudadano no es prudencia, es renuncia. Y una ciudadanía que renuncia a exigir, renuncia también en su derecho de decidir y construir su propio futuro.

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