Nerea Izaguirre es una cooperante de origen Vasco que lleva casi 9 años en El Salvador, en Suchitoto para ser más exactos. Héctor Vides es uno de los actores de teatro que se formó en Esartes. Héctor y Nerea son pareja desde hace 8 años, ambos son muy conocidos y apreciados en Suchitoto por su labor social, cultural y últimamente como agricultores orgánicos.
Ellos viven en la comunidad El Papaturro y desde hace unos 5 años emprendieron un proyecto que inicio como algo pequeño y hoy ocupa gran parte de su tiempo y prioridades: la agroecología. Cada fin de semana ellos comparten el fruto de sus manos y arduo trabajo familiar en el Mercadito Solidario, con sus productos 100% orgánicos.
Pero ¿cómo llegó esta familia a dedicarse a la agricultura orgánica y cómo su labor contribuye a la soberanía alimentaria de Suchitoto? Para conocer más esta iniciativa conversamos con Nerea Izaguirre.
¿Nerea cuéntanos dónde vives? Y ¿Por qué decides involucrarte en procesos de agroecología en tu casa?
Vivo en la comunidad El Papaturro de la Zona La Bermuda, desde hace más de 7 años. Siempre me ha interesado la alimentación sana y me atraía mucho poder construir nuestra propia soberanía alimentaria desde la familia. Para ello, era inconcebible no hacerlo desde la agricultura orgánica, sin embargo, yo no contaba ni con experiencia ni con conocimientos de agricultura.

¿Qué significa vivir en la zona rural, qué oportunidades y beneficios podrías enumerar?
Significa vivir en un entorno natural y vivo. Lo que para algunas personas significa retraso y una limitante, porque te aleja de la “modernidad”, para mi es un placer y un verdadero privilegio. Las oportunidades son todas las que te brinda la tierra y el contacto con la naturaleza, desde producir tus propios alimentos a recrearte, pasear, caminar, bañarte en la poza, escuchar la naturaleza…
¿Por qué dedicarse a cultivar y construir un huerto casero, cuando podría ser más fácil ir al mercado?
En primer lugar, porque es parte de la autonomía de la persona, el poder decidir sobre sí misma, aunque el mercado te brinda innumerables productos, y que decir del supermercado, la persona que llega a comprar no decide, solo elige entre lo que le brindan. Creo que uno de los elementos fundamentales para decidir cultivar ha sido que queríamos alimentos saludables para la familia y para el medioambiente, y esto no se consigue ni en el mercado ni en el supermercado. Las verduras y frutas, además de recorrer cientos de kilómetros están producidos con innumerables agro tóxicos. Cultivar en casa te da la posibilidad de, primero, producir lo que querés, segundo, producirlo de la forma que querés y tercero, mantener un equilibrio con el entorno en el que vivís.

¿Qué ha significado para tí y tu familia tener y asumir el compromiso de cultivar la tierra y hacerla producir?
Para mí ha sido una revolución. Yo vengo del asfalto y aunque siempre he estado estrechamente ligada y muy concienciada con la agricultura orgánica siendo fiel consumidora durante años, vivir en lo rural y acompañarme con una persona que lleva toda su vida haciendo agricultura (aunque haya sido convencional) nos ha permitido unir conciencia y conocimiento. Yo puse la conciencia y sensibilización, el (el Chele), puso su experiencia y todo su trabajo para aprender.
¿Cuáles son los principales obstáculos o retos para poder crear o tener un huerto casero?
Creo que es necesario comenzar “queriendo”, es decir, te tiene que gustar, tenés que tener tiempo (aunque sea una hora al día o según la dimensión del espacio) y tener apoyo, desde la casa (donde se puedan delegar y compartir las responsabilidades) hasta en solventar las dudas que van surgiendo en el camino.

¿Puedes describirnos tu proyecto agroecológico?
Lo primero que tengo que decir es que el proyecto no es “mío” sino que es un proyecto familiar, bueno, más bien de pareja, porque nuestras hijas no han podido decidir sobre él, y que la fuerza de trabajo mayoritaria la pone mi compañero (Héctor), aunque he de reconocer que he avanzado también mucho en tomar ciertas responsabilidades que al inicio no tomaba, además de las tradicionales del cuidado que he desarrollado y sigo desarrollando compartiéndolas con mis hijas.
Dicho esto, nuestra casa está en un terreno de 400 metros cuadrados con todo y casa y es ahí donde comenzamos de forma muy rústica, haciendo una cama de siembra ayudándonos de botellas de vidrio pegadas con lodocreto (para hacer las retenciones de agua), utilizando llantas de carro camión, y trazando las camas sin mucho conocimiento. Nuestros primeros sinsabores fueron con las gallinas y zompopos. Lidiamos con los decires y des decires de la familia de mi compañero que nos juraba y perjuraba que esa tierra arcillosa no nos iba a dar nada. Obviamente, no tuvieron razón y los años nos han demostrado que se puede sembrar en prácticamente cualquier tipo de tierra y cualquier tipo de espacio (enano, pequeño o grande). En base a este espacio será también el diseño y el resultado obtenido en cantidad.

Empezamos a sembrar el tomate, de semillas que extraíamos del tomate del mercado, igual hacíamos con el pepino y el chile dulce, sin embargo, en aquellos tiempos no éramos conscientes de que habíamos elegido tres de las especies más complicadas de cultivar porque eran las más propensas a enfermedades y problemas de desequilibrios. Más adelante, nos dimos cuenta de que en la comunidad se estaba desarrollando un proceso de formación agroecológica con FUNDESYRAM y la Divina Providencia, a lo que se unió mi compañero. Esto fue un salto cualitativo, ya que todo lo que aprendía, lo ponía en práctica en el momento y fue fortalecimiento mucho sus conocimientos. Este proceso de formación que aún continua, nos ha permitido, además de recibir todo tipo de semillas de forma gratuita, aprender a elaborar y elaborar en comunidad los insumos necesarios para dar mantenimiento a las parcelas. Esto junto a una constancia y una disciplina muy grande ha permitido que hiciéramos una apuesta por ampliar nuestra producción, de asegurar nuestra alimentación a poder comercializar los excedentes.
Sembramos, tomates, chiles, pepinos, ejotes, lechugas, rúcula, mostacilla, rábano, yuca, malanga, repollo, brócoli, coliflor, plantas aromáticas, acelga, cebollín, cebolla, ajo cebolla, cúrcuma, jengibre, remolacha, zanahoria…¿que no hemos sembrado? De lo que hemos podido conservamos la semilla, que es lo primero que aseguramos, de lo que no, aún nos siguen apoyando con semillas o se hacen semilleros en comunidad. El 90% de nuestra alimentación la producimos nosotras ya que además del huerto también criamos nuestras gallinas, que nos dan carne y huevos, patos, conejos, cuches, ahorita tenemos 4 cabras…
El año pasado también hicimos nuestra milpa orgánica, fue el regalo que nos dio la pandemia, ya que me permitió estar en casa y participar de forma activa. Tanto yo como mi hija mayor, Sara, aprendimos muchísimo a partir de ahí.
La inversión más fuerte que hemos realizado en la parcela de la casa ha sido la instalación del sistema de riego, ya que tenemos claro que nuestra producción depende del agua y el riego por goteo permite ahorrar más del 40% del agua, y se hace un uso mucho más eficiente de él. De ahí la participación en el espacio de formación nos ha permitido hacernos de los insumos necesarios.

¿Cuál es la diferencia entre un producto orgánico y otro no orgánico?
El producto orgánico, no usa venenos, pero tampoco fertilizantes químicos, por lo menos en nuestro caso, si somos bien radicales en ese sentido, entendiendo el sentido más amplio de la producción orgánica. El producto orgánico, para mí, debería ser un producto de cercanía, porque no tiene sentido que produzcamos de forma limpia para después enviar nuestro producto a cientos de kilómetros de Suchitoto. Lo lógico sería producir y consumir en lo local, en lo comunitario, en lo municipal.
¿Cómo se puede incentivar a otras familias para que desarrollen y creen sus propios huertos caseros en Suchitoto?
Creo que el que conozcan experiencias como la nuestra, que, por suerte, no es la única, ayuda mucho. En nuestro caso, que teníamos nuestro huerto a orilla de calle, fue la mejor publicidad para que la gente viera que realmente se puede producir. Hemos regalado muchísimas semillas, plantines, estacas y animado a la gente a que pruebe a producir en casa. hemos invitado a mucha gente a la casa para que vea lo que hacemos y contarles nuestra experiencia, la hemos compartido en diferentes espacios, y creo que funciona. Y creo que hay mucha gente, especialmente mujeres que ya lo hacen, en macetas, guacales rotos, es sus pedacitos de tierra. Sin embargo, creo que uno de los factores que también influyen en el establecimiento de un huerto orgánico es el hábito de consumir verduras, y eso, más allá del chile, tomate y rábano, en este país y principalmente en el área rural, es muy escaso.

¿Qué se necesita para iniciar y crear un huerto casero orgánico?
Voluntad y práctica. Querer hacerlo, no desesperarse o tirar la toalla a la primera que hay dificultades. Recuerdo al Chele que con nuestra primera tomatera todas las noches sacaba su lámpara de frente y se ponía a cazar los gusanos para poder conseguir tomates sanos, porque en aquella época no tenía conocimiento de qué hacer para prevenirlos. Después, buscar asesoría, ampliar conocimientos, buscar experiencias que nos puedan ayudar y ponernos a sembrar y a probar.
¿Cuáles dirías son las recompensas o satisfacciones de cultivar y producir tus propios alimentos?
A nosotras nos ha cambiado la vida totalmente. Recuerdo un día en el que poníamos unos tomates y chiles sobre la mesa y decíamos orgullosamente que los habíamos producido en casa, hoy prácticamente cocinamos con lo que producimos nosotras. Para mi es muy gratificante y satisfactorio además que creo que ha aportado a que nuestras hijas valoren y disfruten lo que comen. Aunque aún nos cuesta un poco con Yaayan, nuestra hija pequeña, sabemos que disfrutará como todas nosotras de nuestros alimentos.

¿Cómo contribuye la agroecología a la soberanía alimentaria de Suchitoto?
Es un pilar fundamental de la soberanía alimentaria que es el derecho de los pueblos a decidir lo que producen, cómo lo producen. Yo siempre he intentado comprender la dimensión práctica de la soberanía alimentaria, más allá del marco político, que en la realidad que nos rodea es muy complicado abordar, sin embargo, creo que, desde la práctica, desde lo más cercano se puede construir ese derecho a decidir lo que comemos de una forma más sencilla y más efectiva. Creo que debería ser algo indispensable para las familias (especialmente rurales), asegurar su alimentación desde lo que pudieran producir.
En estos tiempos de pandemia. ¿Cómo ha contribuido tener un huerto casero a sobre llevar la crisis?
La pandemia ha sido decisiva para conectarnos con la tierra y apostarle como un medio de vida. Creo que fue el punto de inflexión en nuestro caso que determinó nuestra apuesta por la agricultura orgánica, dando el salto de asegurar la alimentación familiar a generar excedentes que pudiéramos vender.

Hay personas que no pueden cultivar, ¿cómo pueden ellas contribuir a la agroecología en el municipio?
Consumiendo local, comunitario, valorando lo que se produce de forma orgánica, la frescura la calidad…Nuestra experiencia vendiendo los domingos en el Mercadito Solidario de Suchitoto nos permite asegurar que la gente (en general) valora mucho nuestro esfuerzo y la calidad de nuestros productos. Así, que animaría a quien no puede producir que busque a la gente en su comunidad, en su entorno más cercano para comprar y especialmente una recomendación, que no regatee y valore el trabajo que hay detrás de ese alimento.
¿Por qué es tan importante lograr una soberanía alimentaria en nuestros territorios?
Porque es la base fundamental para vivir, la alimentación. Si esta no es adecuada, si no es sana, si no es equilibrada, si no está en armonía con el medioambiente genera innumerables problemas de los que estamos enfrenando como la pobreza, las desigualdades, el deterioro ambiental, la falta de salud. La soberanía alimentaria aportaría al bienestar económico, por lo que nos ahorramos en alimentos y logramos intercambiar o vender, al bienestar social, porque nos mantiene trabajando en armonía con la naturaleza, con la mente ocupada (especialmente si trabajamos con las y los jóvenes), aporta al bienestar ambiental, porque regenera el suelo, evita la erosión, evita la deforestación, respeta los ciclos naturales, hace un uso eficiente del agua, no contamina…
Un territorio principalmente rural como El Salvador, debería permitir alimentar a su población de esta forma.

¿Cómo aporta tu proyecto a la agroecología en Suchitoto?
Creo que nuestro principal aporte está siendo el de la sensibilización y el poner en valor lo que producimos. Compartimos nuestra experiencia porque queremos demostrar que se puede hacer y creemos sinceramente que el futuro está en la tierra y en lo rural, es por ello que involucramos a varios jóvenes de la familia a trabajar con nosotras.
Si usted quiere apoyar y conocer más sobre el trabajo en huertos caseros y agroecología de esta familia, los puede buscar cada fin de semana en el Mercadito Solidario que se desarrolla en la plaza central de Suchitoto.