El pueblo entero estaba sorprendido. Eran ya doce noches seguidas apareciendo aquellas extrañas luces en el cielo, justo sobre el campanario de la santísima Iglesia.
Los abuelos aseguraban que no eran estrellas ni luceros, jamás habían visto algo igual. A eso de la medianoche se aparecían y desaparecían con la rapidez de un pispiléo. Eran brillantes, se movían de un lado a otro, y a veces aparecían hasta doce luces, formando figuras extrañas en la oscurona de la noche.
La conmoción en el pueblo fue tal que convocaron a una Asamblea y mandaron a llamar a todas las autoridades y sabios del lugar, para resolver aquel misterioso enigma de las luces nocturnas.
Ya reunidas todas las autoridades del común, se dispuso el anciano del pueblo a hablar desde la sabiduría ancestral concebida por la omnipotencia de los siglos.
—¡Nuestros antepasados, abuelos y abuelas, predijeron este momento! —aseguró con voz firme el anciano—. Ellos dejaron escrito en las piedras la visitación de los llamados astronautas. Estaba escrito en los libros sagrados mayas que los conquistadores nos quemaron hace más de quinientos años.
Poniéndose de pie, pidió la palabra la mujer estudiosa de ciencias, quien interrumpió diciendo:
—La arqueología lo ha comprobado. Se han encontrado ruinas de miratorios y observatorios que apuntaban al cielo. Los jeroglíficos describen sus carrozas voladoras en las que viajaban desde el más allá. Es así como nuestros antepasados construyeron grandes pirámides, para que ellos bajaran del cielo.
—¡Sí, sí, sí! —asintió el cronista, guardián de los relatos y sucesos del pueblo—. Nuestros abuelos cuentan historias de seres que bajaron del cielo. Tengo muchas anotadas en mis cuadernos: hombres que los vieron descender en nubes celestiales.
—¡Un momento! —intervino la alcaldesa del común—. Aquí no estamos avanzando bien. Necesitamos saber qué es lo que aparece en el cielo, y ustedes sólo hablan de lo que está en los libros del pasado. Yo estoy aquí para garantizar la resolución del presente y para saber si esas luces son lumbreras o amenazas para el pueblo.
—¡Estoy de acuerdo! —dijo con voz grave el militar a cargo del ejército de soldados y lacayos—. ¡Mi deber es cuidar la soberanía y asegurar la seguridad del pueblo! Como primer comandante al mando, hemos vigilado telescópicamente cada movimiento del objetivo. Tenemos cuadriculadas sus coordenadas, horarios y puntos de aparición y fuga. Cañones de chocolate apuntan día y noche a la inmensidad del cielo. He ordenado a los expertos construir un puente para acercar las tropas y un calabozo por si es necesario su encierro.
—¡Disparates, disparates! —gritó entonces un hombre de traje negro, venido desde tierras lejanas por intercesión del reinado central—. Todo lo que dicen son disparates. ¡Anacoretas ignorantes, ustedes no saben nada del cielo! Yo les revelaré y resolveré el designio.
Se presentó con solemnidad:
—¡Yo soy un hombre de las ciencias actuales, soy astrónomo! Lo que ustedes ven brillar en el cielo son ovnis, platillos voladores que vienen del espacio a conquistar nuevos mundos en la Tierra. Seres interplanetarios que viajan en sus naves.
—¿¡Platillos voladores!? —repitieron todos al unísono.
—¡Sí, tal como escucharon: son platillos voladores!
Un gran silencio se hizo cuando el astrónomo mostró la evidencia que traía consigo: unas fotografías de encuentros cercanos de lo que llamó “tercer tipo”, sin explicar nunca cuáles eran los otros dos.
La asamblea había escuchado bastante. Pidió una pausa para deliberar y asimilar tantas palabras, teorías e interpretaciones.
Pero había un miembro que aún no hablaba: el padrecito de la Iglesia. Él, sin ser San Pedro, era el más cercano al cielo, y el pueblo suponía que estaba enterado de todo lo que venía de allá arriba. Menuda angustia y calvario llevaba entre la camándula de sus manos. Rezó tres Padres Nuestros, dos Avemarías y varias letanías, rogando por resolver aquel enigma y entender aquella señal celeste.
Rezaba y pensaba, hasta que Carmelo, su sacristán, le dio una idea. Le recordó el centenar de platos finos de cerámica española, donados por la Santísima Iglesia para la ecuménica celebración del Santo Misterio. Como este era un misterio mayor, el señor Obispo lo entendería.
El último año todo el pueblo había trabajado arduamente en la construcción del templo, y el Padre no iba a permitir que aquel misterioso suceso quebrantara la fe ni opacara la esperanza de los feligreses. Como las dos torres ya estaban levantadas, ordenó esa misma noche colocar 120 platos en las cúpulas.
Afanados, los hombres trabajaron incansablemente hasta tapizar los techos de las dos cúpulas con los exquisitos platos de cerámica española, que con los primeros rayos del sol centelleaban luminosos sobre cada una de las cúpulas.
Al amanecer, como siempre a las seis en punto, repicó el campanario anunciando la santa liturgia.
En el púlpito, el Padre ensayó su discurso frente a los feligreses, el mismo que más tarde presentaría ante la Asamblea:
—¡Hijos míos, la paz sea con todos ustedes! Como sabrán, por la grandísima gracia del Altísimo, casi hemos terminado nuestro templo de adoración. En las últimas noches hemos sido testigos de cómo luces celestiales han rondado nuestro templo.
La gente empezó a murmurar, apretando rosarios y escapularios.
—¡Hijos míos, dejad de murmurar, no temáis! Vosotros sabéis que el Señor actúa de formas misteriosas, y los pensamientos de los hombres no son los del Señor. Él ha iluminado nuestra iglesia con su bendición. Seres celestiales han animado y bendecido el esfuerzo de toda la feligresía. Y desde el cielo han caído sobre nuestra iglesia pequeños platos —o “platillos voladores”, como algunos los llaman—, bendecidos por su Santidad en Roma.
—Estos platos de la real corona española son el símbolo de que el Altísimo acompañó la construcción de su templo, así como seguirá iluminando a este pueblo devoto que hoy lo alaba. Así que salid, hermanos míos, y contad a los hermanos unidos y a los hermanos separados la anunciación del Altísimo: las luces misteriosas del cielo hoy descansan sobre el Santísimo templo del Señor.
Rezando un Avemaría y persignándose de arriba para abajo y de abajo para arriba, la feligresía respondió en solemne coro:
—¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!
El discurso fue tan celestial, o la feligresía tan creyente, que la Asamblea se canceló y no se volvió a hablar nunca más del misterioso tema. Tampoco volvieron a verse luces extrañas en el cielo.
La única luz que brilló cada noche de luna desde entonces sobre la Iglesia era el destello de la vajilla de platillos europeos que, adornando las cúpulas del sagrado templo, recordaban a todos la gran resolución del Santísimo Misterio.
FIN
(Un cuento retomado del libro único de cuentos «Las historias perdidas del lago Xuchitlán» 2013 de milton doño).





